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Síntesis del libro:
Me puse a estudiar duro (en parte para
impresionar a Rosie), y pronto obtuve unas calificaciones respetables.
Sin embargo, seguía juntándome con los Spanish Lords y los Latin Kings.
La marihuana y el alcohol eran una parte cada vez más importante de mi
vida.
Los Unknowns se presentaron un día en el
apartamento de María para hablar conmigo del incidente con Speedy.
Accedí a pasarme por su barrio para zanjar el asunto. Cuando se fueron,
me dirigí a Kedzie y Armitage para buscar a Lalo. Quería que les
contara a los Unknowns que yo pertenecía a los Latin Kings, tal y como
me había prometido. Lo encontré en una esquina, con Morena y otros
Kings y Queens. Le comenté a Lalo lo de de los Unknowns y se ofreció a
acompañarme. Subimos a su auto y nos alejamos de Kedzie y Armitage.
Morena venía con nosotros. Hicimos escala en Maplewood Park para fumar
algo de hierba y beber algo antes de proseguir nuestro camino.
Me asustaba un poco enfrentarme a Speedy. Bueno,
más que enfrentarme a él, me daba miedo que me diera una soberana
paliza. Era mayor y algo más corpulento que yo, y eso me ponía
nervioso. Pero después de un par de cigarrillos de marihuana y de
varias cervezas estaba preparado para plantarle cara.
Clandestinos
Cuando
llegamos al territorio de los Unknonws, en las calles Leavitt y
Schiller, estaban allí, esperándonos. En cuanto me vieron empezaron a
tomarme el pelo diciendo que pensaban que no acudiría y que tendrían
que venir a buscarme.
-Este hermano de los Kings no es ningún maricón- me defendió Lalo.
Speedy salió de alguna parte y empezó a despotricar contra mí y a
desmentir que yo perteneciera a los Kings, pero su líder le ordenó que
cerrara el pico. El jefe de los Unknowns se llamaba J.J. Era un tipo
grandote y fornido, rubio y de ojos azules.
Quienes no lo conocían lo tomaban por un anglo,
pero en realidad era puertorriqueño. J.J. le explicó a Speedy que Lalo
era un miembro muy conocido de los Kings, por lo que era digno de todo
crédito. Lalo y J.J. pasaron un buen rato echándose flores mutuamente y
elogiando la relación entre sus respectivas pandillas. (Al parecer, los
propios Kings habían organizado la pandilla de los Unknowns para
desviar parte de la presión policial que estaban sufriendo. Esta jugada
les permitió continuar con el tráfico de drogas. Las letras UK eran las
siglas de Undervover Kings, es decir, Kings clandestinos o, como se
hacían llamar, los Unknowns, los desconocidos). Después de que se
lamieran el culo durante lo que me pareció una eternidad, todos
entramos en la sede de los Unknowns y nos preparamos para resolver el
conflicto entre Speedy y yo.
Speedy expuso su versión de la pelea que había
tenido conmigo. Tal como lo contó, parecía que yo le había pegado
porque me había quitado a Jenny. No mencionó el hecho de que él me
había estado pinchando hasta que estallé. Paseé la mirada por toda la
sala y me di cuenta de que todos los presentes, menos J.J. y yo,
sonreían con sarcasmo. Supongo que les hacía gracia que nos hubiéramos
peleado por una chica. Entretanto, yo no podía estarme quieto. Me
sentaba, me levantaba, caminaba de un lado a otro de la habitación, sin
despegar la vista de Speedy ni por un momento.
Él seguía insistiendo en su argumento de que yo estaba enojado porque Jenny me había dejado por él.
Por fin me llegó el turno de hablar. Para empezar, reconocí que estaba
enfadado porque Speedy se había acostado con Jenny, pero señalé que lo
que me había hecho perder la paciencia fue que él no paraba de meterse
conmigo. Cuando dije esto, oí varias risitas a mi alrededor.
Sólo J.J. miró a los otros con expresión seria
para impedir que los Unknowns prorrumpieran en carcajadas. Di un paso
hacia Speedy y le solté: -¡Cabrón, no uses mi nombre para cogerte a una
chica!
Cara a cara
J.J. se interpuso entre nosotros. Él y Lalo
nos advirtieron de que no nos pegáramos antes de que tomaran una
decisión, y luego salieron de la sala para deliberar. Mientras estaban
fuera, los demás permanecimos callados. Yo encendí un cigarrillo de
marihuana y me senté en el suelo, solo, en un lado de la habitación,
mientras Speedy y el resto de los Unknowns me contemplaban desde el
otro extremo. Era como si fuese a ocurrir algo importante. Me sentía
como un condenado a muerte a quien dejaban relajarse durante unos
minutos antes de la ejecución. Cifraba todas mis esperanzas en Lalo.
J.J. y Lalo regresaron y nos indicaron a Speedy y
a mí que nos pusiéramos de pie y nos colocáramos en el centro de la
sala. J.J. nos sermoneó sobre el error que habíamos cometido al dejar
que una mujer interfiriera en nuestra amistad y sobre las relaciones
siempre cordiales entre los Unknowns y los Kings. Por tanto, habían
llegado a la determinación de que el asunto debía quedar únicamente
entre Speedy y yo.
-Si uno de ustedes quiere lastimar al otro por
una puta, allá él- declaró J.J. Si eso era lo que queríamos, se podía
organizar una pelea mano a mano entre los dos. Ganara quien ganase, la
discusión debía terminar ahí. Yo me mostré enseguida de acuerdo con su
decisión. Speedy también. Acordamos enfrentarnos cara a cara.
Bate de béisbol
Salimos por la puerta trasera de la
sede, que daba al callejón. Fuera, los demás formaron un círculo a
nuestro alrededor, y Speedy y yo nos pusimos en guardia. Él tenía fama
de ser bueno peleando, así que yo estaba bastante asustado. Sin
embargo, el miedo a volver a ganarme fama de cobarde se apoderó de mí y
me impulsó a atacarlo.
Resultó que Speedy no era tan temible, después de
todo. Mi primer puñetazo lo alcanzó justo en la nariz. Se tocó con la
mano y vio que le sangraba mucho. Mientras él intentaba frenar la
hemorragia, le pegué varias veces más en la cara. Se enfureció. Las
lágrimas le manaban a chorros mientras me gritaba «¡te voy a matar! ¡te
voy a matar!».
Uno de los Unknowns que estaba cerca de él
llevaba un bate de béisbol. Speedy se lo arrebató y se abalanzó hacia
mí. Pegó con toda su rabia y me golpeó encima del ojo izquierdo. J.J.
le ordenó que tirara el bate. como no obedeció, los demás Unknowns lo
obligaron. Lo rodearon, lo sujetaron y le quitaron el bate por la
fuerza.
A continuación, J.J. les dijo a sus muchachos que
Speedy se había portado «como un maricón». Lo agarró por el cuello, le
comunicó que ya no era un Unknown y luego les ordenó a sus chicos que
le pegaran una buena paliza. Speedy me había hecho un buen corte encima
del ojo, y la sangre salía a borbotones. Tenía todo el lado izquierdo
de la cara y el cuello llenos de sangre. Sin embargo, aunque se trataba
de una herida muy aparatosa, era una minucia en comparación con la
lluvia de golpes que recibió Speedy. Había al menos diez tipos
golpeándolo sin piedad.
Curiosamente, eran los mismos tipos que hacía
sólo unos pocos minutos le animaban a que me hiciera daño. Me acerqué a
ellos para pedirles que lo dejaran, pero Lalo me agarró del brazo y me
apartó de allí. La lealtad de una pandilla hacia sus componentes es muy
frágil. Si un miembro se comporta de manera poco digna a los ojos de
los líderes, se le da el mismo trato que a un enemigo .
Ésta debe de ser la razón por la que coexisten
tantas pandillas en un territorio tan pequeño. La hostilidad entre
Speedy y yo surgió de forma repentina e inesperada. Quizá Jenny fuera
el detonante, pero creo que la causa más profunda fue que nos teníamos
poco respeto y no había una amistad auténtica entre nosotros. En
cualquier caso, el incidente aumentó mi popularidad y mi reputación
como luchador (...).
En el hospital, yo no dejaba de pensar en la
paliza que le había pegado a Speedy sus supuestos amigos. Llegué a la
conclusión de que quizá ya les había hecho algo malo con anterioridad.
De lo contrario no me cabía en la cabeza que los miembros de una
pandilla pudieran volverse contra uno de los suyos en cuestión de
segundos (...).
Fuimos hasta Maplewood Park, donde Lalo y otros
miembros de los Kings me esperaban. Me dijeron que el valor que yo
había demostrado en la pelea con Speedy y en el ataque contra los
Gaylords los había dejado impresionados. Mientras hablaban, yo me perdí
en mis pensamientos.
Lo cierto es que mi supuesto valor frente a
Speedy había sido más fruto del miedo que de cualquier otra cosa;
además, de no ser por el alcohol y la marihuana que me nublaban la
mente, el ataque contra los Gaylords jamás se hubiera producido. Los
Kings me explicaron que ahora estaba obligado a unirme a su pandilla.
De lo contrario, tendría que afrontar el hecho de que Lalo había
mentido a los Unknowns con respecto a mi pertenencia al grupo.
Rito de iniciación
Lalo me llevó a dar un paseo y me
contó con todo detalle lo que le ocurriría si yo no accedía a los
deseos de los otros Kings. Según él, lo castigarían con una «violación»
de la cabeza a los pies, lo que significaba que eligirían a tres
hermanos para que le golpearan todo el cuerpo durante tres minutos.
Luego Lalo me contó cómo era la prueba que yo
tendría que pasar para convertirme en uno de los Kings. De hecho, me
dijo, los aspirantes debían demostrar su valía de entrada, sólo para
que los Kings los tengan en cuenta como candidatos. Como yo me había
unido a ellos en su represalia contra los Gaylords, quedaba exento de
la fase de prueba. Lalo puntualizó que, de todas maneras, tendría que
someterme a un rito de iniciación que consistía en dejarme pegar
durante tres minutos por dos Kings elegidos para ello.
A diferencia de lo que sucedía en el caso de la
«violación» de pies a cabeza, no podían golpearme en la cara, la
entrepierna o en ninguna otra parte del cuerpo que pudiera sufrir un
daño grave. En teoría, esto servía para poner a prueba mi resistencia.
Tras escuchar a Lalo, decidí convertirme en miembro de los Latin Kings
de Kedzie y Armitage, no porque me ilusionara la idea, sino porque no
me atreví a negarme (...).
Autor: Reymundo Sánchez
Editorial: Barataria
Año: 2007
Páginas: 361
ISBN: 8495764474
Precio: 20 €
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