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Hablar del suicidio

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Un lector cuestionaba en su mail la pertinencia de hablar del suicidio con una persona que se quiere quitar la vida. En general, la intervención con alguien en estas circunstancias nos genera bastante inseguridad. Notamos en la chepa el peso de la responsabilidad sobre lo que puede o no puede o no puede ocurrir. Como policías, se espera de nosotros que resolvamos la situación, y esto pasa, desde luego, porque el sujeto no lleve a cabo sus amenazas. En una situación así nos andamos con pies de plomo para no fastidiarla.
No resulta extraño que alguno pueda echarse las manos a la cabeza y pensar que hablar del suicidio es como echar fuego a las brasas; una manera de “animar” más al sujeto a dar el paso y hacerlo.
Cuando nos acercamos a un ciudadano que amenaza con quitarse la vida sabemos que el indicador más importante con el que contamos para que no lo haga es la cantidad de tiempo que pasa hablando con nosotros: cuanto más tiempo, menor la probabilidad de que cumpla con su amenaza. Pero, ¿y de qué hablamos? ¿De fútbol? ¿Del tiempo?
¿Por qué no hablar de lo que realmente agobia al sujeto en esos momentos? Pedirle que nos explique qué le preocupa, que ideas, pensamientos, imágenes le pasan por la cabeza; por qué ha decidido quitarse la vida; por qué piensa que es la mejor opción y si ha valorado otras posibilidades de solución; si ha realizado preparativos concretos al respecto, etc. Todo esto transmite al sujeto que nos interesa lo que le está ocurriendo y preocupando aquí y ahora.
El mensaje que transmitimos interesándonos por todo esto es que nos importa como persona, que lo valoramos como tal, además de que comprendemos que está atravesando por un momento realmente difícil. Lo sabemos, y por eso estamos ahí hablando con él sobre su deseo de quitarse la vida. Esto es lo que choca al sujeto y lo que debemos dejarse bien claro: no hemos venido a detenerle no a juzgarle, hemos venido a hablar.
Creer que hablar sobre el suicidio u otros temas “delicados” incrementa el riesgo de un final desafortunado, puede llevar al policía a obviar el tema y a querer mandar un mensaje positivo y de esperanza fuera de lugar y poco creíble que en absoluto refuerza la empatía con el sujeto (o se adopta el enfoque de “picar” al potencial suicida transmitiéndole la idea de que suicidarse es de una cobardía y que es más difícil vivir la vida). Este enfoque se estructura en torno a frases como: “no te preocupes”, “piensa en la gente que tiene problemas más graves y lucha para salir adelante”, etc., que, con toda seguridad, se transmite con toda la buena intención del mundo, pero que pueden tener el efecto paradójico de mandar el mensaje: “tus problemas no son tan importantes como para quitarte la vida” o “¿cómo es que te preocupas por esa tontería?” Cuando las personas experimentan ansiedad se encuentran muy percepctivas y sensibles al lenguaje no verbal, a leer entre líneas. Nuestros gestos, tono de voz o la mirada, pueden reinterpretarse de muchas formas por el sujeto objeto de intervención. Muchas veces no se trata de lo que decimos, sino de lo que la persona interpreta en el estado en que se encuentra.
Presentarnos, explicar el motivo de nuestra presencia allí y preguntar directamente por las preocupaciones e intenciones del sujeto, sin evitar el asunto hablando de otros temas y/o mandando mensajes estereotipados, nos da más probabilidades de conectar con el sujeto, de que se abra a nosotros y descargue la angustia que le atenaza, lo que ayudará a desactivar la intención suicida.


Autor: Fernando Pérez Pacho.
Psicólogo desde hace casi 3 décadas, con título de Especialista en Psicología Clínica. Amplia experiencia en la formación a cuerpos de seguridad y personal de emergencias.

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