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Policía Geriátrica

policia geriatricaEl vestuario, equipo, material y accesorio de la uniformidad policial es quizá, entre todas las profesiones, la que más objetos variopintos tiene, debiéndose portar y usar con el mayor cuidado y mantenerlo en perfecto estado de revista, según disposiciones reglamentarias. Precepto fácil de cumplir estando el policía joven en condiciones físicas normales, puesto que no tiene ningún problema para su ágil y apañado uso, mostrándolo ante cualquier óptica en perfecta revista y lustrosidad, ya que portado en su férrea percha  puede utilizarse y lucirse con orgullo el uniforme, armamento, atalaje y ferretería. Prima en su porte y uso la imagen excelente y maniobrabilidad dinámica del policía por encima de algún pequeño descuido, deterioro o falta en la uniformidad, claro está. Cosa bien distinta es vestirlo con considerable lastre en carne longeva, doblada y estropeada. El tiempo no perdona, menos con las marcas biográficas y fatiga de los años gastados. Lo que un día fue galán gallardo, hoy naturalmente es puro avejarruco de triste estampa e inevitable torpeza en el uso de las armas, dicho en sentido figurado y en broma, aunque es una cosa muy seria, sin tapujos y al grano para ilustrar claramente este comentario, con el debido respeto a las canas y afortunados quienes las conservan.

Dejando a un lado la ética, pena o compasión hacia los policías ancianos, por el momento, y siguiendo con la estética en este asunto de modo objetivo que en definitiva es lo que importa en el servicio, una imagen vale más que mil palabras: por mucho esmero que se ponga en el vestuario limpio, bien planchado y cepillado de las botas, aún siendo de seda vistiendo a un presentable carcamal, exhibe siempre lo que queda. No se puede ocultar la evidencia ni admitir el desatino, viejos sí pero no bellos con uniforme y equipo al completo, ni prácticos en servicio operativo, no nos engañemos. Eso sí, afortunados los que llegan, es su máxima y envidiable  estética. Y, como tiene que ser por la propia naturaleza de las cosas, la flojera de la edad suelta todas las piezas del armazón, desde los bajos con cimientos arqueados hasta la cima inclinada descubierta de cabellos, un edificio en ruina de lamentable fachada con más arrugas que un mapa difícil de sostenerse en pie, soportando a esa altura de la vida el uniforme, equipo policial y peso de las armas para el sustento de las tripas.

Qué remedio nos queda si hasta ahora es el modelo policial aprobado por parte de nuestros mandantes políticos que siguen retrasando la jubilación anticipada en muchos ayuntamientos,  dando la callada por respuesta en el volcado de datos impidiendo llegar a buen puerto en el camino iniciado para su consecución, manteniendo activa aún con su silencio una policía geriátrica que no puede defender a nadie, ni a sí misma. Una brigada añeja que no tuvo existencia en el ejército de Napoleón ni en el de Pancho Villa, sólo en España. Un diseño romántico, modelo o imagen que ya no se lleva en comparsas de carnaval, ninots ni  chirigotas, solamente en las películas de cine de barrio y, tal vez, en la incongruente mente de algún alcalde o político obsoleto. Abuelos y abuelas que por no tener cabida en el servicio operativo decoran las puertas de los edificios oficiales con desconocida función o sentido y puede ocurrir de nuevo, según vimos en la tele, como para repeler una discusión entre dos ciudadanos un compañero de avanzada edad efectuaba disparos al aire denotando su evidente peligro e inseguridad. Peor aún, la triste noticia del fallecimiento a tiros ante un atraco en acto de servicio de una compañera poco antes de su edad de retiro.

 

Peligro e inseguridad acompañado además del peso de los años por la sujeción sin fuerza del uniforme y equipo policial reglamentario, compuesto por prendas de pantalón, polo, cazadora, anorak, botas, guantes y prenda de cabeza, por una parte, y el equipo policial por otra: cinturón, portagrilletes y grilletes, cartucheras y munición, talí y defensa, funda y arma, transmisor portátil, chaleco antibalas, guantes, spray, linterna y otros artilugios… Añadiendo al peso del equipaje profesional, el accesorio sanitario personal, en numerosos casos: plantillas podales, faja antihernia, rodilleras, coderas, muñequeras, corset ortopédico, dentadura postiza, gafas, aparato de sordo, bastón y hasta peluquín.  Y, para agotarse y menguar aún más su movimiento juvenil cascado, sufriendo con resignación probablemente alguna enfermedad como reuma, osteoporosis, artrosis, insuficiencia cardiaca, tensión descompensada, glucosa en sangre, colesterol, estreñimiento, cataratas, alteraciones del oído y la vista, prostatismo y, sobre todo, fobia, depresión y ansiedad patológica que produce la inseguridad integral de sus condiciones profesionales de riesgo y penosidad, con el consiguiente cabreo vejestorio permanente, como es natural en este suplicio.

 

Esta es la sufrida e incoherente situación en Perpetuum mobile laboral de la que no se pueden apear nuestros mayores. Es mucha la carga y diligencia requerida para portar y usar con el mayor cuidado el uniforme y equipo policial, especialmente el delicado uso de las armas, y mantenerlo en perfecto estado de revista. Un perfecto estado de revista que en los tiempos que corren con los peligros que  acechan, debería ser obligatoriamente en pose y actitud de descanso, jubilados, disfrutando con el Imserso como mucha gente del mismo oficio y de otros tantos gremios lo vienen haciendo desde hace muchos años, porque ya está bien y se lo merecen. No, no se puede entender ni comprender esas condiciones forzosas sobrellevadas con tantas dificultades por policías locales y autonómicos en edades de abuelos, con mucho mérito. Y, aunque hay consenso entre los partidos políticos en poner muy pronto la guinda sobre el pastel, por sentido común, ahorro de dinero público y ofertar trabajo a la juventud tan necesitada… Esperamos de inmediato su feliz logro, como han anunciado, y que no aparezca ningún alcalde o político decadente, defendiendo a capa y espada el modelo español de policía geriátrica. ¡Válgame Dios!

 

Autor: José Luis Rodríguez Velasco.

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