Breve introducción:

Este artículo, "Paco "El Loco" trata del tema de delincuencia juvenil basada en una historia real de un barrio de Madrid.

José Luis Rodriguez Velasco


delincuencia juvenilCuando tenía doce años, una mañana, esperaba en mi casa a que viniera el gas butano. Mi madre me había dejado ciento y pico de las antiguas pesetas para pagarle al señor repartidor de las bombonas. Aquella cantidad me parecía un dineral. Oí tres llamadas al timbre de mi puerta. Pensé, el butanero. Abrí la puerta y apareció Paco el loco, tendría unos tres años más que yo y era más peligroso que las bombonas de butano. Me preguntó: ¿Cuánto dinero tienes? Le dije fardando, ciento y pico pesetas..., no recuerdo la cantidad exacta. Entró en mi casa, cerrando la puerta con ademanes de evitar a la vecina de enfrente, suponiendo estaba espiando por la mirilla. Sacó un sobre del bolsillo, de esos marrón claro donde entregaban los sueldos, antes de que se pagaran a través de bancos. Bajando la voz, me dijo: -Este es el sueldo de algún militar atontado que lo ha perdido en el portal- Vivíamos en pabellones militares, no me extrañó nada el hecho. Me dijo: ¡Anda, vámonos a la piscina! Era al principio del verano, no sabía donde guardaba mi madre los bañadores y tenía que esperar al butano. En ese momento vino mi hermano Carlos, le lié y se quedó a  la espera de la bombona. Nos fuimos. En un bazar que había en la calle Bravo Murillo, compramos bañadores, bolsas de deportes, zapatillas de goma, toallas, gorras de trapo, gafas de sol, de buceo y aletas, como si fuéramos a la playa.

Entramos en la piscina “Playa Victoria,” que así se llamaba. En la cafetería pedimos coca-colas, raciones de patatas fritas, boquerones en vinagre y aceitunas, no tenían otra cosa, y cortes de helados triples en dos galletas. A los que miraban con cara de gusa les invitaba. Contaba que había acertado una quiniela de catorce resultados y, cada vez que pedía una consumición después de pagar, echaba un montón de monedas al bote arrojándolas como en el baloncesto. Los camareros y todos los bañistas no le quitaban atención. Había una máquina tragaperras de juego de esas con bolas de acero, la tenía en funcionamiento continuo  con una gorra llena de monedas encima de una silla y, jugaban todos los usuarios de la piscina, en cola y pidiendo la vez. Al final de aquella locura, acabó cambiando constantemente billetes de mil pesetas  en monedas de cinco duros, las metía en otra gorra y subiéndose al trampolín, las arrojaba al agua. Toda la gente  estuvo buceando en la piscina cogiendo las monedas, hasta los camareros. Cuando se cansó, nos fuimos para casa. Al despedirnos, no paraban de felicitarle por su suerte.

Llegamos a nuestros domicilios sobre las cinco y media de la tarde, sin haber comido. Al rato de estar en mi casa, llamaron a la puerta a timbrazos largos y dando fuertes golpes con puños y patadas. Abrí corriendo. Eran la madre y hermana de Paco  el loco. A gritos y poniéndome ellas sus manos y uñas encima, me dijeron: ¡Ladrón, habéis robado el sueldo a mi marido! Su marido era comandante del ejército. Tuve que explicarles a ellas y a mi padre que salió a la puerta lo ocurrido. Su madre dijo que a su hijo lo habían vuelto loco los curas en el colegio donde estudiaba. No era verdad porque ese colegio, prefiero omitir el nombre, tiene fama de ser muy bueno formando a los niños para hacerlos de provecho el día de mañana. Lo único, era más exigente que los demás, estudiando más horas lectivas.delincuencia juvenil

Aquella no fue ni mucho menos la única pifia que hizo. Según crecía en años, alrededor de los dieciséis, una tarde, un americano que estaba más loco que él, veterano de la guerra de Vietnam, vivía en la calle Orense en un edificio junto al nuestro, estaba dando vueltas a la manzana con un coche de esos pequeñitos tipo escarabajo, color amarillo, muy bonito. Se paró a hablar con nosotros, los del barrio. Nos dijo: ¿Ustedes serían capaces de matar a un hombre? Todos los colegas presumieron de valientes diciendo que sí. Que eso era igual que matar un perro o una rata. Entonces, sacó un cuchillo de cocina muy largo y dijo: ¡Cógelo, mátame! Por supuesto nadie lo hizo y mientras convencíamos al americano de que aquello no estaba bien, Paco el loco le pidió dar una vuelta en su coche. El americano le dijo que no había ningún problema y le dejó las llaves muy amable. El cochecito era de una sola plaza y según venía de dar la vuelta a la manzana, sin tardar más de cinco minutos, el americano que estaba sonao de los tiros de la guerra paró un coche patrulla de Policía Armada, lo que hoy es Policía Nacional, que circulaba en ese momento de los que llamaban “lechera” no sé si porque eran blancos o porque se suponía que estaban para dar “leches.” El yanki se puso de pronto muy enfadado y agitado, al mismo tiempo, cogió a Paco el loco por la pechera y gritaba: ¡Ladrón, ladrón, me has robado el coche...! Tuvimos que darles una explicación a los policías y no pasó nada.

Desde aquello, Paco el loco creo que se obsesionó con los coches de los americanos, de los estadounidenses que en aquel tiempo se encontraban en la base de Torrejón y muchos vivían en mi barrio. También residían en la Moraleja o el Barrio Blanco, llamados por ellos: “Royal Oaks” y “Suicide line”, encinar de los Reyes o linea suicida. Previamente a adquirir una residencia, pasaban una temporada en hoteles, como el hotel Aitana y Cuzco. Paco el loco entraba a los garajes de las fincas donde residían los militares norteamericanos y no se cuantos coches robó. Los jóvenes americanos le enseñaron a hacer el puente y los trucos para robar los dodges, cadillac y coches grandes que tenían. Las chicas americanas follaban más que las gallinas, en sus bolsos llevaban condones de colores y pintalabios con sabores frutales y afrodisíacos. Paco el loco se tiraba muchas veces a una negrita en pleno paseo de la Castellana, haciéndole un corro los chavales y por arriba tapando con un paraguas para que no le vieran desde los pisos de arriba. Cuando acababa entraba alguno más a limpiarse el sable. Aprovechaba para robarla los discos mientras bailábamos al son de la música del tocadiscos de Carolin, la morenita. Ponía mucho esa canción de: ¡Oh baby comeback, comeback...! Al padre de Carolin le llamábamos King Kong, era sargento de helicóptero y muy fuerte, cuando le veíamos venir corríamos como monos asustados, Carolin también. El padre sabía que a su hija se la cepillaban y la robaban los discos, más que ninguno Paco el loco, al que llamaba  blonde gipsy, gitano rubio. Le perseguía como a un vietnamita, nunca lo cogió.

Una vez cuando empezaba a hacer de las suyas, antes de meterse en problemas que no se pueden contar porque son palabras mayores, fue a robar una farmacia con una pistola de juguete y a la farmacéutica le dió un ataque de risa al darse cuenta, diciéndole: ¡No me hagas reír que esa pistola es de juguete! Paco el loco sacó un machete enorme y, le dijo: ¡Este cuchillo es de verdad! Después de robarla la cogió del cuello y la secuestró llevándosela en un coche de esos que tenía de los americanos, soltándola de una patada a los doscientos metros de huída.delincuencia juvenil

La noche de fin de año el día de las campanadas de las uvas, quedó con media banda del barrio de los de su edad entre ellos mi hermano el mayor, contándoles que tenía unos amigos en lo que llamaban la costa Fleming, una zona de putas junto a donde vivíamos. Que les invitaba a una fiesta-orgía en un puticlub, pero la condición era venir vestidos de hombres, con chaqueta y corbata. Se apuntaron un montón, los que tenían traje o pudieron pedirlos prestados. Quedaron a las doce horas después de celebrar el año nuevo. Fueron andando porque ninguno tenía coche hasta la calle Doctor Fleming muy contentos porque iban a beber y follar gratis. Cuando llegaron al local, tenía los cristales de las puertas empapelados, se veía luz encendida y oían música de su interior. Paco el loco golpeando la puerta de cristal dijo: ¡abrir que soy Paco! No abrían. Insistió golpeando más fuerte: ¡Abrir que soy Paquito! De pronto, apagaron la luz y la música,  abrieron las puertas saliéndo una banda de macarras, chulos de putas, dando puñetazos y patadas hasta salir los invitados  huyendo para salvar la estampa. La frustrada fiesta acabó con los trajes medio rotos, dolor de cabeza y cuerpo.

Paco el loco parecía un lobo estepario, pasaba tiempo sin verle nadie, aparecía o desaparecía del barrio como los depredadores errantes. Eso sí, sabíamos que seguía en su casa cuando algunas noches encontrábamos a un taxi esperando con la policía frente al portal. Cuando los taxistas nos veían pululando alrededor con los perros que sacábamos a pasear, nos llamaban y decían: ¿Chavales, conocéis a un joven, alto, rubio, bien parecido que ha entrado a coger unas maletas hace una hora? Nos teníamos que reir por debajo de la nariz, y disimulando contestábamos que no. Siempre venía en taxi contando la misma historia para no pagar, cuando no tenía ningún coche mangado. El sereno del barrio nos contaba que la policía secreta, los inspectores, venían por la noche a preguntarle a que hora había venido Paco el loco de madrugada, y si lo hacía muy tarde, sabían que había estado de fiesta gastándose el botín de algún palo reciente. Con una fuerte personalidad lobuzna y de zorro a la vez, no era de fiar. Si estaba en algún bar tomándose algo y veía pasar a algunos conocidos que no sabían como era él, los llamaba y los invitaba. Al rato, según estaban consumiendo las bebidas y raciones que aprovechaba a pedir, bien saciado y los pardillos degustando encantados..., Encargaba otra ronda y haciéndose el longui, el que llamaba desde el bar a alguien, saliendo con disimulo para ir a buscar al que supuestamente llamaba, se esfumaba sin pagar, aunque llevara dinero robado. Tenía vicio, cleptomanía por chorar.

Paco el loco no trabajaba y siempre tenía dinero. Nadie se explicaba como se las apañaba aunque, los que nos habíamos criado con él podíamos ilustrar con detalle como daba palos en todas las especialidades, había nacido para ladrón. Distinto a nosotros, los buenos o, idiotas que pensaba Paco el loco, nacimos para pistolos que se decía, siguiendo la tradición familiar porque se nos educó para estar de parte de la Ley y el orden. Tuvimos una educación normal, no exagerada ni deficiente en las horas lectivas. En estas condiciones y circunstancias, al no haber trabajo, la mitad del barrio nos metimos a honrar las armas y, la otra mitad, se metió a caco como Paco el loco haciendo mal uso de las mismas. Los lumbreras del barrio llegaron muy  lejos dentro y fuera del gremio de la guerra y la seguridad. Se pasaron la juventud estudiando y sus padres vigilándolos con un palo. Tuvieron padres severos que sabían imponer disciplina castrense, con visión de futuro. El sacrificio fue el precio que pagaron en sus vidas para ser lo que son, con mucha honra. Sin salir a la calle para “junar” parejas, robar en los supermercados, cobre en las alcantarillas y vehículos a motor. Estuvieron  atados con cable corto y no estando sueltos, se perdieron de ir al cine “Europa”que estaba en la calle Bravo Murillo unos cien chavales juntos, a pasar la tarde en el gallinero. Libres y naturales como los animales salvajes, según empezaba la película al apagarse la luz, cantábamos: ¡Mi jaca galopa trota y bota, y se arrasca  las pelotas cuando pasa por el puente caminiiiito de Jereeeez...!, con percusión de fuertes pisadas en el suelo de madera del cine. El acomodador era el enemigo, iba sacando por una puerta a todo el regimiento y, a la vez, la fila despedida entraban por la otra puerta a la sala sin que se diera cuenta. Algunos gritaban: ¡el de la polla encendida que la apague! Si ligábamos a un maricón metiéndole mano a un chaval, le dábamos la del pulpo. Antes, los jilbiais no se llamaban gay, eran lujuriosos y violentos como nosotros, pero de gusto contrario.  Poblaban los cines y billares de barrio para beneficiarse a los chavalitos tímidos o colgados. Había mucha represión sexual y censura. Y, si estaba esa tarde Paco el loco, en el cine, hacía su proeza,  el pellejo de su rabo lo inflaba como una boa reteniendo y soltando el pis, alcanzando una gran distancia al mear a la fila de butacas desde el gallinero... Se acababa la película. Creo que ha sido el inventor de la ducha dorada. Los de butaca subían insultando al gallinero, cortaban la película y encendían la luz. Llamaban a la Guardia Civil que tenía cuartel en el distrito de Tetuán y nunca lo cogieron, entre tantos sospechosos. Una vez, Paco el loco echó las culpas a un despistado que estaba tranquilamente meando en los inodoros, ajeno a la ducha dorada que había practicado momentos antes. La multitud enfurecida lo pateó en los servicios.

delincuencia juvenilOtra noche de esas, unos cuantos paseábamos los perros o los animalitos a nosotros hasta las tantas de la madrugada. Apareció el personaje con la piel de la cara muy blanca, diciendo que había estado una temporada en Canarias. Pensábamos que era mentira, seguramente estuvo en la cárcel, en Carabanchel. Antes, se entraba en prisión a los dieciséis años. Nos dijo: ¿Qué haceis con los perritos, sin buscaros la vida? Alguno respondió: ¿Qué vas a hacer...? Veniros conmigo, dijo. Nos llevó a los sótanos del edificio donde vivíamos. De encima de los tubos de la calefacción cogió un bolso de mujer, contenía una cartera con documentos, una peluca y algo más. Es el bolso de una lumi que se lo he quitado. Cualquier cosa vale para buscarse la vida, nos dijo. Alguien le preguntó: ¿Cómo has hecho eso...? Y empezó a decirnos: El carbonero del barrio está regando siempre el carbón para que pese más. El carnicero cuando le compran un cordero los restaurantes de la zona, le mete una pesa de un kilo dentro de la tripa para pesarlo. El cura está forrado con las bodas, bautizos y misas de entierros. ¡Seguirme que os voy a enseñar la vida, idiotas! Fuimos detrás de él hasta la zona de la calle Doctor Fleming, como siguiendo a un lider o maestro. Nos dijo: esperarme aquí y entró en un puticlub muy famoso. Pasaba el rato y Paco el loco no salía... Hartos de esperar, pensamos que nos había vacilado y ya nos íbamos, cuando le vimos salir con una lumi abrazada a su cintura, él la cogía por el hombro. Cerca del local la zona estaba algo oscura y desértica de personas. Paco el loco empezó a darle puñetazos a la pobre mujer, mientras ella gritaba, tiraba de su bolso hasta arrebatárselo. Nosotros corríamos a todo gas con los perros que asustados también, perdían el culo.

Y, Otra noche, Paco el loco que como buen lobo deambulaba con preferencia cuando se ocultaba el sol, ya más mayorcito, apareció muy bien vestido con un traje de corte italiano azul oscuro a rallas, como los mafiosos de las películas, sólo le faltaba el sombrero. Dos amigos  lampando por la calle topamos con él. Nos invitó a cañas de cerveza con unas cuantas raciones en un bar que visitábamos  asiduamente. Esta vez no se largó por la puerta de atrás. Continuamos haciendo la ronda, bebiendo cubatas de whisky con cocacola en los primeros pub que pusieron en el barrio. Estábamos medio borrachos y cogimos un taxi para la calle de la Ballesta. Entramos en un club que el portero decía como reclamo: ¡pasen y vean, señores, buenas tetas y buenas patas! Después de consumir en el puticlub y elegir tres chicas, subimos a una pensión. Entramos los seis juntos en la habitación de dos camas. Antes de empezar, las chavalas nos pidieron el regalito. Paco el loco sacó del bolsillo del pantalón un fajo enorme de billetes doblados y cogidos por una goma, las pagó y, después, recuerdo la que me tocó a mí: Me eché encima de ella mareado o borracho, a punto de quedarme dormido. La lumi era una máquina engrasada haciendo el amor, movía las caderas muy rápido en horizontal y haciendo circulos con muchos caballos de potencia. Decía: ¡Córrete cariño, córrete mi amor! Parecía que estaba montado en una noria o el tio vivo. No consiguió correrme, al poco acabamos el servicio pagado por tarifa de corto tiempo. Cuando salimos de la pensión a la calle conté lo que me pasó a mí con la lumi. Paco el loco dijo: ¡Las lumis se han excitado al ver el paquete de billetes que llevaba, no las pichas de mono que tenemos, idiotas! Nos fuimos para la Gran Vía y en la Red de San Luis,  hubo mosqueo entre Paco el loco y un grupo de malas pintas, a consecuencia de un cruce de miradas de reto, de desprecio o para robarnos. En esos ambientes íbamos constantemente con la escopeta de la mala leche cargada. Uno de ellos, dijo algo en romaní y, Paco el loco que había estado en la “gandula,” Carabanchel, de lo que presumía y así llamaba a la cárcel. Dijo: ¡A mí me matareis pero alguno me llevo al huerto!, sacando y abriendo una navaja de afeitar de barbero antiguo que llevaba en el bolsillo. Los quinquis recularon, diciendo: ¡No te mosquees, hombre...! Nos fuimos y a las dos horas de aquel incidente... Paco el loco, sacó de un bolsillo de la americana una pistola del siete sesenta y cinco cargada con unas balas pequeñas que nos enseñó. Nos dijo: la cuchilla achanta más que la pistola. ¡Aprenderlo, idiotas!

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¿No sé que habrá sido de Paco el loco? ¿Estará muerto o qué destino tendrá en la vida? Algunos dicen que se metió a cura. Otros que a chulo de putas. Nadie lo  sabe, el caso es que desapareció entre las brumas del tiempo. En el barrio, los que estudiaron mucho  alcanzaron buenos puestos en la sociedad, algunos nos apañamos para vivir a duras penas, el resto se quedó tirado en la cuneta. ¡Cuánta violencia, mentira, silencio e ignorancia que no se llevaron las cloacas, aprendida desde muy jóven en las películas americanas de los cines de barrio para vivir  callado, dando gracias a la vida o robar el bocado como perros salvajes!


Autor: José Luis Rodríguez Velasco