Breve introducción:

Este artículo, "Un paseo por las drogas, el Amor y la Muerte" trata del tema de la drogadicción basada en una historia real.

José Luis Rodriguez Velasco


drogasLas drogas y la prostitución son lacras, yugos, desgracias marginales que la clase social privilegiada tratan de ocultarnos, estableciendo una distancia de separación entre la burguesía higiénica y los contaminados. Putas y adictos a drogas nocivas, enfermos terminales contagiados en sangre por venenos compartidos, jeringuillas y promiscuidades, apartados y escondidos en locales de alterne o lugares solitarios, se trafica la corrupción y el vicio, las transacciones de la economía sumergida en el underground, circulo vicioso y mancha de contacto en permanente aumento, la policía dotada de guantes para cachear y tocar esterilizadamente documentación, drogas y objetos portados por algunos desechos humanos, es la encargada de la asepsia, su manipulación y entrega a calabozos, hospitales y cementerios. Agentes que tratan con la porquería del mundo, de un mundo que no quieren ni los afectados.

En mi barrio, como en casi todas  las barriadas de la época, el azote de la droga se llevó al otro mundo a muchos jóvenes, demasiados. Un considerable número de ellos fueron amigos de la juventud, de los pocos vivos que todavía quedamos, ellos permanecen adheridos en una parte triste de nuestra memoria e historia para contarlo.  Recuerdo la primera vez que fumamos marihuana, antes la habíamos inhalados en forma de haschisch, fue de las primeras veces que violábamos el tabú rompiendo la inocencia.  Una amiga se iba a Barcelona una larga temporada, fuimos a su casa a recoger un pinito de marihuana plantado en un tiesto que a su madre le había dicho era una planta tropical, pelamos las ramas del arbolito en el portal y guardamos la hierba en un pañuelo, esa misma tarde nos hicimos unos canutos y nos los fumamos en mi trastero donde guardábamos trastos viejos y bicicletas. Uno de los que allí estábamos apagó la luz aflojando la bombilla, otro se puso a gritar: ¡¡¡Me está pegando el demonio!!! Los demás asustados y contagiados por la histeria chillaban y se golpeaban mutuamente, dándose manotazos entre ellos alcanzándome las sacudidas a mí también, a la vez que intentaba encender la luz y no lo conseguía al no localizar la bombilla con mis manos a oscuras, recibiendo golpes aquello duró un largo rato que me pareció interminable, llegué a creer por un momento  que era el mismo diablo quien me pegaba y no mis amigos, no se si fue porque al llorar de aquel modo parecían condenados en el infierno y, un miedo frío, me hizo suplicar instintivamente a Dios parase aquel espanto, por fin logré coger la bombilla y apretándola en el casquillo encendí la luz, seguían llorando  y no paraban de hacerlo, creo que la oscuridad y el mal que hacíamos se aliaron en la conciencia para mostrar con alguna señal sus infinitos peligros.drogas

Después de aquella terrible experiencia no volví a consumir más drogas, lo extraño no se como pudimos alucinar con la marihuana, buscando una explicación comprendí la respuesta, no fui yo el que alucinó sino mis amigos que tenían una larga experiencia con el “torinal” mezclado con cerveza  y estúpidas inhalaciones de “cloretilo”, o tal vez, aquella marihuana no era normal y estaba injertada con algún alucinógeno. En vano, aquellos cabezas rotas siguieron con la afición y del chocolate pasaron a los ácidos y, en pocos años, a la heroína que contagiados por el SIDA segó sus tempranas vidas.

Julio, una gran persona que recuerdo con cariño y otros tres, amigo y amigas, una noche de verano fueron a tomar unas cervezas en una terraza del paseo de la Castellana, mientras bebían fumaban canutos de haschisch. El camarero que parecía aficionado a esa marcha moruna les pidió amablemente que le invitaran a unas caladas de esos cigarrillos de la risa que fumaban los cuatro, sin ningún problema le liaron uno y se lo cedieron entero. El barman en agradecimiento les dijo: Ahora os voy a invitar a uno de los míos, de una lata que tenía escondida sacó unas hierbas, las echó en un cueceleches y llenándolo de agua hirviendo  con el grifo de la cafetera preparó una infusión, al poco, sirvió el misterioso líquido en cuatro vasos, mientras sonreía, les dijo: Es una tisana muy digestiva, os va a gustar, si queréis azúcar me lo decís, aunque es mejor así amarga... Se lo bebieron muy contentos y contentas y, en un instante,  dejaron de recordar su identidad, como si no hubiesen nacido, perdiendo la referencia del tiempo y el espacio... Pasada una semana desde esa noche, ya conscientes, les dijeron sus familiares y amigos que los vieron venir al barrio andando a cámara lenta, y  estuvieron hablando con los árboles del parque de la calle General Perón  durante una semana, ellos no recordaron nada de los días que estuvieron en trance como zombis, sólo las frescas birras y el caldo de infusión, con el tiempo averiguaron que probablemente tomaron Estramonio, las hierbas del diablo que bebían las brujas en los aquelarres.

Arturo vino a buscarme una tarde eufórico, te tengo que decir algo muy  importante: he probado la flor diosa de la amazonía, la Ayahuasca. En un templo de la iglesia del Santo Daime que hay en un piso de la calle Fuencarral, un chaman ayahuasqueiro hace un ritual con tambores, todos desnudos, compone el brebaje mezclando agua, liana y Ayahuasca, una vez bebida la Ayahuasca, un maestro guía apareció en mi conciencia y me preguntó  adónde quería volar, le dije que a Bilbao a ver a mis primos, me fui a Bilbao en un viaje astral y vi a mis primos y tíos, como te veo a ti ahora. Le dije que eso era una alucinación y que sólo había existido en su cabeza. Me insistió que lo había comprobado llamando a sus primos por teléfono y ellos corroboraron lo que estaban haciendo cuando los vio en su viaje chamánico. Arturo siguió tomando Ayahuasca, decía que los chamanes conocían el secreto de la sabiduría y longevidad descubierto a través de los viajes por el cosmos de la conciencia, y el Daime no les afectaba a su salud, cada vez que lo veía de pascuas a ramos sus ojeras le iban llegando al culo. Desconozco el día que desapareció para siempre, de no verlo en años, telefoneé a su madre, me dijo que se fue a Brasil y no sabía nada de él.

ligar

A Ramón un día le pregunté muy curioso: ¿Qué coño sientes cuando te pinchas caballo? Me dijo: a ti te gusta dibujar, ¿verdad? Imagínate que vives en un mundo fantástico como en Disneylandia lleno de vivos colores, cuando te falta la heroína, bajas a un mundo gris y asqueroso. Ramón tenía una personalidad algo desequilibrada, estuvo emparejado con una chica y también con un chico, no lo tenía claro. Con él conocí una secta que veneraban al gurú Maharaji, le acompañé una tarde a un piso clandestino a hacer “sac san” sentados en cojines y apoyados en una especie de tabla en forma de te, los allí reunidos muy sonrientes decían que habían alcanzado el conocimiento a través de un soplo de un mahatma de Maharaji en Bélgica y eran inmensamente felices, cuando tragaban saliva, tragaban un néctar dulce como la miel. Ramón una vez viajó a Bruselas y tras soplarle un mahatma no alcanzó el conocimiento, volvió hundido. Otra tarde fuimos a hablar con el párroco de la parroquia de San Germán, estaba muy deprimido y pidiéndole consejo al cura, éste le dijo: Vive, vivir es la respuesta. Murió enganchado a la heroína.

María del Mar desde muy jovencita trabajaba en el servicio doméstico, de chacha interna, que se decía. Más de una vez se acostó con el polla bella del barrio, “el tierno,” quedó embarazada y quería casarse con él, mientras crecía su vientre hasta parecer un bombo, se la estuvo trajinando y, cuando quedaba poco tiempo para dar a luz, el sinvergüenza le dijo: “Te tomas tres vasos de ron, das tres saltos y verás como cagas el mochuelo”. Aquello colmó el vaso de su paciencia, hizo las maletas y se despidió de su trabajo, pasó un tiempo en su pueblo donde dio a luz un niño, regresó a Madrid, nunca pasó por el barrio, alguien la vio agarrada de la mano de un viejo cuando salía de un bar, de aquellos que llamaban barra americana, había cambiado de aspecto, estaba guapísima, decían quienes la vieron. Era tarde para volver a empezar, a rehacer su vida de nuevo, las Mafias la habían captado, introducida en el ambiente, en la ratonera con queso incluido, de la que nunca se sale, su destino, poner su cuerpo a trabajar como una máquina, engrasándola con cocaína.

Mónica no estuvo muy acertada al abandonar los estudios y andar buscando el braguetazo. La pobre era lo que se dice una doña nadie, no podía ofrecer nada más que su cuerpo, su bonito culo para uso exclusivo de niños pijos, al primero que quiso llevar al altar con su embarazo, le dejó de ver el pelo y su todo terreno al enterarse de que se le había infectado el grano, con la siguiente pieza de caza ocultó su hijo y la condición de madre soltera, vestía con modelitos escotados y bailaba en los sitios de moda del bunker, en el barrio de Salamanca, quedó preñada en menos que canta un gallo, su autor y cómplices se lavaron las manos, ella volvió a su calvario. A la tercera vez, puso toda la carne en el asador yéndose a vivir a casa de una tía suya en su pueblo, donde disfrazada con vestidos de inocente primeriza embelesó al hijo de un terrateniente amarquesado de dinero, vivieron juntos una temporada en un pisito, escribieron a la cigüeña y le trajo un tercer hijo. El principito, pájaro de nobles plumas, voló a su nido de águilas reales, ella tuvo que trabajar en un club de alterne ganándose la vida como podía no como quería...

ligarAgustín, “el Tati”, nieto del portero de la finca, vivía en el paseo de extremadura y venía por el barrio de vez en cuando a ver a sus abuelos, decía. Aprovechando la estancia en casa de sus abuelos pobres, visitaba a su abuelo el rico que vivía en  un chalet en la colonia de El Viso. El Tati vestía con ropa de marca, zapatos castellanos y de tafilete, buenos perfumes y siempre tenía dinero para invitarnos. El día que le acompañé al chalet de su abuelo el adinerado, conocí al “bujarra” que lo mantenía a ese nivel, en el salón había una fiesta montada por abejarrucos gays que daba miedo, tenían unos cuernos de toro encima de una mesa y por sus puntas salía fuego de bengala ininterrumpidamente. Nada más entrar, presentarme al pederastra del abuelo, me sentí profundamente penetrado por las miradas de aquellos viejos, se me encogió el culo y salí con muchas prisas, así comprendí en un momento por que nos llevaba a invitarnos a la calle Almirante al pub Blacky, en ciertas horas que no había ambiente, hoy inexistente, y sabía tanto del “lío”, el oculto chapero, enseñándonos que los gays se ligaban mutuamente en la “pasarela”, lo que es el paseo del Prado. Pasó un largo tiempo que no venía por el barrio, nos enteramos que había fallecido de SIDA.

Yina se casó con un cerdo que la abandonó a los seis meses de matrimonio, hundida y frustrada viajó en un camión con un gitano de Granada con el que se cameló buscando antigüedades hasta India y Pakistan, al mismo tiempo, buscándose a sí misma. En una aldea de Azad Cachemira el calorro la dejó tirada como  una colilla usada e inservible, un comerciante árabe, ayudándola, la contrató por el sueldo de tres mil dólares mensuales trabajando como camarera en el palacio de un jeque en no recuerdo que país, viajó hasta el palacio con pasaporte de la República Islámica de Pakistan y acompañante custudio árabe, una vez en el  palacio, la comida y el lujo era rebosante para la  familia del jeque, excepto para el personal del servicio que siempre comían arroz pasado, Llegó al mes de trabajo y no cobró los tres mil dólares, le pidió al jeque rescindir el contrato de trabajo y, el amo, le dijo que era muy joven para volar. Tuvo la suerte de poder robar su pasaporte y escaparse hasta volver a España. Desde entonces, en las discotecas bailaba, bailaba y bailaba..., sola, sin pareja, para distraerse y olvidar sus desdichas y frustraciones, de vez en cuando se ligaba a un viejo al que  sableaba lo que podía. Decía: ¡Manada de hijoputas y piara de marranos, primos hermanos! Era visceralmente racista, porque el racismo y el hijoputismo lo había sufrido en sus propias carnes.

prostitucionJulio, Tito y el Holandés hartos de buscarse la vida por medios heterodoxos y pueriles, repartiendo propaganda y también costo de haschisch, consumiendo en los bares fiado a la cuenta que nunca pagaron o vendiendo la sangre en el hospital Clínico por mil trescientas cincuenta pesetas, un botellin y bocadillo. También en el mismo día y, hasta haciendo trampas en el carnet de control de extracciones que les daban, vendían el plasma sanguíneo en una clínica de la calle Arturo Soria llamada Plasmacentro, hace años cerrada, por ochocientas pesetas. Al final de sus vidas se liaron con las “lumis”, prostitutas, de la calle Doctor Fleming en una extraña simbiosis. Las meretrices hacían el papel de novias de estos yonquis, presumían de ser diosas del amor porque no podían dárselas de otra cosa, les permitieron vivir con ellas en sus apartamentos privados, dándoles de comer, dinero y esnifaban la cocaína juntos, además de acostarse como las parejas formales. Esta relación yonquis con putas parecía surrealista, ellas trabajaban su oficio y pagaban a las mafías que las controlaban. Estoy convencido que el nexo de unión de la relación era la droga, el amor y la muerte por SIDA que esperaban juntos. Doy testimonio del amor auténtico, libre y puro que vivieron en la oscuridad del túnel de sus últimos días de existencia. Descansad en paz.

Autor: José Luis Rodríguez Velasco