Breve reseña:


Relato policial. Todo parecido con la realidad es pura coincidencia.

Escrito por José Luis Rodríguez Velasco


bachataCada anochecer a la misma hora, doña Emilia Pinilla llamaba telefónicamente a la emisora de la Policía Local en auxilio de su marido don Matías Salgado, enfermo crónico de diversas enfermedades, las quejas de ese hombre mayor estaban seriamente fundadas, peor que padecer las sufridas dolencias de sus goteras era soportar aquella música infernal en cama ataviado con una bombona de oxígeno de dos metros de alta y media farmacia. Los agentes del 092 acudían cumplidamente cada noche al requerimiento, sabían que el caso demandaba con urgencia su intervención, hacían mejor labor con su presencia que dando curso administrativo a las correspondientes denuncias. Cuando el patrulla policial se iba acercando al domicilio de don Matías ubicado encima del bar “Caribe”, el silencio de la calle se llenaba por completo de música caribeña, subida de tono y estridente al tocar en vivo aquellos músicos latinos tambores, bongos y trompetas, cuyas ondas sonoras detonaban en los tímpanos de los agentes y del vecindario.

Unos cuantos vecinos deambulaban noctámbulos intentando vencer en vano el insomnio que producía el desagradable ruido, saludaban al paso del patrulla con gestos suplicantes y en sus rostros cansados se dibujaba la desesperación. Como siempre, en sesión continua sin respetar horarios de cierre el bar “Caribe” ejercía la actividad de  espectáculo con atracciones en directo sin licencia, rebasando el aforo hasta el hacinamiento. En la puerta un pequeño grupo de clientes bebían, fumaban más hierba que tabaco, una jovencita ligera de ropa y fresca como el pescado en venta enseñaba sus partes más íntimas y, un borracho, echaba la pota mezclada con garrafón sobre la acera, hasta que el fortachón del portero  viendo venir calle abajo los destellos azules de la patrulla deprisa daba el aviso: ¡¡¡La policía!!! Aquellos músicos callaron de pronto su ritmo de artillería, alguien camuflado entre la multitud en el interior del antro gritaba: ¡Ya vienen otra vez a jodernos!, ¡Esto es una caza de negros!, ¡Meteos vuestras porras por el culo, dejarnos en paz!

Los agentes eran recibidos por el propietario del local de apodo “el morenito”, mulato  bien tostado, de amplia sonrisa y muy amable en el gesto al estrechar la mano a los policías con sus dos manos a la vez y agachando el lomo en señal de adulación, salía a la puerta en compañía de camareras y clientes habituales, la mayoría de raza blanca aunque en aquel lugar presumían de tener el ambiente de moda café con leche, miraban sorprendidos haciendo el paripé, como extrañados por la llegada de la policía. Aprovechando la presencia policial en el lugar, desde las ventanas de la fachada de la finca doña Emilia y los vecinos proferían voces pretendiendo deshonrarlos: ¡Sinvergüenzas, asesinos!... La muchedumbre del local respondía gritando con exclamaciones y burlas pendencieras: ¡Sabor latino! ¡Azúcar! ¡Cuba libre y cubalibre! ¡Baja a bailar vieja, te bailan los pies!, ¡Trae al pendeho de tu marido y bailáis una bachata! De entre el grosero murmullo de los concurrentes se adelantaron dos estupendas latinas de muy buen ver, dando pasos de merengue para decir una de ellas en connivencia con el jefe de color: ¿Qué caraho passsa, es que no os gusta la música?... ¡Los chavos tenemos nuestros derechos! ¿Qué tiene de malo divertirse un poco..? ¡Hay que fomentar la cultura latina, su ritmo caribeño y tropical! ¡Hagan la vista gorda, el reaccionario del cojo llama a la policía por racismo y envidia de que no puede bailar...! ¡Vayan ustedes a resucitar a ese muerto amargado y que baje a bailar un poco con su señora! ¡No se oye tanto...!

El propietario invitando a pasar al local a los agentes, decía invariablemente en estas inspecciones habituales: ¡Esta noche la música está baja! Los músicos, un grupo de latinos con  algún tinte oscuro sudando a brazos caídos reforzaban su argumento: ¡Aquí no tamo tocando...! Y lo repetían unos y otros bajito, lo hacían al compás de reggaeton... Entonces colocándose las gafas, sacó una carpeta donde tenía la solicitud de licencia de actividad, un montón de requerimientos para subsanar deficiencias de insonorización, notificaciones de multas impagadas y otros papeles para facilitarlos a los agentes y poniéndose muy serio dijo: Miren, aquí tengo el recibo de haber pagado un dineral, una pasta, mucha plata por insonorizar una mierda de hueco en el techo del local por donde se escapaba la linda música a casa de don Matías, porque los técnicos de la Junta Municipal me notificaron que había que subsanar la resonancia y reverberación para disminuir los decibelios que traspasaban el forjado. En esta obra de acondicionamiento hemos puesto un trozo de arpillera,  sí..., de esos sacos antiguos que ya no se encuentran en ninguna parte y han tenido que ir a buscarlo a Cuba donde todavía lo siguen usando para envasar el azúcar de caña, un retal de arpillera mezclado con escayola y vermiculita, que tenía que ser así, según me explicó el aparejador de la obra y bla, bla, bla... El recibo del pago efectuado que decía, parecía una comanda de un pedido de consumiciones, pero lo volteaba en el aire mostrando a distancia el papel dándole palmadas significando haber tenido un gran gasto con la fingida factura, sin dejar ver con precisión la cantidad.bachata

Los agentes tomando datos formularon su denuncia, y cuando se iban “el morenito” les decía: Tengan cuidado, vayan despacio que hay mucho borracho suelto y la carretera es muy peligrosa. Más peligro tiene don Matías con el mulato, pensaban los funcionarios. El viejo enfermo desde su ventana miraba atento sin perder detalle a la intervención policial con sus ojos verdes y ramificaciones rojas de venas ensangrentadas. Y soltó su expresión personalizada a base de muchas noches repetirla: ¡¡¡Cabrones!!! Al rato, el gorila del portero daba la señal: ¡Tengo música en la sangre, adelante maestro! De nuevo sonaba el Tam Tam en la selva urbana y la noche se impregnaba de nuevo de ese ruido molesto para los vecinos, con mayor repercusión y decibelios en casa de don Matías. Nadie se explicaba como podía estar abierto ese local después de tantas y cuantas denuncias y reclamaciones, de los dimes y diretes en los expedientes administrativos sancionadores abiertos oídos los vecinos afectados, y las veces incontables que venían a hacer mediciones con el sonómetro y denunciar de oficio y a instancia de parte la policía local por las llamadas de doña Emilia en un frustrado intento de socorrer a su esposo, y la impotencia de los policías cumpliendo con su deber, diligentes y correctos, sin poder hacer más...

Aquel servicio era tan habitual que no había noche sin la llamada de doña Emilia, ni patrulla o policía que no hubiese intervenido en el mismo, hasta los agentes de la emisora del distrito conocían los pormenores del asunto, de qué pueblo eran los viejecitos, la edad que tenían, sus enfermedades, trabajos de sus hijos y estudios que cursaban sus nietos, y otras cosas de sus vidas porque don Matías había ido muchas veces en compañía de su señora portando un maletín de oxígeno que le permitía el traslado a la Unidad policial a contarlo, presentándose con su peculiar vestimenta de aldeano asturiano, pantalón de pana, alpargatas a cuadros, apoyando su cojera con el bastón de fresno que el mismo se fabricó y su boina donde tenía pinchado el escudo del Real Sporting de Gijón del que presumía. Daba la sensación de que formaba parte del Cuerpo de la policía local como integrante de esa gran familia social compuesta por antiguos serenos, amigos, simpatizantes, personas homenajeadas honoríficamente y denunciantes perpetuos que conviven el día a día compartiendo sus vidas con las patrullas intervinientes. En aquel caso se implicó más de un concejal y personalidades destacadas del barrio manifestando públicamente que esa denuncia de los ancianos tan lamentable, desoída y penosa lo resolverían inmediatamente que pusieran manos a la obra, y del dicho al hecho obtuvieron resultado infructuoso como era de esperar, cayendo en el olvido, no se podía hacer gran cosa cuando los procedimientos administrativos estaban bien atados, sujetos al ordenamiento jurídico del Estado de Derecho y los golfos eran asesorados hipotéticamente por algunos altos funcionarios muy listos, y otros más sinvergüenzas todavía que conocían la Ley y la trampa, decían los filántropos ofrecidos a ayudarlos.

bachataPasaba el tiempo y  doña Emilia dejó de llamar a la emisora para denunciar, era algo sorprendente que los policías extrañaron, un patrulla decidió averiguar que pasaba acercándose hasta el bar “Caribe”, bajando calle abajo notaron que no se oía la música latina y, llegando a la entrada no había nadie ni el portero, las hojas de la puerta cerradas  y  el luminoso apagado. ¡¡¡Por fin han precintado el local!!!, exclamaron con alegría, continuando la marcha sin bajarse del patrulla. Uno de ellos dijo: Vamos a volver a comprobar el precinto. El patrulla regresó y los policías no vieron ningún sellado de clausura, percatándose de que la puerta estaba encajada sin cerrar y no se escuchaba ruido alguno, accedieron al interior, el bar tenía menos luz de lo habitual, bajaron por la escalera y en el plató de la sala había una sola pareja sentada en una mesa, una música melódica, romántica sin alcanzar el tono de la serenata sonaba tenuemente sin apenas percibirse y “el morenito” que ahora hacía de jefe y camarero a la vez, salió de la barra silenciando a los policías que hablaban con un ¡Sssshhh...! ¿Qué ha pasado aquí?, preguntaron los agentes. ¡Que don Matías se ha vuelto loco, paranoico, esquizofrénico! ¡Si pongo la música fuerte me mata! ¡Me ha arruinado!, dijo. ¿Cómo te va a matar si es un pobre viejo enfermo? ¿Con la garrota?, interrogaron dudando los policías.

“El morenito” haciendo un gesto para que le siguieran los policías subió por las escaleras de salida y sin salir del local señalaba hacia la ventana de don Matías muy asustado, diciendo bajito: Ahí está, con un puro Montecristo y mechero de metal antiguo, si pongo la música alta me ha dicho que encenderá el habano soltando previamente el oxígeno contenido en ese botellón de dos metros... Los policías se despidieron del mulato ahora muy razonable, prudente y domesticado, y mirando a la ventana de don Matías le vieron sin su boina, llevaba sobre su cabeza una pañoleta atada como los piratas con nudo atrás, dos pendientes de aro en sus orejas y sonreía feliz.


Autor: José Luis Rodríguez Velasco