Breve introducción:

Relato policial basado en hechos reales.

José Luis Rodriguez Velasco


fachadaBajábamos por la calle del Amparo en el barrio de Lavapiés, nos dirigíamos a una dirección ubicada en otra calle cercana donde teníamos que informar al departamento de estadísticas de la Junta Municipal sobre una certificación de residencia de una señora que la había instado. En el paseo a pie patrullando observábamos casi sin querer porque destacaban a la vista algunas fachadas de las fincas presentando obras recién terminadas de rehabilitación y acondicionamiento en edificios antiguos, logrando dar un aspecto nuevo, renovado y radical, mejorando el entorno urbano. En aquella época,  se había iniciado con el nuevo plan de ordenación urbana una protección eficaz de los edificios históricos, artísticos y estéticos, y aprovechando las autorizaciones, asesoría e información técnica administrativa existentes bastantes propietarios realizaron obras en la recuperación de edificios singulares, incluidos palacios o palacetes.

La mayoría de los caseros dejaban de mantener en buen estado sus edificios condicionados por los pocos recursos económicos obtenidos de inquilinos de renta antigua y, aunque era obligación hacerlo según normativa afectando a todas las edificaciones, las obras ubicadas en el distrito de Centro se canalizaban mediante tres planes de protección, Plan Integral, Ambiental y Estructural y, emprender la tarea de realizar obras de rehabilitación, recuperación o mejora en su conservación, suponía entrar en un laberinto de requisitos administrativos en donde en casos concretos intervenían organismos de protección como Bellas Artes para informar dando el visto bueno en elementos arquitectónicos del edificio o el tono de color de pinturas y revocos en los acabados, especialmente en las fachadas. Estas condiciones del proyecto Técnico junto a una apatía generalizada en arreglar las casas vino ocasionando el abandono y deterioro de fincas hasta su ruina, sumando los gastos de desescombro en las pérdidas, vendiendo el suelo como único patrimonio restante.

Lo más importante a destacar de cara a la vigilancia policial y disciplina urbanística consistía en comprobar el deterioro progresivo que sufrían las fachadas algunas tan afectadas que desprendían su revoco a la vía pública con riesgo para las personas que circulaban bajo el edificio, teniendo que intervenir el servicio de bomberos para subsanarlas a requerimiento de la policía municipal cuando estos peligros se detectaban, lo cual se traducía en la correspondiente denuncia por falta de conservación del edificio. Así las cosas en el paisaje urbano del viejo Madrid, esperando subvenciones o mejor fortuna, los propios caseros se encargaban de vigilar ellos mismos el daño producido en sus paramentos para evitar ser denunciados, claro está con el mínimo gasto invertido en pequeñas reparaciones para ir tirando hasta que pudieran arreglar de modo integral el edificio ruinoso.

Caminando por el barrio de Lavapies nos parábamos ante algunos edificios puntuales dignos de admiración, con obras realizadas magistralmente, recuperando viejos palacetes, corralas o casas señoriales construidas al estilo de la época, algunas del siglo XVIII. Al mismo tiempo observábamos los edificios que amenazaban ruina con desprendimiento de elementos constructivos o trozos de enlucido tomando nota para informar a los técnicos urbanistas de la Junta Municipal, misión genuina y especialmente encomendada a la Policía Municipal en las ordenanzas de Uso del Suelo y la Edificación, auxiliando a los técnicos municipales. Y ocupados en esta vigilancia llegamos a la finca donde teníamos que averiguar si la señora interesada residía en el domicilio indicado. El portón de entrada a la finca de madera basta y corroída  tenía un tamaño considerable, se encontraba encajada la hoja  al suelo dejando un estrecho hueco de acceso y en su interior había bastante suciedad, papeles, colillas y algunos preservativos.

En aquel portal no había buzones para poder comprobar el domicilio de la señora que buscábamos y sólo dos puertas, una en el piso primero de la escalera derecha y otra en la misma planta de la escalera izquierda, esta sin cerradura, mirilla, tirador y de aspecto rural como de corral, estando sujeta con una gruesa cadena pasada en argollas a un candado de alta seguridad, impenetrable. El recorrido de acceso a las plantas superiores del edificio de las dos escaleras estaba condenado mediante muro de obra. Llamamos durante un rato insistentemente a la puerta convencional de la escalera derecha, no contestaban ni abrió nadie. Salimos afuera de la finca y en la calle miramos a las ventanas del piso primero derecha cubiertas por gruesas cortinas de color burdeo sin ver a nadie asomado. –No debe haber nadie en este momento, pero parece una vivienda habitada-, comentamos. Alzando la vista hacia las ventanas de arriba de la fachada estaban todas cerradas como si los pisos no tuvieran ningún morador dando la sensación de estar vacíos y deshabitados.okupas tocando

Nos trasladamos a la panadería de la esquina por si nos daban razón sobre la señora, manifestando la panadera que la interesada vivía en el piso primero derecha de la finca, que en ese momento estaría en su domicilio y era la única inquilina del edificio, intentando contactar de nuevo con ella volvimos hacia el portal cuando nos vimos mutuamente a través de una de sus ventanas, la llamamos por señas y abriendo las hojas del hueco  nos dijo era ella la solicitante del certificado de residencia y que fuéramos a su casa para decirnos algo, al entrar en su vivienda por consentimiento de ella, el compañero le dijo: -¿No le da a usted miedo vivir en esta finca sola?-  -Sí, me da mucho miedo, pero no por vivir sola si no por vivir muy acompañada-, contestó. -¿Tiene usted mucha familia...?-, preguntó otra vez curioso.  -No, vivo sola y muy acompañada-, replicó con cierta sorna, y abriendo una ventana ubicada al fondo de su hogar en sentido opuesto al de la fachada principal, nos llamó gesticulando con su mano para acercarnos a ver...

Mirando por la ventana vimos un gran espectáculo, los pisos interiores del edificio no existían sólo se conservaba la fachada, muros perimetrales y la cubierta además de la vivienda de la señora desde donde con cuidado de no ser vistos observábamos aquella panorámica, allí sobre la planta del gran espacio diáfano se encontraban numerosos jóvenes ocupas ensayando sus números de circo, malabaristas y acróbatas, y en la altura una chica más moderna que Pinito del Oro volaba sobre el trapecio. –¡Ya veo que es usted una sola inquilina, pero no una inquilina sola!-, comentó sorprendido mi compañero.

Autor: José Luis Rodríguez Velasco