Breve introducción:

Relato policial. Todo parecido con la realidad es pura coincidencia.

José Luis Rodriguez Velasco


Aquel día nada mas salir de la Unidad y base de grúas recibimos un comunicado de la emisora para dirigirnos  a un requerimiento de un ciudadano atrapado en una doble fila, llegados al punto el desesperado conductor no dejaba de apretar la bocina del coche, estacionamos la grúa delante del vehículo infractor y maniobrando el agente único puso los carros de arrastre a las ruedas sujetándolas con los tensores y, enganchado el cable del maquinillo a la barra de agarre comenzó a izar  el vehículo sobre la rampa del camión grúa, en mi labor de policía cumplimentaba la denuncia y rellenaba el parte de daños detectados en el turismo arrastrado, en ese preciso momento, de un bar próximo vino corriendo un joven semejante a un gaznápiro montañés y de un veloz salto se metió dentro del vehículo que se encontraba subido sobre la plataforma del camión, sujeto y en orden de marcha, dispuesto para ser trasladado al depósito municipal, una vez en el interior del vehículo el energúmeno comenzó a tocar el claxon insistentemente. grua municipal

La maniobra del ciudadano en principio suponía una alteración del orden público, pero como en la grúa estábamos acostumbrados a experimentar escenas así o parecidas, no perseguir de oficio estos hechos a priori no podía considerarse una prevaricación en sentido estricto ya que un delito es algo más complejo, siempre dábamos un margen de tiempo para que la persona equivocada reflexionara y depusiera su actitud, para no ser más papista que el Papa. Me acerqué hasta el que parecía ser el propietario del vehículo, estaba nervioso y agitado a bordo de su interior e intentando hablar con él no hacía ni caso, en ese margen  de fallido diálogo salieron del bar unos cuantos jóvenes que parecían conocer al espontáneo, reprendiéndole su extraña proeza: -¡Venga, payaso, bájate ya que estos señores tienen razón por haber dejado el coche en doble fila jodiendo!- Al oír esas palabras de desaprobación por parte de sus colegas o amiguetes miembros de una pequeña cuadrilla de barrio el bruto zascandil entró en razones, se bajó inmediatamente, notificándosele la denuncia y pagó los gastos de iniciación de arrastre.

Nos fuimos de allí y nos decíamos: -¡Menos mal que el grupo de amigos estaba con nosotros, si no, no salimos del incidente!- -¡Hubiésemos tenido que llamar a los patrullas para auxiliarnos!- -De acuerdo con los gajes del oficio, de momento tendría que ser detenido por haber cometido un ilícito penal bien en el lugar de los hechos o trasladado a la base donde con plenas garantías de sus derechos e incluso si las circunstancias lo exigieran, en presencia de otros miembros del Cuerpo de Policía Nacional en calidad de testigos y autorización judicial, se procedería a romper los cristales del vehículo para sacar por la fuerza a la persona convertida en un encabezonado bicho al resistirse a salir por sus propios medios de su automóvil cerrado como una concha, presentándola ante el juez de guardia. Total, un follón, la cosa salió bien, estábamos contentos. -¡¡¡Hoy tiene que salir el servicio bordado!!!, dijimos con alegría.

hombre gritandoSeguimos moviéndonos por las calles céntricas de la ciudad en busca de infracciones que perturbaran el tráfico gravemente y, la carga y descarga, era una de ellas tipificada en el antiguo Código de la Circulación y estaba por consiguiente justificada la medida de trasladar con grúa los vehículos estacionados en estos reservados. Allí nos encontrábamos, frente a un gran espacio señalizado reservado a carga y descarga para que los vehículos de transporte pudieran realizar sus faenas, en vez de furgonetas o camiones eran turismos particulares los que ocupaban el espacio y los conductores de furgones estaban descargando en doble fila quejándose. Parada la grúa empecé a denunciar a los vehículos, a la segunda o tercera denuncia del edificio de enfrente comenzó a salir gente y mucha más gente, vinieron hasta nosotros rodeándonos, probablemente sumaban más de cien, mirándonos sonreían sarcásticamente, cuando se juntaron todos que parecían pertenecer a una empresa de numeroso personal, abriendo un pasillo se acercó un hombre de mediana edad, muy alto, fuerte y con cara de ser más chulo que la copa de un pino, cuando llegó a mi lado alzando la voz dijo: -¡Ya están aquí otra vez los chorizos de la grúa!- Aquella banda de bandidos  más que trabajadores o empleados le amparaban, de la sonrisa pasaron a la risa... El agente único que estaba subido en la cabina de la grúa con la puerta cerrada dándose cuenta de la situación, abriendo un poco la ventanilla me preguntó: -¿Llamo a los patrullas?- Le respondí que no, mientras esperaba no se que..., se calmara la canalla, como disimulando no haber oído nada, haciéndome el sordo... Provocándome otra vez, el endemoniado chulo, jefe de la banda muy cerca de mi tímpano y berreando con más fuerza, dijo: -¡¡¡A robar a sierra Morena!!!-

No pude aguantar más, lo había conseguido, me sacó de mis cabales y en un pronto les dije algo así: -¡No tenéis educación, sois una banda de impresentables, unos bandarras!- Al oir mis palabras calificándolos, el jefe de la banda dijo: -¿Habéis oído lo que ha dicho el agente? -¡Sí, sí, sí, sí, sí, sí...!, contestaron eufóricos. Después dijo el jefe: -¡Vamos a denunciar al agente!- -Sí, sí, sí, sí, sí, sí..., gritaron convencidos y contentos. Me cagué, eran cien contra mí... De pronto, aparecieron circulando tres furgonetas de la Policía Nacional, tal vez por la muchedumbre que allí se encontraba, por casualidad o por un milagro de mi Ángel de la Guarda, en un gesto de llamada los paré y, hablando tanto yo como el jefe de la banda con el mando de la policía sobre lo que había pasado decidimos denunciarnos mutuamente. En ese momento, se me ocurrió pedirles la documentación a cada uno de los presentes para hacer constar los que allí se encontraban antes de presentarnos en comisaría y..., el jefe junto a algunos generales de su banda hicieron un corro para hablar, reflexionaron y vino extendiendo la mano, preguntando: -¿Zanjamos esto, sin denuncia?- Confieso, le contesté eufórico y contento: -¡Sí!-, nos dimos la mano y nos fuimos todos en son de paz después de la emboscada, retirando ellos los turismos como buen gesto del armisticio.


Autor: José Luis Rodríguez Velasco