Breve introducción:

Relato policial basado en hechos reales.

José Luis Rodriguez Velasco


El aviso de la emisora comunicaba al patrulla dirigirse al portal de una finca de la calle Carretas, allí nos esperaba una persona para entrevistarse con nosotros. Llegamos al punto y no veíamos a nadie, nada más que tres gatos en el interior subiendo por la escalera, volvimos al patrulla a preguntarle a la emisora directora  para saber donde vivía el requirente y, mirando a un comercio de zapatería junto a la dirección indicada, vimos una señora de unos cincuenta años vestida de negro detrás de un muestrario de zapatos que nos llamaba sin hablar haciéndonos señas con su mano para que nos acercáramos, fuimos y se trataba de la portera de la finca quien telefoneó a la emisora requiriéndonos para denunciar a una vecina que decía tenía más de cien gatos en su casa y, como era muy peligrosa y la tenía miedo, permanecía allí escondida para disimular de que no había sido ella la denunciante.

gateraMuy apresurada nos facilitó las señas a medias, subiendo al piso primero donde había cuatro puertas en la planta sin signos o letras, llamamos a las dos viviendas de la izquierda y no abrieron por lo que bajamos a preguntarle a la portera de que puerta exacta se trataba ya que con los nervios se le olvidó indicarlo antes. Ahora se encontraba con cara de pavor y tenía una tiritera semejante a los enfermos de Parkinson, la lengua se le trababa y no podía ni hablar, con la voz entrecortada decía que se estaba mareando y la sentamos en una silla en el interior de la zapatería, diciéndole: -¡Tranquila, cálmese usted! ¿Quiere que llamemos una Samur?-  -No, señores, muchas gracias. Ahora me encuentro mejor. Cuando me acuerdo de las dos palizas que me dio “la gatera” el año pasado me entra la tiritera, oigan, que me dolió mucho, como si me hubiese atropellado un coche, y tuvimos dos juicios, la condenaron y sigue igual. Los gatos entran en mi casa por las ventanas, está toda la escalera con cagadas de los animales, el olor es insoportable, han venido varias veces los de sanidad y no pueden con ella-, explicó la portera.

La denunciante una persona finita, delgada, poca cosa, nos seguía contando era viuda sin hijos y no tenía familia en Madrid por lo que no podía acudir a nadie en su ayuda y venía luchando sola contra la gatera que era una mujer con muy malas pulgas semejante a una fiera muy gorda. Los vecinos la tenían mucho más miedo que ella porque era gente mayor, como don Benito, un vecino de noventa años paralítico a causa de haberlo tirado por la escalera la fiera corrupia acusándolo falsamente de que le envenenaba los gatos y nunca la denunció por miedo, el pobre hombre tampoco tiene a nadie que le socorra. La gatera sale a buscar por las noches desperdicios en los cubos de la basura de los restaurantes y viene cargada con dos sacos llenos porque está muy fuerte, más diez gatos nuevos que encuentra para juntarlos a la manada, haciendo un cocido en una olla grandísima tipo militar para su familia felina que huele a “avecren” podrido.

Una vez repuesta la mujer y llena de valor después de habernos puesto al corriente del perfil de la fiera, dijo nos acompañaría hasta un rincón de la escalera para señalarnos el domicilio de la gatera sin subir hasta la planta primera para que no la viera. Dicho y hecho, fuimos los policías delante y la portera detrás cagada, mientras estaba ocultándose en el rellano de la escalera desde donde había señalado el piso, llamamos a la puerta, se abrió enseguida y a gran velocidad salió la gatera corriendo como una osa agarrando del pelo a la portera, mientras gritaba como una condenada a muerte acudimos enseguida en su auxilio, cogiendo a la fiera por los brazos e intentando inmovilizarla con los grilletes no podíamos arrastrándonos como a dos presas enganchadas hacia su madriguera, vociferándonos: -¡Cucarachos, os voy a cortar las alas!- Entre el arrastre de su fuerza de peso pesado y estudiando la maniobra para hacernos con ella llegamos hasta su puerta en la lucha, allí se encontraban asomados y moviéndose nerviosos unos treinta gatos, la gatera cogiendo el tirador de su puerta cerró con fuerza diciéndoles a los gatos: -¡A casa, golfos, a comer!- Doblándola los brazos y llevándoselos atrás conseguimos por fin reducirla poniéndole los grilletes, bajándola por la escalera preguntamos a la portera si tenía alguna lesión e informándola que se acercara a la comisaría de la calle de la Luna a denunciar. Una vez trasladada en el coche patrulla y presentados en comisaría, la gatera dijo: -¡Os vais a enterar, me habéis cerrado la puerta y tengo el cocido de mis gatos puesto en la cocina, si se quema el piso me lo pagáis!-

Inmediatamente salimos deprisa de comisaría dirigiéndonos con el patrulla, rotativo y luces de emergencia activados al domicilio de la gatera, sin llaves porque decía se las había dejado dentro, a ver si veíamos o percibíamos fuego en el interior del piso, al mismo tiempo dijimos a la emisora directora que avisara a Bomberos para abrir la puerta, una vez allí los dos servicios y después de un rato de observación desde el exterior de la vivienda no vimos ningún rastro de fuego, se había tirado un farol. Volvimos a comisaría donde la gatera, portera y nosotros comparecimos para declarar en el atestado, quedando pendiente de juicio.gatera

Llegó el día del juicio oral, antes de su celebración el compañero y yo nos tomamos un café en un bar cercano al juzgado, comentábamos eso que nos dijo cuando la detuvimos de que “nos iba a cortar las alas” para decirlo en el juicio y, nos hizo gracia la imagen que le sugerimos, ya que por aquel entonces era época de verano y llevábamos puestas unas gorras especiales que ya no existen y consistían en una funda de tela blanca muy grande cubriendo el plato de la gorra de forma liviana con el fin de estar bien ventilados evitando el calor, tanto volumen tenían las gorras que daba el aspecto de portar sobre la cubierta una mini sombrilla de playa, por esa razón creo la quitaron de la uniformidad. Supongo fue un hecho experimental. También, la falsedad de que le habíamos cerrado la puerta, y había sido ella. Este punto no nos hizo tanta gracia y pensábamos que a lo mejor reclamaba daños en parte de su vivienda ocasionados por el fuego del cocido.

A la hora prevista, esperábamos a las puertas del juzgado, iban celebrándose los juicios y el agente judicial no nos nombraba ni vimos a la gatera ni a la portera por allí cerca, hablamos con el funcionario judicial y nos dijo que ya habían considerado el juicio en presencia del abogado de la portera, nos sorprendimos por no habernos llamado, inquietos y preocupados fuimos a la oficina del juzgado a preguntar y un oficial nos dijo: -La gatera es una mujer muy conocida en los juzgados, cada dos por tres tiene juicio, nunca se presenta y cumple los arrestos domiciliarios en compañía de sus cien o quinientos gatos, creo que tiene- Al fin respiramos y nos fuimos tranquilos, diciendo: ¡¡¡Vaya fiera!!!

Autor: José Luis Rodríguez Velasco