Breve introducción:

Relato policial basado en hechos reales.

José Luis Rodriguez Velasco


cibelesEl reloj del palacio de comunicaciones, hoy sede del ayuntamiento madrileño, había marcado las ocho de la mañana, los policías municipales se encontraban regulando el tráfico rodado y, sobre esa misma hora sin faltar a su cita diaria llegaba a la estatua que preside la glorieta “el loco de  Cibeles”, saludaba a los agentes muy cortés, y arrodillándose junto a la diosa se ponía a rezar. Permanecía en oración unos diez minutos, acabado su culto se despedía de los municipales diciendo: -Hasta mañana- El loco, una persona educada, tranquila y bien vestida  no molestaba a los policías sumidos en su tarea, considerado un individuo más de los muchos vecinos y transeúntes que  pululaban a diario la plaza a pie o, sobre ruedas, como los conductores de vehículos de reparto de prensa y otros tantos que venían a realizar obras o servicios en los edificios cercanos. La gente que transitaba la zona conocían por referencia o directamente al extraño personaje que decía ser sacerdote de Cibeles, quien formaba parte integrante entre tantos locos y cuerdos del pintoresco y cosmopolita entorno urbano.

El duro trabajo de los policías municipales a esa hora temprana de la mañana no permitía prestar atención a un sólo loco, quien pacíficamente sin meterse con nadie manifestaba su locura durante diez minutos y se marchaba, era más importante centrarse en el servicio tirando de vehículos de la calle Alcalá, del paseo del Prado o de Recoletos encauzando los flujos circulatorios para acelerar la llegada puntual de personas a sus destinos, dando prioridad a los vehículos de urgencia y, cuando procedía, a padres y madres trabajadoras quienes llevaban antes del inicio de su jornada laboral los niños a los colegios, atender a los muchos nerviosos y nerviosas y tantos locos del volante que ante las prisas y ritmo frenético automovilístico producían atascos. Vigilar la descarga de mercancías cuidando de que no la depositaran sobre la calzada o el carril bus estorbando con bultos, poniendo tope o retención. La tónica preferente era regular el tráfico con pocas multas, haciendo amigos y enseñando con buen talante a los usuarios de la vía a tener paciencia y respetar a los demás conductores, las señales luminosas e indicaciones de los agentes en la condensada glorieta a la hora punta.

A pesar de la seriedad que se imponía al alumbrar la mañana en el trasiego urbano, había siempre presentes unos cuantos locos alrededor de la plaza molestando como moscas cojoneras y, aún más pesados, los que llamaban desde la zona peatonal a los policías que, de hacerles caso, tendrían que abandonar continuamente el servicio de vigilancia del tráfico ubicado en el centro de la glorieta para atenderles y escuchar sus chorradas, como el zumbao de “el Chepa” que cuando veía a un policía novato le requería desde la acera insistentemente con sus aparentes brazos largos porque sus manos casi tocaban el suelo de lo corto que tenía su cuerpo y, acercándose el policía, le amagaba arrojándole un puñetazo en forma de gancho a sus huevos si era varón que le hacía saltar atrás del susto, interrogándole a continuación: -¿Y el dinero...?-  -¿Qué?-, contestaba el agente. Después le contaba la historia de que otro medio loco conocido de la zona, un barrendero veterano que estaba siempre vacilando y se hacía llamar “el brigada Vadillo” porque decía ser el jefe de “la brigadilla de empuje”, tenía un maletín lleno de billetes escondido en su carro de la limpieza que el chepa se lo había encontrado y entregado para que se lo dejara a los policías a buen recaudo, y preguntaba al agente si el brigada Vadillo había hecho la entrega, obteniendo respuesta negativa, decía: -Ya sabía yo que el muy sinvergüenza se lo iba a quedar para comprarse frascas de vino-loco

La mayoría de los locos eran pacíficos e indiferentes a los municipales, sin hacerles caso en sus chaladuras, como a otro que llamaban “el loco del libro” quien caminaba sujetando un libro con su mano izquierda y dándole palmadas con su derecha vociferaba delante de la gente e incluso de los policías llamándoles: -¡Brutos, brutos, brutos...!- Nadie se ofendía al ver la cara de chiflado que tenía y, decían de él que se había vuelto loco de tanto estudiar, pero el loco de Cibeles se distinguía de los demás, elegantemente vestido parecía ser el más listo de los locos y hablaba como un reverendo o profesor enloquecido por la historia que contaba, decía haber matado un toro con espada clandestinamente por la noche en una finca particular y bebido su sangre en sacrificio para ofrecerlo a la diosa Cibeles, realizando así el rito de “taurobolio” para convertirse en sacerdote de la divinidad grecorromana, autocastrándose como contribución a la madre tierra.

Rezaba a la diosa a quien también llamaba “la del pelo” para que la humanidad tomara conciencia de que somos demasiados habitando el planeta y deberíamos automutilarnos los genitales para convertirnos en eunucos, así en el futuro habría patatas de sobra para poder comer todos, que cada año Madrid aumentaba en no sé cuántos ciudadanos más y al final el metro tendría que llevar dos pisos para caber tanto viajero, que si no hacíamos eso la diosa nos castigaría dándonos para el pelo. También decía haber visto aumentar la conciencia de los madrileños y españoles en general al hacerse muchos varones gays, gracias a sus ruegos diarios a la divina, y esperaba celebrar algún día una gran misa en la plaza como sacerdote de Cibeles con más de cuatro millones de eunucos y homosexuales transformados voluntariamente...

Una mañana nombraron servicio a unos policías en práctica junto a un veterano en la glorieta de Cibeles, el reloj del palacio de comunicaciones señaló las ocho horas y el famoso loco apareció a celebrar su devoción, cuando un agente en práctica que no le conocía le vio adentrarse cerca de la fuente, arrodillarse y rezar, sacó su defensa reglamentaria por si el aparente loco le atacaba por resultar peligroso y yendo a hablar con él, éste salió corriendo asustado estando a punto de ser atropellado por un autobús, el policía veterano le llamó insistentemente mientras huía tranquilizándolo, haciéndolo regresar a la zona central, allí una vez mermada la circulación pasada la hora punta hablaron un rato sobre su fe, reconociendo un policía novel tal vez por darle coba que el loco en el fondo decía ciertas verdades sobre lo que pasaba en el mundo y había que hacer algo por la sociedad...loco

La conversación fue breve y aguda, los policías nuevos que eran licenciados en distintas carreras universitarias dieron su opinión cada uno según su punto de vista, sacando conclusiones muy interesantes, entretanto, el policía veterano que se encontraba escuchando callado, una vez que el loco de Cibeles se marchó tranquilo después de su santa práctica, habló para decir: -Es posible que ese loco tenga razón en sus ideas, aunque yo no estoy de acuerdo las respeto, pero si no le dejamos profesar su religión en la fuente y hay libertad de culto, ese pirao es capaz de saltar a la plaza como los toreros espontáneos y meterse debajo de las ruedas del autobús, ya lo intentó hacer otra vez cuando le impedíamos entrar a rezar y persiguiéndole por la calzada casi nos busca la ruina- Los policías estuvieron de acuerdo en dejar en paz a ese loco y volvieron a su faena para seguir haciendo algo útil, indiferentes con los locos pacíficos, incluidos los locos del volante, de esos que no producen ningún mal.

Autor: José Luis Rodríguez Velasco