Breve introducción:

Relato policial basado en hechos reales, excepto la calle indicada.

José Luis Rodriguez Velasco


¡¡¡Policía, policía, policía...!!!, gritaba alguien de madrugada en la calle Duque de Rivas, paramos inmediatamente el coche patrulla, un señor mayor nos llamaba desde una ventana indicándonos con su mano una furgoneta aparcada frente a un comercio ocultando su fachada, nos acercamos y apeándome del patrulla vimos el roto de acceso en los cristales del escaparate de una boutique, sobre la acera un trozo de arpillera envolvía un ladrillo atado con cuerda de esparto, la alarma inutilizada impregnada de silicona y el vehículo señalado abierto con sus puertas de atrás encajadas cargado de ropa. -¡Ha salido corriendo por la calle Imperial hacia la calle Toledo!-, dijo alzando la voz el señor que nos llamó. Mi compañero dándose prisa dio una vuelta por los alrededores intentando sorprender a algún sospechoso. Permanecí junto a la furgoneta y negocio reventado sin entrar al interior del local por precaución, comunicando el robo a la emisora central y a los patrullas de la zona -¡No he visto a nadie!-, dijo el compañero cuando regresó y el ciudadano añadió ahora algunas palabras vacilantes a lo que afirmó anteriormente: -Cuando he ido a llamarles por teléfono desde dentro, se ha largado, al mirar de nuevo a la calle he visto desaparecer por la esquina la figura de una persona...-peleteria

Pasamos la placa de matrícula de la furgoneta y estaba sustraída, en la caja de carga tenía amontonadas numerosas prendas de mujer, vestidos, pantalones, camisas y camisetas con sus perchas de colgar puestas sin separar de los artículos, encima más revuelto, abalorios, pañuelos, bolsos y zapatos. Al momento llegó otro patrulla a colaborar, pasamos al interior de la tienda con las linternas ya que se debió ir la luz al haber saltado el automático o desconectado a propósito por los ladrones, sin poder localizar el cuadro eléctrico para encenderla, observamos a media luz la planta baja a pie de calle completamente desvalijada con el botín a bordo, en una de las esquinas de la tienda detrás del mostrador había una trampilla abierta que daba acceso al sótano, los compañeros del otro indicativo bajaron a inspeccionarlo y a buscar el automático para encender la luz, cuando subieron dijeron sorprendidos: -El almacén está lleno de abrigos, parece que no se han llevado nada-  El compañero de mi patrulla preguntó: -¿Habéis localizado el automático?- –No-, respondieron –Tiene que estar abajo, mirar bien, aquí arriba no está-, les dijo.

ladronNos encontrábamos los policías en la planta superior y desde la trampilla alumbramos con las cuatro linternas iluminando el sótano, observando la sala completamente repleta de abrigos de piel colgados en percheros metálicos verticales, se veían con claridad a una parte las pieles de animales sin pelo, cordero, ternero, cerdo..., y al otro lado con pelos, oso, visones, tigres y zorros. Comentamos la cautela del tendero sabiendo los tiempos que corren, el comerciante había dispuesto con seguridad y discreción el almacenamiento de las pieles sin poderse ver los abrigos desde la perspectiva de la vía pública, pasando a los clientes de confianza a los expositores ubicados bajo rasante con el acceso cerrado, percatándonos de que la trampilla tenía cerradura y estaba forzada por una palanqueta de acero hallada en el suelo. -Tenemos que hacer un recuento de las prendas para el atestado-, dijo un compañero, bajando por la escalera al sótano seguido de su igual de patrulla. Al ratito de estar contando los abrigos existentes, localizaron el automático encendiendo la luz del local, uno de los policías gritó: -¡¡¡Compañeros, mirad ahí!!!- Rápidamente nos acercamos a la trampilla, estando encendida la luz del sótano, las linternas de los colegas situados en el almacén enchufaban para señalar hacia las prendas colgadas, a unos pantalones vaqueros que salían por debajo de un abrigo de zorro -¡¡¡Cuidado, no son patas de zorro, si no piernas de rata!!!, dijo uno advirtiendo del peligro. En efecto, revolver en mano los cuatro, un compañero cogió por los pelos al chorizo que al abrigo de la piel de zorro se ocultaba.


Autor: José Luis Rodríguez Velasco