Breve introducción:

Relato policial. Todo parecido con la realidad es pura coincidencia.

José Luis Rodriguez Velasco


vagabundoCirculábamos con el coche patrulla bastante despacio por la congestión del tráfico, a la altura de la parroquia de San Antonio en la calle de Bravo Murillo notamos un golpe en los cristales de atrás, miramos y vimos al indigente conocido por nosotros que llamábamos “el piltrafa”, nos había dado con su chaqueta y en un segundo intento se quedó el golpe en el aire, tumbándose a continuación sobre la acera como siempre estaba junto a su tetra brek de vino y el bote pedigüeño, sin considerar el hecho no paramos la marcha, era un pobre desgraciado que por su mala cabeza un día dejó de ser alguien, el alcohol y otras circunstancias arruinaron su vida. Si le hubiésemos hecho caso habría sido peor, alterando el orden público daría voces insultándonos e intentaría tirarnos algún terrazo de acera suelto, papeleras de mobiliario urbano, cualquier objeto a mano, menos el kilo de vino, arrojándose a continuación al suelo simulando haber sido agredido dando convulsiones como un loco endemoniado, así lo hacía al vernos a nosotros y a cualquier agente como si los policías fuéramos los culpables de su desgraciada vida...

Contaba la gente del barrio que el piltrafa tiempo atrás había sido un señor muy importante, útil y considerado, era ingeniero de caminos, canales y puertos, especializado en química y resistencia de materiales, habiendo proyectado y construido con celo profesional, cuidado y mucho interés social algunas obras de ingeniería civil y pantanos en tiempos de Franco, tuvo un piso de lujo en la avenida de la Reina Victoria, una guapa esposa y familia, pero paulatinamente empeoró su situación cuando soplo a soplo y alternando de bar en bar fue adorando irresistiblemente el vino, perdiendo para siempre a sus allegados, la conciencia familiar y social y el remunerado trabajo. El dios Dionisio a través de su encanto y frenesí le reclutó en sus filas, cambió la seriedad y la razón por el éxtasis, junto a una recua de amigos de la misma afición formaron un pelotón dispuestos a beberse todo el caldo de la Mancha, la Rioja y la Ribera del Duero, atrincherados en su piso aguantaron el corte de la luz eléctrica, agua, recibos e impuestos impagados hasta llegar a la máxima degradación social y personal, vendiendo por último los muebles, el cobre y las tuberías para costearse el alpiste licuado, sin comer sólido alguno quedó  afectada su salud síquica y física rozando el exterminio.

Finalmente el banco acreedor le desahució de su destrozada vivienda convertida en un cagadero y ahora deambulaba alcoholizado, enloquecido y mendigando en las puertas de las parroquias, sin poder ver sin irritarse ningún uniforme de cualquier ejército o institución   armada ni a curas con correas. Culto pese a su demencia, decía a quienes hablaban con él cuando no deliraba demasiado que había santos y demonios de dos clases, buenos unos y otros malos y cabrones, los peores los que usaban tenedores y porras para herir o pegar, instrumentos incisivos o aplastantes que habían evolucionado hasta las armas modernas, que en las fiestas de su pueblo sacaban al santo y a un demonio desarmado, pocos bailaban al santo, yéndose más gente a bailar la danza del diablo simpático por ser de los buenos, de los que no usan instrumentos dañinos como la porra o el tenedor, no por satánicos, si no porque decían que el pequeño demonio tenía la cara graciosa invitando a la fiesta y el santo grandes cejas, mirada negra y cara de cabrón, ocultando un látigo bajo su falda.

Daba pena verle siempre sucio hasta cagado, con heridas en las piernas, lleno de piojos acompañados de algunas moscas, delgadito como un prisionero en un campo de concentración, famélico y sin fuerzas para mantenerse en pie permanecía largo tiempo acostado sobre la acera con los ojos cerrados casi durmiendo para ahorrar energía, pero si en su pupila veía un coche patrulla o oía sonar la sirena, se levantaba como un tornado gritando en un idioma ininteligible de endemoniado arrojando cualquier objeto a su paso. Cuentan que una vez alguien le preguntó: ¿Qué le habían hecho los policías para ponerse así cuando los veía? El piltrafa contestó: A mi nada, hay que combatir a los demonios armados que vienen a picar el vino.

Autor: José Luis Rodríguez Velasco