Breve introducción:


La fe civil intentó el orden y la paz mundial en los Estados con el Contrato Social, Democrático y de Derecho, quizá falte la abolición del poder, su opresión y corrupción, educando la conciencia colectiva en la autogestión, compasión y tolerancia. Relato basado en hechos reales

José Luis Rodriguez Velasco


shambala A lo largo de la Guerra de Vietnam, periodo comprendido entre 1959 y 1975, la contienda causó la muerte de cinco millones y medio de personas la mayoría de ellas civiles, siendo el conflicto más sanguinario después de las dos Guerras Mundiales. El uso indiscriminado de la fuerza aérea en bombardeos masivos, daños medioambientales y el empleo de armas químicas, biológicas y la destructiva bomba BLU-82 “Daily Cutter” fabricada con amonio, aluminio y esquirlas de acero que devastaba abriendo claros en la selva de varios cientos de metros a la redonda, violando la mínima ética, códigos deontológicos y tratados internacionales hizo reaccionar a la opinión pública occidental, especialmente la ciudadanía norteamericana profundamente afectada, dándose la más valiente de las respuestas por parte de cientos de miles de jóvenes estadounidenses que, ante la barbarie, atrocidades y crueldad de la guerra, rompieron sus cartillas militares desertando de las llamadas a fila del ejercito más poderoso del mundo.

Los jóvenes iniciaron uno de los movimientos hitos en la Historia, contracultural, libertario y pacifista, negándose a empuñar las armas para matar. Alentados por la música del rock psicodélico, groove y folk contestatario de los Beatles, Pink Floyd y Rolling Stones, exaltando la vida, el amor y la paz. Vestidos con sencillez de  pantalones vaqueros, camisetas y sandalias se dejaron crecer el pelo, adornando sus cuerpos con anillos, pulseras y collares, creando sus signos de identidad, lucha y estandarte. Partieron desde San Francisco (California), donde les llamaron hippies, guiados por un sexto sentido hacia un rumbo misterioso, magnético, una fuerza fuerte que los atraía. Viajaron a través de la ruta Londres, Paris, Ibiza, Formentera y, finalmente, Katmandú. Buscaban en su desencanto el mítico reino de Shambala o Shangri-La de la novela de James Hilton y la película “Horizontes perdidos” del director Frank Capra, punto de referencia y encuentro de un mundo mejor, el paraíso terrenal en la existencia de los vivos, escondido en algún lugar del Tibet entre montañas nevadas que mantiene un microclima cálido por su avanzada tecnología, donde sus habitantes sabios evolucionados espiritualmente y trascendidos viven cientos de años en felicidad, paz y armonía. Allí, en el reino de Shambala, en ese ámbito superior, hay seres humanos vigilando los peligros que acechan la perdición de nuestro frágil mundo, velando por la paz. Así es el mito de Shambala, un humanismo evolucionado para superar el desencanto.

Para el budismo tibetano Shambala no es un mito es un lugar que existe en la realidad, en otra dimensión de la energía. El Dalai Lama, vincula su discurso sobre la paz mundial a un texto tántrico entre los más esotéricos que existen: el Kalachakra. Este tantra tibetano que sólo puede mostrarse mediante una iniciación de algún tiempo y como mínimo varias semanas, es incomprensible para no iniciados. Los lamas tibetanos dicen que se necesitan unos quince años para la transmisión completa de esta iniciación. El tibetólogo húngaro Alexander Csoma dedicó largos años a descifrar el Kalachakra, de su estudio concluyó: Este tantra complejo expone un nivel secreto que apunta a purificar las percepciones impuras llegando a alcanzar un nuevo estado de conciencia. El inmenso esfuerzo de purificación le permitirá al iniciado alcanzar el reino de Shambala, un mundo de felicidad, paraíso terrenal inaccesible al profano. El Dalai Lama ha enseñado muchas veces en Occidente el Kalachakra, insistiendo siempre en el vínculo estrecho entre la transmisión y el advenimiento de la paz mundial. Su enseñanza principal es la compasión hacia los seres sufrientes. El mayor obstáculo para cultivar la compasión hacia los demás en la bodhicitta, práctica del budismo tibetano, es el egoísmo. Esta actitud egocéntrica reside en nuestros estados anímicos habituales produciendo infinitos deseos que no nos dejan salir de la ignorancia, del círculo vicioso del samsara. El apego, la envidia el odio y la cólera, son nuestros verdaderos enemigos que residen dentro de nuestra mente. La causa principal es la insatisfacción y la infelicidad. Cuando no somos felices y estamos insatisfechos la frustración da lugar a sentimientos de odio y cólera.

En la creencia tibetana el ejercicio espiritual del iniciado supone vivir el camino del guerrero, alguien valiente que se conoce a sí mismo y no tiene miedo a su enemigo interior. Algunos jóvenes occidentales fervorosos de esa religión llegaron hasta los recónditos monasterios budistas del Tibet con la  pretensión de hacerse monjes para acceder a Shambala. El primer ejercicio de prueba al que se someten después de ser afeitada su cabeza y recibir el hábito azafrán es pernoctar una noche en un cementerio en soledad, con indicaciones de hacer sonar un tambor y trompeta cada cierto tiempo cuyo ruido es semejante a un bramido espantoso, para vencer al miedo. A la mañana siguiente del difícil examen, el novicio casi nunca se encuentra en el campo santo, ha huido  abandonando los instrumentos musicales de iniciación. Elevar la conciencia derrotando al miedo entraña grandes dificultades, complejas de superar. El miedo al poder y a todo lo que tiene poder nos hace temblar. Lo fácil es someter a los débiles, humanos y animales, a quienes controlamos sin temor, a torturas o tratos vejatorios y degradantes e incluso a darles muerte en la impunidad del abuso de poder, la más vil de las cobardías.

Hacer daño, desconsiderar e infravalorar a los demás es la valentía, la heroicidad reconocida y convicción ordinaria de nuestros semejantes, intentando alcanzar el lugar más alto, disputándose rangos y dignidades. Cuantos más ilustrados en el conocimiento del sistema establecido hay, más abusos y bandidos se hayan. Ejercitar la arrogancia y depreciación de las personas es el error que acentúa deliberadamente el sufrimiento individual y colectivo propiciado por el egoísmo y la codicia que esclaviza nuestras mentes, culto al poder, imagen y doctrina de nuestro tiempo. Los que a sí mismos se llaman hombres de provecho, sensatos y convencionalmente formados, adoran neuróticamente a los más poderosos, listos y competentes, a quienes obtienen grado social, ricos, jerarcas y esbirros.  No sólo la inmensa ciudadanía defiende estas reglas gregarias, malvadas y salvajes practicando la adulación a los más fuertes y, por consiguiente, el abuso, desprecio y manipulación de personas vulnerables, pobres y desgraciados, según su mezquino nivel de conciencia como las dañinas células del cáncer enfermando el tejido social y su propia integridad física y  moral, también los Estados más poderosos de nuestro mundo ejercen sin piedad el cobarde poder destructivo del odio y la guerra allí donde las naciones son pobres, débiles y desarmadas.

El reconocimiento militar y social al ingeniero proviene  etimológicamente de la palabra ingenio cuyo fin se dio al diseño de artefactos bélicos  en la industria de guerra como tarea más importante, después los inventos fueron aplicados secundariamente y sin ningún interés a beneficio de usos civiles. Los científicos sobresalientes son  captados en los ejércitos y la tecnología de sus trabajos se convierte en herramientas para destruir las masas humanas que el capitalismo industrial engendró, como la técnica de fumigación del peligroso Zyklon B, del entomólogo alemán Karl Escherich, empleado en las cámaras de gas nazis. El proyecto HAARP basado en la tecnología de Nikola Tesla (programa de investigación de aurora activa de alta frecuencia) es una realidad consolidada en la estación de 180 antenas en Gakona, Alaska, emitiendo un billón de ondas de radio de alta frecuencia interactúando con los electrojets aureales. Las teorías de la sospecha acusan de ser la última tecnología militar de Estados Unidos, una máquina para controlar el tiempo, modificación del clima, producir huracanes y terremotos, introducir nuevas enfermedades a la población, su locura o debilidad mental, logrando la destrucción y la muerte sin guerra convencional. Es el camino trazado en la corrupción de la ciencia y tecnología, los sabios y doctores son embaucados en nombre de la defensa de un país para atacar o, en otro caso, bien pagados o coaccionados a la barbarie, a la ampliación y mantenimiento de la máquina de guerra, a la masacre y destrucción enemiga. Es la prueba palmaria de nuestra civilización superior...

Mientras el mundo hierve en la ira, en la codicia del dinero y el desprecio a los más débiles, al mismo tiempo en otra realidad cosmológica, en la isla de Ibiza sigue existiendo un lugar mágico llamado Atlantis frente al islote enigmático de Es Vedrá, donde el padre carmelita Francesc Palau se retiró en el siglo XIX ocultándose en una cueva a meditar escribiendo que había visto ángeles luchando contra  demonios. Frente a Es Vedrá y Es Vedranell en la prolongación de la Sierra de sa Talaia el compositor ingles Mike Oldfield compuso Tubular Bells la música de la película “El exorcista”. Atlantis es una vieja cantera a pie del mar donde se extraía el marés, cargada de vibraciones en su radio de acción a la que contribuye su espectacular puesta de sol proyectando una amplia gama de colores, ocres, anaranjados, azules, violetas, según la estación del año. Cuando se baja por la escarpada hasta Atlantis se acercan inocentes a los visitantes las lagartijas que, junto a las gaviotas y algún halcón pueblan la zona solitaria. Abajo junto a la pequeña playa, en una roca, hay pintado un Buda por un japonés que en los años sesenta vino de Vietnam afectado por la guerra, se quedó en el lugar unos tres años haciendo vida en conexión con la naturaleza, pintando el Buda Avalokiteshvara representado por una figura de pie con once cabezas superpuestas y mil brazos. Es el bodhisattva más importante, mano derecha de Buda, el Señor que mira los sufrimientos del universo con compasión infinita. Representa también al Dalay Lama y es el patrón del Tibet.

Hace años mi hermano Carlos vivía en Ibiza, nos llevó a visitar Atlantis, después de media hora en bajar la cuesta con algunas dificultades hasta el nivel del mar, encontramos allí a una jovencita italiana vestida de hippy, nos saludó muy efusiva y contenta, estaba debajo de una roca inclinada para guarnecerse donde tenía un macuto y dos bombonas de agua de unos diez litros cada una. Mientras mirábamos el Buda pintado en la roca, debajo su altar de piedra lleno de velas, me llamó la atención al ver que la hippy hacía Tai Chi y, es casualidad, que por aquel entonces el que esto escribe aprendía esa disciplina del kung fu con un maestro chino vecino mío en Madrid, lo curioso es que muy pocos en España conocían  el Tai Chi y no era normal ver a nadie en ningún sitio practicarlo, me acerqué a ella y entablamos conversación, hablamos de Tai Chi, Qi gong y el centro vital del cuerpo, el Tan Tien, sacó una libreta y bolígrafo, esbozamos algunos dibujos sobre el recorrido de la energía. Nos dijo que se buscaba la vida en los mercadillos de Ibiza vendiendo collares con piedras de playa talladas en torno eléctrico manual, que había venido a Atlantis  muchas veces a meditar tres días en soledad, haciendo Qi gong, a veces hasta con el mar agitado y tormenta. En el transcurso de la conversación nos preguntó con mucho interés si conocíamos el secreto de Shambala. Le contestamos que no. Su nombre era Antonella y nos dio el número de teléfono de su móvil, quedando para tres días después en la playa de d´embossa en Ibiza. Nos despedimos pensando que tenía mucho valor al quedarse allí siendo mujer, tan joven y sola.

El día de la cita con Antonella la vimos venir sobre una mobilette vieja que tenía a los lados del asiento dos bolsas grandes de cuero, ella vestida igual que cuando la vimos en Atlantis, pantalón de gasa blanco, chaleco azul y sandalias, y un casco tipo prusiano para conducir el ciclomotor. Nos sentamos en unos veladores de un bar, pidió un zumo y nosotros cervezas, no permitió que la invitáramos, pagó ella. Después de un rato hablando de Tai Chi y un poco de todo, nos dijo: A mí me atropelló un camión Volvo, estuve en estado de coma en el hospital tres meses, era como un espíritu y mi cuerpo estaba muerto sobre la cama, hablaba a mis padres cuando venían a visitarme y a todo el mundo, nadie me oía, sufría mucho, podía moverme y salir a la calle como el aire, nadie me veía ni oía, como si no existiese. Subiéndose el chaleco nos enseñó las  marcadas heridas cerradas sobre su piel, impresionándonos. Comprendí en un momento la alegría que tenía y ganas de vivir, lo demostraba continuamente en sus gestos y tono de voz, natural y chillón. Después de contarnos aquello, nos explicó como era Shambala, puesto que en Atlantis le contestamos desconocer ese secreto. Dijo: Es un lugar maravilloso, donde sus habitantes son felices y viven muchos años por la técnica más avanzada conocida por los seres humanos trascendidos que viven en el reino, se comunican entre ellos por el simple hecho de hablar y sus casas no tienen paredes... También nos habló de las coincidencias inexplicables que nos ocurren en la vida y ciertas personas que aparecen en nuestro camino para enseñarnos algo importante en nuestra evolución personal, a veces, esa gente son Dakini, guardianes de Shambala.  Estuvimos muy a gusto en su compañía, pero se nos hacía tarde para un recado y quedamos para el otro día por la noche. Ella nos iba a hacer una pizza de cebolla y nos llamaría al móvil a la hora que estuviera a punto cocinada. Nos despedimos sin saber donde vivía, sin darnos su dirección y domicilio.

La tarde de la pizza estuvimos dando un paseo por el puerto y Dalt Vila, casi de noche nos acordamos de la pizza de cebolla de Antonella, mi mujer fue a mirar su móvil a ver si había llamado, ya que por costumbre no uso móvil ni siquiera reloj, enseguida se acordó que su teléfono no lo traía en su bolso, lo había dejado en casa de mi hermano. Cuando volvimos tenía siete llamadas perdidas de Antonella, inmediatamente la llamamos varias veces y no contestaba, nunca más la volvimos a ver y, durante un tiempo incluso de meses y años, de vez en cuando  seguí llamando a su número, sólo una vez contestaron a mi llamada era una chica de Motril, Granada, no era Antonella ni la conocía. La buscamos preguntando por toda la isla, nadie sabía nada de ella. Siempre la recuerdo, apareció en Atlantis junto a Es Vedrá el islote más misterioso de Ibiza donde se cuenta de todo, que aparecen platillos volantes, que en sus fondos está la Atlántida. En la antigüedad, los cartagineses establecieron en las pitiusas el cementerio de los grandes hombres, igual que los elefantes, los traían a ser enterrados porque dicen que la isla está protegida de malas vibraciones y en ella no hay animales ponzoñosos, su diosa Tanit y su dios Bes de origen púnico la protegen.

La isla de Ibiza acogió a muchos hippies en los sesenta, fue un punto de paso y reunión en el camino hacia Shambala. Es una extraña coincidencia más de los muchos secretos ocultos de la Ibiza mágica, profunda y esotérica. Entre estas cosas extrañas  mi hermano nos llevó a un prado que tenía un circulo de tierra perfectamente definido en medio de la hierba, cerrando su perímetro con piedras, al lado había una torre de vigía árabe de piedra de marés donde estaba pintado en pintura negra el símbolo de la Bestia, mi hermano dijo que allí hacían misas negras, se notaba una fría y extraña sensación en el ambiente. Después en sentido opuesto a ese signo y lugar oscuro, fuimos a la cala Bassa a ver a un ermitaño que vive en una cueva pegada al mar, la gente que no lo conoce dice que es un loco, incluso los barcos que pasean a los turistas por la isla señalan su habitáculo denigrando su retiro, en mi conciencia, estaba seguro que no estaba loco era un hombre feliz, místico apartado del mundo. Subimos por el camino estrecho  que conduce hasta su refugio, llamé al portacho de madera con ganas de conocerle, mi hermano estaba detrás algo separado y mi hijo el último, ambos precavidos e influenciados socialmente por el miedo, por si salía el supuesto loco con un cuchillo o me arrojaba por las rocas hasta el mar.

Abrió la puerta un viejecito sonriente y nos dijo: Hola, soy ermitaño, pertenezco a la orden de los José, éramos veinte en la época de los hippies y sólo quedo yo, pasar. Entramos en la cueva y nos sentamos en la cama que estaba situada a lo largo de la pequeña gruta, a la entrada, tenía una cocinita de gas butano, en la estancia había libros religiosos y rosarios de plástico blanco fluorescentes colgados en un rincón junto a estampas de la Virgen Universal de Bélgica. Nos dio uno de cada objeto religioso a los tres y nos dijo: El mal se ha engrandecido, está por todas partes, practicar sexo es como un estornudo. Siempre que necesitéis al Señor por algún problema pedírselo, aunque no podáis hablar hacerlo en pensamiento, él os ayudará. Salimos con José fuera de la cueva y nos fuimos arriba en la empinada, entre los arbustos, donde tenía agrupaciones de piedras de playa con nombres escritos sobre las mismas, José los llamaba huertos, donde siembra con sus rezos el amor. Cogió una piedra nueva y puso con rotulador nuestro apellido: Velasco. Dijo que rezaría por nosotros. Tenía muchas cruces hechas con palos atados clavadas en la tierra y estatuillas de vírgenes y el santo San Francisco.  Señalaba alguna piedra y nos contaba de quien era el nombre y su historia, si estaba muerto o vivo, y algunos le escribían desde Rusia o de países lejanos. Decía que era muy feliz, rezando al señor y de tanta alegría bailaba entre los pinos. Al rato, se despidió encerrándose en su cueva.

Estuvimos buscando con mucha ilusión e interés por la isla y en Madrid al buda Avalokitesvara en metal, el pintado en la roca en Atlantis, sin encontrarlo. Con el tiempo me aficioné a la adquisición de budas, dioses hindúes, cuencos tibetanos y otros objetos de culto. A José María Pascual, un comerciante de esas estatuillas de metal lo conocí en una feria de artesanía en el barrio del Pilar, le compré bastantes. Pasaba el tiempo y seguíamos buscando al buda Avalokitesvara sin encontrarlo. Llegué a fotografiarlo directamente de la roca en Atlantis antes de que se deteriorara y perdiera para siempre, lo tengo enmarcado en mi casa, fue como conseguir un fetiche sagrado, huella del paso de los hippies por Ibiza, una paranoia u obsesión personal. Una mañana encontré en casa un calendario de José María Pascual, tenía su empresa ubicada en Vigo, hacia dos años que no venía a vender en la feria de artesanía del barrio del Pilar, le llamé por teléfono a ver si tenía o podía conseguirme al buda buscado y me contestó diciéndome: Ya no importo budas, son difíciles de vender porque son caros, ahora comercializo instrumentos musicales artesanales de aborígenes, en este momento estoy en carretera vengo desde Barcelona camino a Madrid a recoger un stand en la feria de esoterismo de la estación de Atocha, el buda que me preguntas lo traigo en el maletero, es el único buda que me queda, no lo he conseguido vender en dos años y todavía lo conservo. Quedamos a la cuatro, nos vimos y allí estaba en el maletero el buda Avalokitesvara. ¡Qué coincidencia!, dije. ¿Lo buscaba y tu no lo conseguístes vender...?. Son las coincidencias del budismo, afirmó.

En varias ocasiones lo que nos dijo José el eremita de pedir ayuda al Señor me  ha funcionado, como pequeños milagros que hace Dios. Rezar, hablar con él, son las  plegarias sanas que los hombres insignificantes en el universo debemos reconocer. Estoy convencido que hay una Verdad, es el amor y la paz que querían los hippies y santos, a los que hemos escarnecido. Gracias a esas personas buenas, sencillas y modestas que siempre hay en cualquier parte y las que  conocí en Ibiza, el aire que respiramos se torna diferente, son como verdaderos guardianes de Shambala el reino de la paz, velando y protegiendo el camino a ese paraíso que está allá a lo lejos en las infinitas dimensiones de la  conciencia.

 

Autor: José Luis Rodríguez Velasco