Autor Tema: CURIOSIDADES  (Leído 137997 veces)

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Re:CURIOSIDADES
« Respuesta #880 en: 15 de Mayo de 2020, 18:15:36 pm »

El braguetazo de un guardia de corps



Fernando VII, mal rey y peor persona, se casó cuatro veces, siempre con mujeres de su propia familia, primero fue una prima, luego dos sobrinas y por último otra prima segunda. Cuando el nefasto personaje murió, heredó el trono su hija Isabel, pero como aún era una niña tuvo que tomar las riendas del país su madre María Cristina de Borbón-Dos Sicilias. La viuda regente era aún joven, bella y, para no perder la costumbre histórica entre las hembras de su apellido, también ardorosa, de modo que no tardó mucho en encontrar alivio para su soledad. Su nuevo acompañante, que ya sería su amor definitivo, fue Agustín Fernando Muñoz Sánchez, un militar que pertenecía a la Guardia de Corps en palacio gracias a que su abuela paterna, Eugenia Funes, había sido nodriza de una de las hermanas del rey Fernando.


Según algunos cronistas, el soldado era tan pobre que a veces se le retiraba del servicio porque su traje gastado no le permitía desempeñar dignamente sus funciones, pero a pesar de ello su buen porte llamaba la atención; así que una noche María Cristina se fijó en él y le preguntó si se cansaba, a lo que Agustín respondió: «En servicio de su majestad no puedo cansarme nunca». La respuesta fue tan satisfactoria que al momento quedó relevado de su puesto y la noche siguiente ya presentaba armas en el lecho de María Cristina.

Aunque nos gusta más otra versión de este encuentro que escribió años después en sus memorias una de sus nietas llamada María de la Paz Juana Amelia Adalberta Francisca de Paula Juana Bautista Isabel Francisca de Asís (me gusta recordar el gusto que tienen los Borbones por el santoral). La infanta contó como un día se encontraba la reina madre paseado en carruaje, yendo o viviendo de unas vacaciones, cuando a consecuencia de un bache se dio un golpe en las narices y empezó a sangrar, entonces solicitó a su dama de compañía que le facilitase un pañuelo y como ésta no lo tenía aceptó el de uno de los miembros de su escolta... y así empezó su relación.

De una u otra forma, el caso es que la pareja se enamoró y el 28 de diciembre de 1833, tan sólo tres meses después de la muerte del rey, María Cristina y Fernando Muñoz contrajeron matrimonio religioso en la capilla real, informando nada más que a los miembros del Gobierno y algunos íntimos de la Corte. Un secreto obligado porque el matrimonio era morganático, ya que uno de los contrayentes tenía sangre azul y el otro no. Lo mismo que sucedió recientemente con el príncipe Felipe y su señora, solo que ahora parece hasta democrático y en aquel momento esta circunstancia traía implícita la ilegalidad de la regencia en medio de una guerra civil porque una parte de España reclamaba la corona para don Carlos, el hermano del rey muerto.


María Cristina tampoco logró arreglar las disputas políticas dentro de su propio bando y en 1840 tuvo que ceder la regencia al general Espartero y salir de España. Primero fue a Roma y luego a París para vivir un exilio dorado en el Palacio de la Malmaison de París, sin cesar de conspirar hasta que su conjura triunfó y pudo regresar para instalarse en Madrid, entonces, en 1844, Fernando Muñoz fue nombrado Duque de Riánsares y Grande de España y su enlace se hizo público en una ceremonia oficial celebrada con expreso consentimiento de la Reina Isabel II, las Cortes confirmaron legalmente su matrimonio y a partir de aquel momento le llovieron los títulos y las medallas.

Cuentan que la pareja era feliz y que el duque carecía de ambición política y llegó incluso a rechazar la corona de Ecuador que le ofrecieron un grupo de notables de aquel país, sin embargo su pasión estaba en los negocios a los que se dedicaron activamente junto al general Narváez, presidente del Gobierno y creador de la Guardia Civil, de forma María Cristina no dudó en desviar fondos estatales para sus inversiones particulares y fue nuevamente expulsada del país sin la pensión vitalicia que previamente le habían concedido las Cortes. Permaneció en Francia hasta su muerte en el exilio y solo regreso a España para ver a su nieto Alfonso XII ocupar el trono. Pero vamos a lo que nos interesa.

Fernando Muñoz fue el promotor de diversas empresas por toda España y tuvo preferencia por los ferrocarriles que empezaban a abrirse paso, entre otros lugares en Asturias. Cuando en 1848 se reunió la primera junta general del de Langreo, la mitad de sus acciones estaban en manos del duque de Retamoso, y éste no era otro que su hermano José Antonio Muñoz, también conde porque había heredado el título que dos años antes se había creado para su padre, un hombre sencillo al que nunca se le había pasado por la imaginación que cuando muriese iba a ser noble.

Al mismo tiempo, el de Riánsares se hacía con un montón de negocios que de una u otra forma estaban vinculados con el control de aquel proyecto adquiriendo minas de carbón en Siero y el valle del Nalón y la Asturiana Mining Company (que luego daría origen a Fábrica de Mieres) a través del testaferro León Lillo y también preocupándose por tener en su mano los derechos sobre la carretera carbonera.

El matrimonio se fue enriqueciendo sin cesar con el dinero de los contribuyentes, salvando de diferentes maneras las acusaciones de abuso de poder que se les hicieron y -anticipándose a lo que ahora resulta habitual en este país- no dudaron en utilizar en su provecho la información privilegiada de que disponían, de manera que supieron anticiparse a la crisis y se deshicieron de su entramado empresarial en Asturias un año antes de que se dictase el real decreto de noviembre de 1862 que reducía los aranceles sobre los productos siderúrgicos extranjeros y traía como consecuencia el desastre para las fundiciones españolas con el inevitable apagado de varios altos hornos.

Pero la pareja, entre negocio y negocio, no descuidó sus deberes conyugales, hasta el punto de que la esposa trajo al mundo ocho hijos vivos y uno muerto, demostrando así que ella no había sido la responsable de las dificultades para procrear que había padecido su primer matrimonio, lo que dio lugar a la rechifla popular que la trasladó a sus coplas: «Clamaban los liberales / que la reina no paría / y ha parido más Muñoces / que liberales había».

El cuarto de estos hijos y segundo de los varones fue Fernando María Muñoz y Borbón, II duque de Riánsares y además también duque de Tarancón, por el fallecimiento de su hermano mayor Agustín al que había tocado este título en el lote de los que concedió generosamente a la familia Muñoz la reina Isabel II. El duque de Tarancón tendió un puente con la familia más poderosa de nuestras cuencas mineras al contraer matrimonio con Eladia Bernaldo de Quirós, a la que se llevó desde la montaña central hasta la zona señorial de Somió, en Gijón donde fijaron su residencia.

Pero éste no fue el único vínculo de los Borbones con la misma familia, ya que su hermana Cristina María Muñoz y Borbón, marquesa de La Isabela, también se casó aquí con José María Bernaldo de Quirós y González-Cienfuegos, noveno marqués de Camposagrado, buena gente, como su padre y al que no le molestaba que le llamasen «Pepito Quirós». Los dos vivieron en el langreano palacio de Villa, que mandaron adecuar a su alcurnia y en su panteón están enterrados junto a otros parientes ilustres.

Toda su descendencia, como podrán suponer, ostentó -y aún ostenta porque seguimos en una monarquía- una retahíla de condados y marquesados que fue repartiendo por toda España, pero entre ellos no podemos dejar de citar a uno de sus hijos, que aún recuerdan nuestros vecinos de más edad y que llevó en sus apellidos todos los pasos de esta historia que hoy les estoy contando: Jesús María Bernaldo de Quirós y Muñoz González-Cienfuegos y Borbón, el décimo marqués de Camposagrado y también marqués de Quirós y conde de Marcel de Peñalba, nacido en Mieres en 1871 y fallecido en Madrid en 1939.

A él, que también está enterrado en el panteón de Villa, le toco vivir en primera persona el proceso de adaptación de la nobleza tradicional a las nuevas formas de poder capitalistas y asistir como protagonista, en el lado de los poderosos, a los violentos episodios que se sufrieron en Asturias en la primera mitad del siglo XX.

En su tiempo siguió consolidándose la política matrimonial de esta familia como un verdadero encaje de bolillos en dos frentes: por un lado sus miembros acabaron relacionándose con las mayores fortunas de esta tierra que no supo seguir el ritmo económico de otras regiones más emprendedoras y por otro, aún más ambicioso, enlazaron también con los linajes de más abolengo del país, pero eso se lo cuento otro día.

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Re:CURIOSIDADES
« Respuesta #881 en: 19 de Mayo de 2020, 11:27:00 am »
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« Respuesta #882 en: 24 de Mayo de 2020, 06:53:56 am »
Bueno, merece la pena leerlo como una simple curiosidad dado que el Madrid, por ejemplo, de 1918 no es ni por asomo el Madrid de 2020 con su aeropuerto, su población y el movimiento de personas a nivel internacional.



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Re:CURIOSIDADES
« Respuesta #883 en: 29 de Junio de 2020, 07:09:46 am »
 CURIOSIDADES DE LA HISTORIA
El 'regalo' de Julio César a los piratas que le tuvieron preso: los crucificó tras lograr un rescate récord
El joven romano de 25 años estuvo destinado en Cicilia, lugar donde merodeaban los piratas de la Antigua Roma.
29 junio, 2020 03:00

J. B.

Julio César es el dictador romano más importante que ha pasado a la historia. Sus hazañas, sus opiniones políticas y su trágica muerte son parte de la cultura popular de hoy en día. No obstante, su vida anterior a la llegada al poder no es tan conocida.

El joven romano estuvo destinado en Cicilia, la actual zona costera meridional de la península de Anatolia. Fue allí donde perfeccionó sus dotes de oratoria que tanta fama le darían años más tarde. A sus 25 años, queriendo perfeccionar sus conocimientos, decidió partir a Rodas para completar su formación.

Sin embargo, el Mediterráneo eran aguas peligrosas para surcar. Tal y como escribe Luis Alberto de Cuenca, "la piratería es tan antigua como la navegación" y en Roma llegaron a amenázate realmente la organización económica de toda la civilización. "Cicilia era su cuartel general, pero campaban libremente por todo el Mediterráneo. Contaban con torres de vigilancia y bases fortificadas por toda la costa, de manera que iban desde la actual Turquía hasta Hispania", relata el doctor en Filología Clásica Emilio Del Río en Calamares a la romana (Espasa).

De hecho, durante los últimos años de la República se asistió a un verdadero auge de la piratería. De esta forma, Julio César, en su viaje para ampliar su formación académica, fue secuestrado por piratas. Fue capturado cerca de la isla de Farmacusa y estuvo retenido por más de un mes. Sus únicas compañías eran un médico y dos ayudas de cámara.

Finalmente, consiguió que pagaran por él 50 talentos, todo "un fortunón" tal y como indica el escritor. Plutarco explica que el precio se había fijado en un principio en 20 talentos, pero el futuro dictador no estaba de acuerdo en la cantidad. "¿Veinte? Si conocieras tu negocio, sabrías que valgo por lo menos 50", reprochó. "Un talento son 32 kg de oro, que en febrero de 2020 está a 46.000 euros el kilo, así que un millón y medio de euros, por 50 talentos, son 75 millones de euros más o menos; eso pagaron por su rescate", esclarece Del Río.

Una vez liberado, ordenó inmediatamente la persecución de los piratas. Lanzó una escuadra contra ellos nada más desembarcar en la playa tras la entrega. En cuanto estos fueron capturados, los degolló y posteriormente los crucificó. Así terminó Julio César con los responsables de su secuestro en el mar.

No sería hasta la época de Pompeyo cuando se exterminaría de una vez por todas la piratería en el mar Mediterráneo. Había pedido tres años al Senado para limpiar el mar y lo consiguió en tan solo tres meses. "La facilidad con que Pompeyo los eliminó supuso severas condenas de la negligencia que había permitido el auge tan prolongado de la piratería", concluye Del Río.


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Re:CURIOSIDADES
« Respuesta #884 en: 10 de Julio de 2020, 06:56:02 am »


Crímenes, vicios y muchos pecados: las crudas confesiones de un cura en la Sevilla de 1600
Renacimiento reedita las memorias del jesuita Pedro León (1545-1632), que confesó a numerosos delincuentes en la cárcel y mancebías hispalenses.
10 julio, 2020 02:44

EL ESPAÑOL ofrece un fragmento de las memorias del jesuita Pedro León (1545-1632), reeditadas por Renacimiento bajo el título de La mala vida en la Sevilla de 1600 y que constituyen una de las crónicas más fascinantes y morbosas del Siglo de Oro. Su ministerio le llevaría a recorrer toda Andalucía, aunque sus misiones apostólicas más importantes las condujo en la capital hispalense, sobre todo en la Cárcel Real, en los arrabales de las murallas y en las mancebías de El Arenal sevillano, donde el autor consagró a los pobres, los marginados y los presidiarios.

El padre León coincidió en dicha prisión con Miguel de Cervantes Saavedra y no sería descabellado suponer que confesara más de una vez al autor El Quijote. También fundó casas para mujeres arrepentidas, un hospital para galeotes, una cofradía en la cárcel para atajar la blasfemia y una Congregación de Caballeros Incondicionales "para sacar a los presos del pozo de sus muchas desgracias". Su manuscrito, del que han bebido las aventuras del Capitán Alatriste o la serie La Peste, se revela en una descripción detallada de todos los crímenes, pecados y vicios de los penitentes.

***

1587

El primero para quien me llamaron fue un hombre honrado llamado Fulano Otero (hermano de un mercader muy rico de la Alcaicería llamado Fulano Manos Albas) por haber hecho moneda falsa. Estando ya condenado para quemar lo fui a confesar y me lo encontré loco y sin juicio. Por tal lo tenían también todos los de la cárcel y los que entraban a verlo.

Como no se había confesado, los jueces no se atrevían a ejecutar la sentencia. Pasaron muchos días e hicieron que lo visitaran los médicos para comprobar si era fingido o no. Tras haberlo visto y considerado lo dieron por loco. Las cosas que hacía eran tales que, aunque los médicos no lo hubieran asegurado, ellas mismas lo atestiguaban. Se pasaba el santo día sentado en una silla destrozada, comiéndose los piojos y dejando entrar y salir las moscas en su boca, sin hacer otra cosa que menear constantemente la cabeza y comerse las cascarrias de las narices. Y lo que es más, comía su propia mierda. Aquello daba muchísimo asco a los que lo sabían y le veían cubierto de multitud de piojos. Todos insistíamos que se le enviara a la casa de los locos para eliminar de allí aquel espectáculo.

Pasados más de diez meses vino a verme un hombre de bien que le llevaba la comida y lo limpiaba de parte de sus hermanos y de sus familiares. No era poco el trabajo que le daba aquello porque el loco se ensuciaba en la misma silla desvencijada en que estaba sentado siempre.

—Padre, —me dijo aquel hombre— tengo que decirle algo en el mayor secreto. Es muy importante para la salvación de un alma que está en pecado mortal, alguien que está amancebado y hace muchos años que no se confiesa, ni siquiera ahora que acaba de pasar la Cuaresma y las Pascuas.

—¿Y yo voy a poder remediar eso, hermano? —respondí.

—Si. Podrá.

—¿Es que ese hombre quiere confesarse conmigo?

—Sí que quiere.

—Pues que venga en buena hora que yo lo confesaré con la mejor gana.

—No, padre, no puede venir aquí. Tendrá que ir a confesarlo donde está él.

—Pues bastará con decirme dónde es, cuál es la casa, y vamos —dije.

—La casa la conoce el padre muy bien porque va allí todos los días.

—¿Ah, sí? ¿Dónde está esa casa?

—La cárcel pública, donde va vuestra reverencia todos los días.

—Bastará con decirle que la primera vez que vaya me agarre del manteo; iremos entonces a la capilla y en nombre del Señor se hará todo.

El sonrió al oír mi respuesta y dijo:

—No puede ser, padre. Tiene que ser con el mayor secreto. Le conoce muy bien, se trata de Otero al que tienen en la enfermería y todos dan por loco, aunque no lo está más que ninguno de nosotros dos.

—No puede ser. Me quiere tentar haciendo que me ocupe en algo tan inútil como un loco.

—No lo está de ninguna manera —replicó—, tiene tan buen juicio como el que más sano esté. Y aunque ha pasado por cosas que habrían hecho perder el juicio a muchos, él sigue tan cuerdo.

—¿Y qué puedo hacer yo sin que se descubra que está en su sano juicio? En cuanto se den cuenta de que está bien de la cabeza se ejecutará la sentencia y le quemarán.

—Padre, ya sabe que él pasa todo el día en el guardarropa de la enfermería donde no entra nadie y vuestra reverencia tiene libertad para entrar y salir de cualquier lugar de la cárcel. A veces ha entrado allí para confesar a algunos y otras veces para pensar los sermones y las pláticas. Podría hacer como que va a eso y poner a su compañero de guarda para que no entre nadie y les sorprenda. Es una verdadera lástima que ese hombre haya pasado tanto tiempo sin confesarse.
Portada de 'La mala vida en la Sevilla de 1600'.

Portada de 'La mala vida en la Sevilla de 1600'. Renacimiento

Me produjo una gran alegría tanto la posibilidad del plan como el que aquel hombre pudiera confesarse sin riesgo de la vida. Pero veía muy difícil que él estuviera dispuesto a descubrir su verdadero estado ante mí por el gran peligro que corría. Sin embargo, aquel hombre me aseguró que todo estaba arreglado y me transmitió unas señas que habían acordado para que el otro supiese que yo estaba de acuerdo y que no había nada que temer.

La contraseña era una conversación que habían tenido la noche anterior al llevarle la cena y mudarle la camisa, porque nadie más que ellos podían saber lo que habían hablado. Fui allí aquella misma tarde con muchas ganas de ver en persona a aquel prodigio: el hecho de que estando en su sano juicio pudiera aguantar lo que estaba aguantando y que fuera capaz de fingir con tal perfección la locura que nadie fuera capaz de sospechar que era falsa, pero con el deseo, al mismo tiempo, de que aquel hombre pudiera confesarse y salir de su mal estado.

Una vez allí le hice unas señas disimuladas, le hablé asegurándole que nadie podía vernos ni oírnos; pero ni por esas. No paraba de menear la cabeza como hacía siempre, manteniendo los ojos cerrados. Yo sentí un gran desánimo porque estaba seguro de que me habían engañado. Cuando volví a encontrarme con el cómplice me preguntó cómo me había ido con el loco.

—No me gusta que se burlen de mí. No está nada bien lo que ha hecho.

—No puede ser. ¿Qué le ha dicho?

—Nada.

—No es posible. Estaba arreglado todo. Esta misma noche le reñiré por no haber cumplido su palabra. Verá cómo mañana habrá cambiado de actitud.

Se despidió aquel hombre con mayor confusión y pena de la que yo sería capaz de describir, pero con una enorme confianza en que todo sería diferente la próxima vez.

—Con sus propios oídos podrá escuchar lo que le he asegurado. Mañana. Empeño en ello mi palabra.

A día siguiente vino a verme de nuevo muy alegre.

—Dice que no se atrevió a hablar por el terror que tiene a que la justicia le lleve a la hoguera.

Me dio una nueva contraseña. Y volví por la tarde para intentarlo de nuevo con el temor de hacer el ridículo. Entré con el mismo recato y más que el día anterior y ya frente a él le dije:

—Otero, hermano, no corre su vida ningún peligro. Sepa además que yo no puedo hablar para que la justicia sepa lo que sucede. Fíese de mí, yo no voy a engañarle de ninguna manera. Me han dicho que si no pudimos hablar ayer fue por miedo, pero no hay de qué tenerlo.

Hay que tener en cuenta para comprender la situación que, como el hermano de aquel hombre era muy rico, estaba haciendo todo lo posible para que trasladasen a su hermano a la casa de los locos. Lo había intentado de modo especial en varias visitas de las que hacen los oidores con el asistente y el justicia a las cárceles los sábados, pero siempre se lo habían denegado. Con dádivas y favores estaba esperando a que se juntasen dos de los oidores que eran amigos suyos, a quienes al parecer tenía bien recompensados para que realizasen una petición de traslado basada en la locura y en el testimonio de los médicos. Y había llegado el día esperado.

Después de oírme, Otero abrió mucho los ojos y comenzó a hablarme con la mayor sensatez.

—Padre, perdóneme lo de ayer, por amor de Dios, y sepa que ya está muy cerca el día en que van a llevarme a la casa de los locos, porque el sábado próximo se juntan los oidores con los que tenemos confianza. Una vez allí será más fácil la confesión.

—Al contrario —dije—, en la casa de los locos habrá más peligro. Más vale confesarse aquí que no lo hay, y más vale también ganar la voluntad de Dios para que todo vaya por el mejor camino.

Pero él se puso otra vez a menear de constantemente la cabeza con los ojos cerrados como acostumbraba y no volvió a decirme ni una sola palabra más. Con esto tuve que regresar a casa tan satisfecho de que todo hubiera resultado verdad como desconsolado por el hecho de que no se hubiera querido confesar.

Llegó el día esperado en que se juntaron los oidores amigos y, presentada su petición junto con el testimonio de los médicos, la justicia ordenó que se le trasladara a la casa de los locos. Estuvo allí cosa de un mes, transcurrido el cual se hizo invisible, porque un día anocheció pero no amaneció en la casa, para renacer al cabo de algún tiempo en Francia sano y salvo con todo su juicio. El obispo de Badajoz, don Andrés de Córdoba, me dijo una vez en su casa, que estando en Roma de oidor de la Rota lo había visto allí y había hablado con él.



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Re:CURIOSIDADES
« Respuesta #885 en: 22 de Julio de 2020, 07:31:26 am »
 CURIOSIDADES DE LA HISTORIA
El pasado oculto de Julio César: ¿se prostituyó durante su estancia en Asia Menor?
La acusación afirmaba que el joven César se inclinó por la prostitución cuando apenas tenía 19 años.
21 julio, 2020 17:49

    Antigua Roma Curiosidades de la historia Imperio Romano Julio César Prostitución

J.B.

A lo largo de los siglos muchas han sido las historias y anécdotas que nos han llegado acerca de los emperadores romanos. Algunas, escritas por sus más allegados y célebres seguidores. Otras, por sus enemigos. Julio César fue uno de esos dirigentes romanos que siempre fue amado y odiado a la vez.

Años antes de que dominara la política de la República tras vencer en la guerra civil, Julio César participó en varias campañas militares por todo el territorio. Una vez conseguido el objetivo, celebraba las victorias de la manera más dionisiaca. En aquella época, como ocurría en la Antigua Grecia, la homosexualidad era una práctica aceptada y sin ningún tipo de carácter negativo como ocurría en la Edad Media.

En este sentido, al militar y dictador romano siempre se le atribuyeron relaciones con hombres y con mujeres. Asimismo, incluso se llegó a mencionar que cuando apenas tenía 19 años, Julio César llegó a prostituirse.

Siendo todavía un joven poco experimentado, fue enviado a Bitinia, un reino aliado de la República en la costa de la actual Turquía, en misión diplomática: su tarea consistía en reunir un escuadrón de barcos para atacar Mitilene, en la isla de Lesbos.

En este viaje que le llevó hasta Asia Menor, conoció a Nicomedes IV, rey de Bitinia, quien le recibió con especial afecto por haber sido amigo de su padre. César empleó bastante más tiempo del necesario en ese reino aliado. Sus enemigos, con el tiempo, interpretarían la demora como una prueba irrefutable de que había sido seducido por el monarca. "César habría sido conducido a los aposentos reales, donde se habría tumbado en un lecho dorado cono colcha púrpura sobre la que Nicomedes le habría sodomizado", relata el divulgador cultural Néstor F. Marqués en su libro Fake news de la Antigua Roma (Espasa).

Tal y como explica el doctor en Filología Clásica Emilio Del Río en Calamares a la romana (Espasa), prolongó su estancia ociosamente junto a Nicomedes y señala que "en Roma incluso llegó a rumorearse que se había prostituido". De hecho, en la ceremonia de su triunfo sobre Galia, se popularizó una copla que entonaban sus soldados: "César sometió las Galias, a César Nicomedes; aquí va hoy, honrado con el triunfo, César, que sometió las Galias, pero no así Nicomedes, que sometió a César".

A su vez, en el Senado le llamaron en más de una ocasión "marido ese todas las mujeres y mujer de todos los maridos". Él siempre negó toda acusación, así como su posible bisexualidad. Para intentar acallar esas voces se casó varias veces y tuvo al menos dos hijos, uno de ellos con Cleopatra, mientras no dejaba de alardear de sus escarceos matrimoniales.

Algunos historiadores relatan que este tipo de acusaciones trataban de desprestigiar al dictador romano. Poco más se conoce acerca de si se prostituyó o no en Asia Menor. En aquellos años, la práctica todavía no estaba regulada.

Fue gracias a Calígula cuando la prostitución comenzó a institucionalizarse dentro de las fronteras romanas y a partir del siglo I d.C. tenían que pagar impuestos. "Este impuesto se recaudaba de diversas formas en las diferentes partes del Imperio, a veces por medio de recaudadores de impuestos, otras a través de funcionarios públicos" escribe el periodista Javier Ramos en su libro Eso no estaba en mi libro de Historia de Roma (Almuzara).

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Re:CURIOSIDADES
« Respuesta #886 en: 26 de Julio de 2020, 07:05:15 am »

Adiós al Antiguo Régimen: así cayeron los Borbones entre el vicio y el crimen
En la España intelectual del siglo XXI Stefan Zweig sirve tanto para un roto como para un descosido. Su palabra es un mantra inviolable sin reparar

25/07/2020 05:00 - Actualizado: 25/07/2020 11:19

En la España del siglo XXI Stefan Zweig sirve tanto para un roto como para un descosido. Su palabra parece un mantra inviolable sin reparar en sus posibles errores de juicio. Su apasionante retrato de Joseph Fouché se cierra tras la caída napoleónica con la siguiente frase: "Terminó el periodo de las aventuras heroicas, empezaba la era de la burguesía". Afirmar eso de 1815 obvia la clave de ese año crucial. El Congreso de Viena hilvanó un malabarismo histórico para configurar un nuevo orden europeo basado en lo viejo desde el retorno al Absolutismo. Fouché quiso salvar el pellejo con maniobras para devolver el trono francés a los Borbones, y como agradecimiento por los servicios prestados debió abandonar su sempiterno cargo como jefe de policía ante la presión de los ultras reales hasta quedar, en primera instancia, relegado a la embajada de Sajonia para, a la postre, finiquitar sus días en la austríaca Trieste.

El otro gran camaleón francés fue Talleyrand. El diablo cojo supo mover los hilos hasta ser primer ministro de Luis XVIII hasta su destitución al rehusar en septiembre de 1815 las condiciones estipuladas por los Aliados en el segundo tratado de París. Sin embargo, jamás desapareció de la escena, aunque sus trucos de magia nunca serían tan determinantes. Chateaubriand los definió como el vicio apoyado en el crimen. Su adiós suponía despedazar lo anterior para instalar un presente basado en principios previos a 1789. La Francia de la Restauración es una lucha titánica entre el imposible retorno del pasado y el apego de este al cetro sin comprender cómo los vientos viraban hacia lo anticipado con demasiada premura, pese a la mirada retrospectiva, por Stefan Zweig.

Si quisiéramos ser poéticos podríamos analizar los tres lustros entre 1815 y 1830 como la chispa del Romanticismo desde las premisas de un universo incierto. La nostalgia de la epopeya napoleónica, el año sin verano y los progresivos acelerones económicos, con el Reino Unido observado desde un nada discreto soslayo, planteaban unas dinámicas contrarias a las emanadas por las Tullerías, ocupadas por las reales posaderas de dos hermanos de Luís XVI. Luís XVIII ocupa un tramo central hasta 1824, reemplazado a su muerte por Carlos X. Ambos borbones destacaron por su alejamiento para con la realidad, empecinados en aumentar los privilegios de la aristocracia bajo la apariencia de un sistema, estipulado en la Carta de 1814, parlamentario con la corona en su cúspide.
El camino hacia el precipicio

Durante los años veinte el Antiguo Régimen redivivo pudo mantener la paz social desde la bonanza económica, demostraciones de fuerza como la intervención de los cien mil hijos de San Luís para terminar con el trienio liberal español y una sensación de bienestar económico usada desde el ascenso al trono de Carlos X para indemnizar a las víctimas de la Revolución Francesa, restaurar los privilegios de las congregaciones religiosas y aspirar a la elaboración de una ley de Mayorazgo para recuperar la concentración de las haciendas. El cuerpo legislativo consecuencia de 1789 y la era napoleónica no podía tumbarse con tanta facilidad pese a los vientos electorales manipulados durante el ministerio de Jean-Baptiste de Vilèlle, cuando los ultras monárquicos eran intocables y los liberales una porción minúscula en la cámara.

Como prueba de buena voluntad, y exceso de confianza ante el contexto, se convocaron elecciones en 1827 y la oposición cosechó la mayoría de representantes. Ello empujó a Carlos X a designar a un premier a medio camino entre ambos bandos, Martignac, impotente para encauzar el creciente malestar fruto de la crisis económica, con enormes carestías en provincias, aumento del precio del pan y muchos sectores, entre ellos el viticultor, en cólera por el proteccionismo y la imposibilidad de sacar al extranjero su producción.

Las empresas más modernas languidecían ante ese atraso mezcla de apego a lo pretérito e incapacidad manifiesta para leer las coordenadas del mapa internacional. Para consolidar su decálogo el rey creyó articular una jugada magistral en verano de 1829, cuando las cámaras estaban de vacaciones. Destituyó a Martignac y postuló al príncipe de Polignac en la cartera de Exteriores, jefe de facto de un consistorio de los horrores para el bando liberal por la designación del conde de Bourdounnaye, hediondo en su odio hacia lo napoleónico, en Interior y al general de Bourmount en el ministerio de Defensa. Este último era célebre al haber traicionado al emperador pocos días antes de la debacle de Waterloo.

Las malas cosechas aumentaban la precariedad, los incipientes obreros del textil engrosaban las filas del paro y la prensa acusaba de corrupción

Polignac, hijo de la amiga más íntima de Maria Antonieta, no pretendía cancelar el leve equilibrio parlamentario de la Restauración. Su condena fue ser un juguete de los anhelos de Carlos X, para quien el poder legislativo carecía de valor alguno ante el omnímodo bastón de mando borbónico. El monárquico quería hacer y deshacer como si Francia fuera un tablero gobernable desde sus estancias. En el exterior las malas cosechas aumentaban la precariedad, los incipientes obreros del textil engrosaban las filas del paro y la prensa acusaba con el dedo esos mecanismos corrompidos. En enero de 1830 Adolphe Thiers, quien daría para una serie de artículos, fundó Le National, periódico en la más extrema oposición al tomar la revolución inglesa de 1688 como modelo para establecer en Francia una democracia, censitaria, donde el rey reinara sin gobernar. Las cartas, con los liberales a la guerra en su omitida bancada, estaban sobre la mesa y el destino del país dependería de cómo enfocara Carlos X el envite.

Las tres jornadas gloriosas

Desde una visión ortodoxa de la Historia de esos meses los acontecimientos pueden sintetizarse en la cerrazón real ante la cámara, la amenaza de gobernar mediante ordenanzas y una nefasta ceguera al triunfar en la invasión de Argelia. Polignac gobernaba con minoría entre los representantes y el monarca no atendía a razones ni desconfianzas populares por sus éxitos y haberse convencido de la naturaleza del mandato divino de su dinastía. De este modo el 25 de julio de 1830, después de otros comicios harto desfavorables para sus designios, decretó cuatro ordenanzas, tumba de su reinado: la primera suspendía la libertad de prensa y sometía a cualquier publicación periódica a la autorización gubernamental; la segunda disolvía la cámara elegida poco antes para negar el aumento de los liberales de 221 a 274 diputados; en la tercera apartaba del censo a sus estratos burgueses, y en la cuarta convocaba las urnas para septiembre.

Alegoría de las Tres Gloriosas: la bandera de la Francia de la Restauración (blanca, con el escudo), se ve paulatinamente cambiada hasta transformarse en la bandera tricolor, manchada con el rojo de la sangre y recortada contra el azul del cielo. Óleo de León Cogniet
Alegoría de las Tres Gloriosas: la bandera de la Francia de la Restauración (blanca, con el escudo), se ve paulatinamente cambiada hasta transformarse en la bandera tricolor, manchada con el rojo de la sangre y recortada contra el azul del cielo. Óleo de León Cogniet

Suprimir el parlamento por decreto no suele ser una buena idea. Francia es especialista en reescribir su Historia, y por eso recurrir a las fuentes es aún más imprescindible, sobre todo en nuestro siglo. 'La Libertad guiando al pueblo' es el símbolo de todo revolucionario de sofá desde el desconocimiento del ímpetu de Delacroix, quien al situar a esa bellísima mujer como guía no escatimó en composición y estructura entre el precedente de Gavroche, el joven emblema de 'Los miserables' de Víctor Hugo, y el burgués medio asustado con su arma al acecho. La única certeza es la resolución victoriosa de 'Las Tres Jornadas Gloriosas' y la adopción de la tricolor como emblema nacional tiñendo el blanco inmaculado de los Borbones.

Thiers, otro camaleón marca de la casa, medró durante el siglo hasta ser presidente de la Tercera República Francesa y represor de la Comuna

Otro lugar común posiblemente cierto es aquel según el cual los supervivientes tienen ventaja a la hora de reformular los acontecimientos. Las cuatro ordenanzas atentaron contra las libertades y un primer ataque se cebó contra las rotativas de Le National. Thiers, otro camaleón marca de la casa, medró durante el siglo hasta ser presidente de la Tercera República Francesa y represor de la Comuna de 1870-71; era la otra cara de su moneda. En 1830, al ver atacado su negocio, lanzó la famosa réplica en torno a la nula legitimidad del gobierno y la incitación a la desobediencia ciudadana.

Fue sólo el detonante para encauzar algo inevitable. El gobierno Polignac había maltratado al pueblo de París al prohibir comerciar en el exterior de las tiendas, vetar los billares en las tabernas, suprimir bailes públicos, quemar café en los negocios y hasta expulsar a Polichinela de las plazas. Ante el abuso contra la prensa la reacción del pueblo no se hizo de rogar.

La revolución burguesa

El París de 1830 aún era ese laberinto de callecitas estrechas, insalubre y recargado por una demencial densidad demográfica. Carlos X encargó su defensa a Auguste Marmont, otro traidor a la causa napoleónico, y eso fue la puntilla para recrudecer la ira, apuntalada por la defección de muchas tropas monárquicas y su escaso número ante el empuje de los sublevados. Entre el 27 y el 30 de julio el pueblo de la capital francesa expulsó al opresor del centro mientras reclamaba República y abolir la monarquía para siempre jamás.

En este tipo de episodios la burguesía suele conspirar en sus domicilios para intervenir con el pescado vendido y colgarse la medalla definitiva. En esos bastidores Talleyrand recuperó bríos y con otros hombres, entre ellos Thiers, dio pie a la continuidad monárquica mediante la figura del Duque de Orleans, Luis Felipe. Su abrazo en el Hotel de Ville parisino con Lafayette, héroe de la independencia americana y actor de relieve en la Revolución, selló el cambio de régimen desde la defensa de la Carta y un difuso, aún a remodelar, constitucionalismo. Carlos X renunció a prolongar su agonía en provincias y la tricolor fue el consuelo para los desheredados de la tierra. Zweig quiso cerrar con un magnífico broche su biografía de Fouché anticipándose al futuro en tres lustros.

París volvió a rebelarse en 1848 hasta refundarse durante el segundo Imperio para, en vano, favorecer una represión inmediata. En 1830 el Duque de Orleans inauguró su propia dinastía y dio rienda suelta a la modernidad burguesa. Su primer ministro Guizot, otro artífice del derrumbe borbónico, prosperó en los libros gracias a su proverbial "Enrichissez-vous", pero ese elogio del bienestar material no era para todos y el siglo intuía un fantasma entre hollín y chimeneas. 1830 fue una revolución incompleta por menoscabar a su auténtica impulsora.

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Re:CURIOSIDADES
« Respuesta #887 en: 27 de Julio de 2020, 06:43:53 am »

Por qué las espartanas se disfrazaban de hombre en su 'noche de bodas': el secreto de la erección

Esparta era, en el fondo, un régimen matriarcal sustentado por mujeres fuertes y libres. Aquí algunos de los secretos de su cultura.
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Esparta fue conocida, sobre todo, por su poderío militar: su ejército fue una de las más fundamentales fuerzas militares en la historia de la Antigua Grecia. Constituía el pilar principal del Estado: la principal obligación de los ciudadanos era convertirse en buenos guerreros, y la de las ciudadanas, parir hijos vigorosos, rudos y fuertes. Era un pueblo disciplinado, a veces, peor: cruel en sus técnicas de entrenamiento, severo hasta el extremo. Ganar o morir.

Aunque todo esto pueda sonar muy testosterónico, Esparta era, en el fondo, un régimen matriarcal. Cierto es que las mujeres estaban oficialmente excluidas de la vida militar y política, pero cuando los varones se entregaban a la guerra -que era a muy a menudo-, ellas eran las encargadas de gestionar y dirigir las propiedades. Ellas tenían el dinero y, por tanto, el poder: de hecho, en el periodo helenístico, algunos de los espartanos más ecos eran mujeres. Vestían como querían, frescas, libres, alegres, con trajes cómodos y diminutos que les permitían moverse a su gusto.

Había actividades que no se consideraban propias de una “mujer libre” en Esparta: como coser. Ellas estaban centradas en la gobernanza, la agricultura, la logística. Se aceptaba que las mujeres pudieran tener sexo esporádico, pero el triunfo social acababa en matrimonio.

Cuentan cosas muy curiosas, como que en la noche de bodas, las mujeres tenían que disfrazarse de hombre para que su marido se tranquilizase y pudiese tener una erección, dado que no estaban acostumbrados a recibir la “mirada femenina” y eso podía atormentarles y estropear el primer coito. También se celebraba un “rapto” de la novia, a fin de espantar el mal de ojo, y se les cortaba el cabello a las chicas como símbolo de que empezaban una nueva vida.
Mujeres libres

Las espartanas hacían gala de hábitos que las atenienses consideraban impúdicos, como enseñar las piernas al caminar -vestían un pealo arcaico sin coser por los costados-; o hacían ejercicios gimnásticos desnudas o semidesnudas sin que eso las abochornase. La fortaleza era lo que más se valoraba en Esparta. Y la superación de uno mismo. Daba igual que viniese de un hombre o de una mujer: de ahí que las competiciones deportivas fuesen mixtas. Ningún espartano se avergonzó jamás de ser derrotado por una mujer.

Una espartana nunca dejaba que su hijo volviese a casa habiendo perdido el honor en la batalla. Les entregaban el escudo a los críos y les decían “o con él, o sobre él”. Y ojo al dato: las mujeres estaban autorizadas para ser adúlteras, ya una vez casadas, pero sólo en el caso de que el hombre que las cortejase fuese más alto y fuerte que su anterior marido. Si así era, no habría reproche jurídico ni social, porque la prioridad era siempre seguir procreando con lo mejor de la especie y garantizar futuros guerreros invencibles.

Las mujeres se casaban más tarde y afortunadamente más maduras que sus contemporáneas: a los 18 años, y, por cierto, con hombres de su misma edad. No existía en Esparta esa jerarquía perversa y patriarcal de casar a las crías con señores para saciar sus más bajos instintos y procurar una fertilidad más “fresca”.

En Esparta se honraba a las mujeres que habían muerto durante el parto con el mismo ahínco que a los guerreros que habían caído en la batalla. Ah, y por cierto: si un hombre se quedaba “solterón” o no había tenido hijos podía pedir ayudar a la “mujer del vecino”, con la única condición de que ella hubiese tenido antes hijos férreos y fuertes.

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Re:CURIOSIDADES
« Respuesta #888 en: 27 de Julio de 2020, 06:53:44 am »
Estos espartanos..tanto follarse entre ellos y al final resulta que quien lleva los pantalones es la mujer que tiene que vestirse de hombre para que al "hombre" se le levante.

 ;risr;