Cuando el poli encontró al nazi
David Torres
En España da la impresión de que algunos policías se han infiltrado tanto entre las hordas de ultraderecha que ya no hay manera de distinguirlos
19/07/25 |
Ha sido extraño comprobar la asimetría de la actuación policial durante la huelga del metal en Cádiz y durante los graves disturbios callejeros de Torre Pacheco. Mientras en Cádiz veíamos únicamente lanzamientos de botes de humo y contundentes cargas de antidisturbios, en Torre Pacheco asistíamos, además de las cargas y los botes, a una confraternización, un cariño y una desidia que hacía pensar si algunos de los uniformados estaban intentando controlar un pequeño desmadre infantil en vez de una cacería racista protagonizada por energúmenos armados con palos y machetes. Por ejemplo, el acoso contra Esther Yáñez, reportera del programa Malas lenguas de TVE, se prolongó durante varios angustiosos minutos hasta que la policía decidió por fin intervenir.
Más extraños todavía fueron los procedimientos de ciertos elementos de las fuerzas del orden intentando calmar los ánimos y repartiendo abrazos a los agresores neonazis. Imagino que estas tácticas poliamorosas deben desconcertar a los antidisturbios de toda la vida, acostumbrados a técnicas de disuasión más espontáneas. En un video podía contemplarse a un corpulento policía local aleccionando a una turba enfurecida: “Ya me conocéis. Sabéis cómo yo trabajo. No paso ninguna… a ellos. Pero dejadme hacer el trabajo. El lunes detuve a uno, lo detuve yo, y el miércoles me llevé a otros dos”. Con lo de “ellos” estaba muy claro a quiénes se estaba refiriendo: a los inmigrantes que estaban siendo linchados.
Por lo visto, se trata del mismo policía al que hemos visto abrazando a Bertrand Ndongo, el tío Tom de Vox, y explicando sus peculiares métodos a Vito Quiles, el agitador con micrófono de la ultraderecha: “Aguantamos y luego, ¿vale? Aguantad un poco, hazme caso”. El colmo de la complicidad entre los hooligans de la ultraderecha y el policía amistoso llegó con una foto en la que se ve al mismo agente dando la mano a un barbudo musculoso como si se estuviera saludando a sí mismo en un espejo. Las barbas, los antebrazos tatuados, el cálido apretón de manos: por un momento parecía que estuvieran en el bar de First Dates y que Carlos Sobera acabara de presentarlos.
El fornido policía de Torre Pacheco, una de dos, o ya estaba metido de lleno en la movida racista o pretendía forjar nuevas amistades
Una de las misiones más arriesgadas del trabajo policial consiste en infiltrarse en una banda de delincuentes -narcotraficantes, pandilleros, mafiosos- con el fin de desarticularla desde dentro. Sin embargo, en España da la impresión de que algunos policías se han infiltrado tanto entre las hordas de ultraderecha que ya no hay manera de distinguirlos: una especie de síndrome de Estocolmo cuyos síntomas se revelan a través de banderitas españolas con o sin pollo, proclamas neonazis, loas franquistas y una irrefrenable tendencia a parar taxis cuando no hay ningún taxi a la vista. El comunicado, fechado un año atrás, en el que el Sindicato Unificado de Policía anunció que los matones de Desokupa iban a impartir cursos de formación en materia de seguridad y defensa personal resulta bastante elocuente al respecto.
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Mi experiencia en operaciones secretas se reduce a aquella vez que intenté desarticular un grupo de oración de la parroquia mediante la estrategia de sembrar el ateísmo proponiendo lecturas filosóficas. La verdad es que mi intención original no tenía nada que ver con la religión ni con la filosofía, sino con la tentativa de ligarme a una jovencita rubia que acudía a las reuniones parroquiales todos los viernes por la tarde. La cosa sucedió más o menos así: tendría yo quince años cuando, a la salida del instituto, me asaltaron dos catecúmenos más o menos de mi edad que me invitaron a acompañarlos. Iba a decir que no, gracias, cuando detrás, parapetada tras una carpeta verde y una Biblia, apareció una beldad de pelo largo, labios angelicales y ojos lánguidos, y de repente pensé que podía ser muy buena idea irme con ellos a repasar los Evangelios.
Como es lógico, la chica no me hizo ni puto caso, así que tras tres o cuatro tardes de preguntas, comentarios y lecturas evangélicas, empecé a citar a Nietzsche, del que había leído un par de libros, y a Schopenhauer, del que no había leído nada, pero del que me sonaban unas cuantas frases lo bastante inquietantes como para tambalear una robusta fe católica. Después de eso, me invitaron amablemente a no volver por allí. La historia viene a cuento porque me da en la nariz que el fornido policía de Torre Pacheco, una de dos, o ya estaba metido de lleno en la movida racista o pretendía forjar nuevas amistades. Un club de lectura sobre Nietzsche, por ejemplo. Claro que a lo mejor estoy juzgando a la ligera y lo que en realidad estaba haciendo era desarticular la horda a besos.