La unidad de 'ciberpolicías' que caza a los agresores sexuales en Internet: "Donde hay un menor, siempre habrá un depredador"
El Grupo de Protección al Menor de la Unidad Central de Ciberdelincuencia, que lleva décadas poniendo rostro a este tipo de delitos, advierte de que el verano es la estación más peligrosa
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El subinspector Eduardo Casas, en la sede del grupo.
El subinspector Eduardo Casas, en la sede del grupo.J. B. C
Luis F. Durán
Juan B. Cañellas
Luis F. DuránMadrid
Madrid
Actualizado Domingo, 13 julio 2025 - 00:01
Hace años que se habla de los riesgos de internet. De los peligros que se esconden detrás de una pantalla, de la facilidad con la que se puede acceder -y caer- en lo que no se ve venir. En la calle, el peligro tiene un cuerpo, una forma reconocible. En la red, es sombra y silencio, algo que puede deslizarse sin dejar señales. Esa invisibilidad genera confianza y despreocupación. «La mayoría piensa que nunca les va a pasar a ellos. Pero puede destrozarte la vida», advierte Eduardo Casas, subinspector del Grupo de Protección al Menor de la Unidad Central de Ciberdelincuencia de la Policía Nacional en Madrid, que lleva dos décadas poniendo rostro a esos delitos crecientes.
Desde ese equipo especializado, persiguen a diario a los depredadores sexuales que actúan en un espacio donde no hay mapas ni horarios, solo conexiones permanentes. En lo que va de año, ya han detenido a 117 personas por abusos a menores cometidos en ese territorio digital.
Basta con oírle hablar de su experiencia para entender el compromiso que hay tras cada investigación. Recuerda cómo se estrenó en el cuerpo poniendo entre rejas a NanySex, uno de los primeros casos que marcaron un antes y un después en España, o intervenciones más recientes como la del Monstruo de Lucero, acusado de violar a su bebé y condenado a cinco años de cárcel por distribuir vídeos de menores.
En su trabajo, los detalles más pequeños pueden ser la clave para frenar a un agresor. «Llegamos a identificar domicilios guiándonos únicamente por una cortina a través de la ventana o por los patrones de un edredón en una imagen», explica mientras desliza el ratón alrededor de una pantalla llena de datos. En ese monitor señala una aplicación que funciona como un foro internacional entre distintos cuerpos policiales y que, gracias a esa colaboración, lanza alertas ante indicios de nuevos casos en diversas partes del país. «Cada alerta es un punto de partida para evitar que el daño llegue a consumarse», añade el agente.
El verano es una estación especialmente peligrosa. Los menores pasan más tiempo conectados, los padres bajan la guardia y los depredadores intensifican su caza. Con la serenidad de quien ha visto demasiado, Casas insiste en una regla sencilla: «El menor debe ganarse sus espacios», mostrando confianza y manteniendo la calma con sus padres. Pero también advierte sobre la vigilancia constante, ya que «donde haya un niño o un adolescente, habrá depredadores sexuales».
En su despacho, un calendario plagado de colores, turnos, avisos y detenciones recuerda que sólo el año pasado se registraron cerca de 500 arrestos. Gracias a herramientas cada vez más avanzadas, la unidad logra intervenir y cerrar casi todos los casos conocidos. «No hay ningún caso del que tengamos constancia en el que no hayamos intervenido o terminado con una detención», asegura. Pero el verdadero problema no está en los sucesos que se cuentan, sino en los que permanecen ocultos. Aquellos que nunca llegan a denunciarse, que no activan ninguna alarma, y que se reproducen en la oscuridad silenciosa de la impunidad.
Trazar un perfil exacto de víctima es casi imposible. Cualquiera, en cualquier entorno, puede ser vulnerable. No hay un molde fijo ni un patrón claro que delimite quién está más expuesto al riesgo. Sin embargo, hay circunstancias que amplifican ese peligro: el aislamiento, la falta de supervisión, la necesidad de reconocimiento o afecto. Son esas grietas invisibles por donde se cuelan los depredadores.
Pero hay otra realidad, aún más inquietante. «Entre las listas de detenidos, cada vez aparecen más menores», cuenta Casas. Jóvenes que no sólo han sufrido abusos, sino que han cruzado esa línea y se han convertido ellos mismos en agresores. Porque la amenaza no se limita a ser víctima: también está el peligro oscuro y silencioso de que un joven perdido en la red termine atrapado en el lado opuesto. Y ahí surge la tarea más difícil de la unidad.
«Es duro tener que pedir a los padres que reconozcan a sus propios hijos en las imágenes. Muchas veces el golpe es tan fuerte que se niegan a aceptarlo. Pero también pesa tener que sentarse frente a una madre o un padre para explicarles que ese hijo, esa persona a la que aman, se ha convertido en un depredador. No hay palabras fáciles para eso.»
La inteligencia artificial ha abierto una nueva rendija en el muro de la protección. Los agresores ya no sólo buscan víctimas reales; ahora pueden crear imágenes falsas, desnudar digitalmente a menores o fabricar vídeos que parecen auténticos, aunque no lo sean. «Aunque la imagen no sea real, el daño a la víctima es idéntico. Pueden destrozar la reputación de alguien, vulnerar su intimidad y convertirla en el blanco de personas malintencionadas», explica el subinspector de la Policía.
Localizar a delincuentes que operan en la red oscura -ese refugio diseñado para el anonimato y la impunidad- junto al auge de nuevas formas de abuso digital, sigue siendo un desafío mayúsculo. Los vertiginosos avances tecnológicos obligan a la unidad a reinventar sus métodos de manera constante. Pasan de analizar patrones en imágenes pixeladas a tejer colaboraciones internacionales, y ahora incluso estudian cómo se escriben los mensajes, casi como si realizaran un análisis caligráfico digital. Mayúsculas, minúsculas, puntos, errores, costumbres y emoticonos se convierten en huellas únicas, pautas personales que permiten identificar y atrapar a los agresores.
La unidad especializada en protección al menor funciona como un único cuerpo dividido en tres grupos que actúan de manera coordinada para cubrir todas las aristas de la investigación y la prevención. Estar expuesto a este tipo de imágenes y casos desde primera hora tiene un coste muy alto para los propios agentes. Mientras otros arrancan su jornada con normalidad, ellos ya están revisando alertas que, en muchas ocasiones, incluyen imágenes que dejan cicatrices invisibles. Pero el desgaste no se apaga al salir del trabajo. «Cuando estás en medio de una búsqueda, siguiendo pistas, y no consigues desconectar, le das vueltas a dónde puede estar, qué más podemos rebuscar para atraparlo... es un peso que se lleva a casa», confiesa.
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Pero Casas encuentra refugio en sus hobbies, un respiro necesario aunque breve, porque al otro lado siempre hay una pantalla encendida, un mensaje pendiente que no espera. Ése es un terreno gris donde se cruzan la tecnología y la crueldad humana. La batalla que libran no es sólo contra criminales, sino contra el desgaste silencioso que ese combate deja en quienes lo enfrentan. Porque proteger a los más vulnerables no es únicamente cuestión de leyes, sino de aguantar, día tras día, el peso de lo que muchas veces no se ve, o simplemente nadie quiere ver.