El "mayor infiltrado" de la Guardia Civil en ETA de la Historia pide al Gobierno respeto, seguridad y Justicia
Historia de Ángeles Escrivá • 6 h •
Estuvo 16 años dentro de ETA. Ha escrito a todas las instituciones porque quiere respeto y justicia. Quiere que se le reconozca lo que hizo, se le dé seguridad y se le cuente como cotizado por ese trabajo. Le ha escrito al propio Pedro Sánchez cuyo equipo solo le ha respondido cuando le ha mandado una carta para felicitarle... Sus padres murieron sin saber que no era etarra.
«Me dirijo a usted, S. M. D. Felipe VI, para saludarle y para pedirle que, por favor, me ayude». Quien escribe estas líneas es un héroe de los que hay muy pocos o ninguno. Un ciudadano sin más, un civil, que con 20 años se hizo pasar por otra persona y empezó a vivir una vida distinta a la que parecía esperarle poniéndose en peligro de manera permanente y de forma prolongada para salvar vidas. En palabras de un altísimo mando de la Guardia Civil: «Es el mayor y mejor infiltrado que el Cuerpo ha tenido en ETA y lo hizo por patriotismo».
Durante 16 años estuvo militando en la organización terrorista y en su entorno sin que le detectaran. Para dar verosimilitud a su papel, fue detenido y pasó una larga temporada en prisión. Sus padres y su abuela vivieron y murieron sumidos en la tristeza y en la vergüenza, sin haberle vuelto a ver y sin saber que no era terrorista. Pero, cuando acabó, el número 1 de la organización, Mikel Garikoitz Txeroki, había sido detenido gracias a la información que él proporcionó, lo sería también su sustituto, así como los miembros de varios comandos operativos de los pocos de los que ETA disponía en su etapa final, incluidos los que custodiaban y repartían los explosivos; y los aparatos logístico y militar habían quedado fuertemente comprometidos.
La organización terrorista estaba tan infiltrada que eran guardias civiles, los compañeros de El Infiltrado, quienes conducían, trasladaban y saboteaban los coches bomba que la dirección entregaba para atentar. A veces, para abandonarlos, los agentes se hacían pasar por terroristas que escapaban.
Sin embargo, nada tiene que ver este hombre con los recauchutados y fríos protagonistas de las películas. Este héroe reconoce a Crónica que ha pasado tanto miedo que le sangraban las encías y se le caía el pelo, que ha llorado de impotencia, que pidió mil veces salir de aquella situación que en muchas ocasiones le pareció insoportable, que siempre le convencieron para quedarse por sentido del deber, y que ha necesitado de tratamiento psicológico porque, una vez fuera de prisión, se sintió abandonado, humillado, en cierto modo engañado o utilizado, y sin que nadie le ofreciese la posibilidad de recuperar su vida.
Quizás se parezca lejanamente a Alatriste, no porque acabara siendo un soldado de fortuna, al contrario, sino porque, como él, ha acabado siendo cruelmente menospreciado por el Estado en el que confió.
El Infiltrado ha escrito decenas de cartas solicitando reconocimiento, seguridad y justicia. Un par a la Casa Real que fueron derivadas al Ministerio del Interior, que no ha hecho caso ni a esas misivas ni a las varias que el protagonista ha registrado en Castellana 5 a nombre del titular Fernando Grande Marlaska, a quien el protagonista tenía en gran consideración cuando era juez, por su trabajo contra ETA. En los documentos de registro del ministerio, en el casillero en el que se pregunta cuál es la queja, El Infiltrado puso: «No ser tratado con dignidad y educación... después de haber dado tanto y haber sacrificado mi vida».
EL CUMPLEAÑOS DE SÁNCHEZ: "ES UN BONITO DETALLE"
Envió numerosas misivas a Pedro Sánchez, a quien también remitió un resumen de sus servicios, de una extensión de unos 20 folios, exhaustivamente detallado. El gabinete del presidente sólo respondió a una sola de ellas, aquella en la que El Infiltrado le felicitó por su cumpleaños en un ardid para llamar su atención. Antes le había escrito: «A los representantes de los terroristas les reciben con los brazos abiertos y a quien ha hecho que esos asesinos acaben entre rejas, evitando mucho dolor y sufrimiento, a ese ciudadano, nada de nada y que siga sufriendo».
La respuesta a la felicitación de cumpleaños, después de múltiples silencios, fue digna de ser enmarcada por superficial y, por lo tanto, ofensiva. «Estimado Ángel. Gracias por escribir de nuevo al presidente del Gobierno y acordarse de felicitarle por su cumpleaños. Es un bonito detalle. Puede estar seguro de que desde el Gobierno vamos a seguir cuidando de las personas y trabajando por el bien común. Un Saludo. Firmado: Unidad de Comunicación con la Ciudadanía», respondieron desde el Palacio de la Moncloa.
También ha remitido varias cartas a la ministra de Defensa, Margarita Robles, que no se ha dado por enterada. «Vivo con miedo y en una mentira que no acaba nunca», le contó él para llamar su atención. Tampoco el ministro de Justicia, Félix Bolaños, a quien él considera la persona capacitada para dar orden de que se borren sus antecedentes fake, dio señales de vida. Mandó varias a los distintos dirigentes del partido socialista, que han tenido tiempo para reunirse en su sede con personajes como Leyre Díez, pero ni un minuto para abrirle la puerta.
Algunas a Zapatero, a quien ha explicado que no entendía los homenajes que hace en sus entrevistas a los mediadores internacionales que intervinieron en el fin de ETA (a petición de la banda y cobrando), cuando ETA ya estaba acabada y cuando su contribución, entre muchas, había sido crucial para ello. Zapatero, que pudo darle la puntilla a ETA gracias a personas como él, tampoco ha tenido tiempo para dedicarle un segundo.
«Escuchar al señor Zapatero decir que le encantaría homenajear y que la sociedad española conozca y valore el trabajo de los negociadores internacionales en el final de la banda terrorista, me desgarra el alma porque yo he intentado en varias ocasiones que me reciba y que conozca la verdad y ni siquiera ha tenido la educación de que su secretaria Gertrudis me conteste. ¿Desconoce la verdad? ¿Sabe que los terroristas se rindieron porque eran cazados sin poder atentar y sin hacer todo el daño que buscaban para estar fuertes en las negociaciones, porque había un ciudadano que se estaba jugando la vida para evitar que las acciones terroristas tuvieran éxito? No lo sé, pero es muy injusta la indiferencia con la que me tratan en el PSOE», ha escrito al actual presidente.
Defensores del Pueblo, jueces (ha llegado a pedir disculpas a los magistrados que le juzgaron y condenaron sin saber que no era etarra), miembros de la oposición... Todos ellos han recibido su llamada de atención. En una de las cartas se duele: «Ni siquiera aquellos políticos a quienes salvé la vida, han querido hablar conmigo».
SIN CONDECORACIÓN
El Infiltrado no ha sido condecorado, según sostiene, no se le proporcionó un trabajo digno, no ha podido cotizar, no está en la Seguridad Social, todavía cobra en negro, tiene miedo a relacionarse porque no quiere mentir sobre su identidad a sus amigos o a su eventual pareja y teme, todavía, que los etarras se venguen de él y le peguen un mal navajazo o un tiro en la nuca, o lo hagan desaparecer, porque nadie ha considerado pertinente ponerle protección. De hecho, describe a Crónica el encontronazo con dos hombres a los que tuvo que quitarse de encima de un empujón. «Tienes motivos más que suficientes para estar preocupado», le admitieron algunos agentes.
Ha ido viendo salir a casi todos los terroristas de prisión, también a aquellos con quienes compartió clandestinidad. «Mi pasado me perseguirá siempre», sentencia con fatalismo objetivo. Lo cierto es que, todavía hoy, si se buscan sus antecedentes, junto a su nombre consta la palabra «terrorista».
Fue El Infiltrado quien tomó la iniciativa y se puso en contacto con la Guardia Civil en el País Vasco a principios de los noventa. «Veía cómo mataban a las personas, cómo las familias quedaban destrozadas, cómo asesinaban y extorsionaban y me sentí en la obligación de hacer algo, de pasar información, quería ayudar», relata a Crónica.
Para escándalo de sus padres, había tenido contacto activo con miembros de la izquierda abertzale, pero fue esa circunstancia la que le permitió acceder a datos relevantes que fue proporcionando. Según explica, sus primeros encuentros con la Guardia Civil estuvieron carentes de la profesionalidad que él esperaba. «Se reunían conmigo en lugares en los que podían ser identificados como agentes y me vi en peligro. Pasé tanto miedo por mí, por mi novia, por mi trabajo, que los dejé a los pocos meses».
No transcurrió mucho tiempo antes de que le pidieran desde los Servicios de Información de Madrid, que volviera a intentarlo. «Tienes amigos en las Gestoras o en HB y empiezas a ir con ellos. Pegas carteles, vas a manifestaciones. Estás ahí sin hacerte notar demasiado porque la idea era que ETA me tocase. Te dejas ver, das a entender con tus comentarios que estás dispuesto a coger las armas, pero no demuestras tener muchas ganas; y no vas a cruzar un autobús o a quemar un coche o un banco con la kale borroka porque entonces ya estás quemado por la Policía. Hasta que después de unos años, es posible que pasasen 10 ó 12, cuando estaba sentado en un banco, una persona me comunicó que la organización quería hablar conmigo. "Vengo en nombre de ETA", dijo y me preguntó si vivía solo, si tenía piso, novia, coche o trabajo. Tomó nota para pasarlo a Francia y acordamos una contraseña».
El Infiltrado quedó a la espera hasta que, en plena calle, alguien le espetó la contraseña y él tuvo tiempo de avisar a sus «compañeros». El Infiltrado siempre se refiere a los guardias civiles que estaban en contacto con él como «compañeros». A algunos acabó considerándolos, además, amigos. Eran su único asidero con la realidad. Si le hubiese pasado cualquier cosa. Sólo ellos sabían quién era verdaderamente.
«Estaba eufórico y al mismo tiempo tenía miedo porque no eres experto en esas cosas ni sabes lo que va a pasar», dice. La dirección de ETA le asignó a un terrorista destacado que pasó meses en su casa preparando atentados contra políticos y guardias civiles. «Establecimos unas normas de seguridad para que los vecinos no supieran que estaba. Yo sólo le conocía por el apodo que me dio. Estaba pegado a la radio porque, para los etarras, los informativos eran la Biblia, eran su modo de saber si alguien de los suyos había caído y tenían que salir corriendo. Le pedí que me avisara el día anterior si iba a salir el siguiente para hacer algo peligroso. A él le decía que era por si tenía que escapar a consecuencia de sus acciones, pero el objetivo era avisar a mis compañeros para que pudieran seguirle. Cuando el etarra traía información remitida por el aparato militar, el equipo entraba y la veía toda. Se fotografiaba todo y se dejaba tal cual hasta el milímetro para que él no pudiera sospechar. Cuando se supo que iba a atentar, el equipo le detuvo y yo pasé a estar en busca y captura. Escuché mi nombre por la radio».
EL VÉRTIGO
El Infiltrado cuenta el vértigo que experimentó. «Dejé mi coche, tiré el teléfono y me puse a llorar porque me di cuenta de que no había marcha atrás y de que nadie lo sabía, ni jueces, ni políticos, ni mi familia... y me escondí unos días con los compañeros en un chalé alquilado en Madrid. Ahí no estuve solo porque no podía arriesgarme a que me detuvieran. Me despidieron celebrándolo con una barbacoa. "Hasta ahora has jugado en primera división, ahora vas a la Champions", me dijeron y, cada vez que me resistía, sabían convencerme». El Infiltrado cumplió con los protocolos etarras y llamó a un miembro de la izquierda abertzale que pudiera darle cobertura. La consiguió, pero asegura que estaba tan paralizado por el miedo cuando fue al encuentro del colaborador, que los agentes tuvieron que empujarle físicamente para que saliera del coche.
Unos doce meses estuvo en una habitación, esperando que la dirección de ETA le llamara. Su anfitrión ocultó en los calzoncillos la nota en la que hacía análisis de la caída del etarra que había estado en su casa y la llevó a Francia. «Él hacía las compras. Yo no podía salir. Después de tanto tiempo, estaba hasta los cojones de mí, de tenerme en casa y de estar en peligro. Y yo no hacía más que darle vueltas a la situación en la que había puesto a mi familia. A mis padres les registraron la casa. No quiero ni imaginar lo que pudieron pensar sobre mí. Ahora, en el cielo, ya saben la verdad y estoy seguro de que me perdonarán. También me preocupaba que los etarras supiesen quién era. Podían sospechar de mí y responder a mi solicitud de entrada: "Entrégate" o sospechar de mí y pegarme un tiro. A eso le daba vueltas en aquella habitación».
«Contactaba con mis compañeros con un teléfono que había llevado desmontado. Me deshice de él cuando ETA dio la orden de que pasase al otro lado. Esa última noche, me reuní con ellos y comí jamón del bueno y langostinos». Al día siguiente estaba en un pueblo del sur de Francia, solo, subido a un coche con dos desconocidos que le dieron la instrucción de no mirar a los lados para que no reconociera el paisaje y no pudiera delatarlos en caso de detención, y que le tuvieron dos días dando vueltas por el bosque hasta recalar en un claro.
«Durante todo ese tiempo yo estaba convencido de que me iban a matar, pero sólo querían asegurarse de que no teníamos a la Policía detrás», dice. «Me fui a la aventura. Porque yo no contaba con ninguna preparación. Ni psicológica ni de cuáles eran las pautas que tenía que seguir en estos casos», reprocha.
En el nuevo piso, había unas ocho personas. Se distinguían con el mote que se ponían, nunca por los nombres. No hablaban de cosas personales. Administraba los gastos el jefe, sólo salía él. Nadie podía tirar la bomba del inodoro si él no estaba y a veces tenían que emplear bolas de cal para disolver los excrementos. Se tenían que duchar con rapidez y a días alternos, para que pareciese que sólo estaba duchándose una persona. Estaban obsesionados con el consumo de agua y de luz, de modo que las restringían. Aprendieron francés e informática, y el PGP, el sistema de encriptado de ETA para ocultar datos en los ordenadores.
Se enseñaban unos a otros o venía un experto a enseñarles. Se veían obligados a comer cocido para ahorrar y, a veces, los jefes eran tan tacaños que un pimiento para el sofrito duraba varios días. Guardaban una disciplina militar. Hacían barridos para detectar micrófonos o marcadores técnicos tanto en las casas en las que se quedaban como en los vehículos con los que se desplazaban. A veces desmontaban todo, desde las mochilas hasta los bajos del vehículo. Entrenaban sin hacer ruido en el pasillo y en ocasiones se veían obligados a marcharse, en plena paranoia, porque pensaban que el piso empezaba a ser rondado por la Policía.
Recibían clases de tiro por la noche en el bosque y clases de electricidad que incluían el montaje de bombas direccionales. Se les proporcionaba documentación falsa. La suya era la de un agente. Cuando se relajaron las normas, y tuvo oportunidad, ya en París, llamó a sus compañeros a un número que había retenido de memoria para facilitarles todas las direcciones guardadas en su mente.
Todo esto ocurría en los años en los que el Gobierno negociaba con ETA la tregua para el fin de ETA o durante el tiempo en el que el Gobierno negociaba con los etarras y ambas partes aseguraban que la tregua estaba vigente. El Infiltrado, ya en el aparato militar, fue testigo de las celebraciones que los etarras hicieron por el éxito del robo de las 350 pistolas en Bouvert y escuchó la orden de Txeroki de matar en cuanto se les diera la señal, meses antes del atentado contra la T-4 en el que fueron asesinadas dos personas. Él supuso que ese atentado era la señal.
MINIMIZANDO
Horas antes, el presidente Zapatero, que negociaba una «paz sin vencedores ni vencidos», aseguraba que, en un año, las cosas estarían mucho mejor. Este periódico explicaba entonces que los informes de la Guardia Civil al Gobierno sostenían que la banda se estaba rearmando para seguir matando, pero Interior prefería minimizarlos.
El Infiltrado encabezó un comando, eligió víctimas de forma ficticia cuando estalló la T-4, entre ellas, un militar, y recogió explosivos para atentar. Pero, a esas alturas, acabaron siendo guardias civiles quienes los trasladaban a su destino final e impedían la operatividad de los vehículos y de los explosivos. Él les avisaba de cuándo y dónde se iba a hacer la entrega, recogía los explosivos, les daba el coche con el material dentro y los agentes lo acompañaban.
El Infiltrado fue detenido e ingresó en prisión. La noche anterior a su arresto, comentó los detalles de lo que iba a ocurrir con sus compañeros en una cena improvisada. Al final, estuvo en la cárcel más tiempo del pactado. Según fuentes policiales consultadas por Crónica, fue así porque los jueces no se prestaban a reducir su condena a pesar de que se les explicó su condición. Las mismas fuentes reconocen que la falta de una Ley de protección de testigos les impidió normalizar su estatus y resolver su situación. Pero él cree que bastaría con la voluntad política de hacerlo. En aquellos momentos, esa voluntad fue nula. Sus responsables en la Guardia Civil pidieron al Gobierno de turno que se le diera un trabajo en una empresa pública y recibieron una estruendosa negativa, a diferencia de otros. Al salir, ya estaban los populares en el poder y sólo le atendió el secretario de Estado de Interior, el inefable, Francisco Martínez, que años después acabaría en prisión. Le atendió displicente durante dos minutos y le dejó en manos de un coronel de confianza... que también había sido de la confianzadel Gobierno de Zapatero.
TODO EN NEGRO
«Primero me dijeron que tenían experiencia y que lo iban a arreglar. Tuve que pedir yo que me pagasen al abogado que elegí al margen de los ofrecidos por ETA para salir de prisión. Pasados los años me dijeron que me iban a dar 350.000 euros para que me pudiera comprar un piso (lo hicieron) y que me iban a dar 6.000 euros al mes durante 7 años y un trabajo de 1.000 euros al mes, que ya me valía para vivir. Me llamaron para algunas entrevistas laborales, pero fue un paripé. El banco me ha llamado la atención porque no puedo hacer ingresos de más de 1.000 euros, y el médico me ha afeado porque no estoy en la Seguridad Social. Puedo haber cobrado 800.000 euros que no puedo justificar. En negro. Pero yo esto nunca lo hice por dinero».
«Necesito seguridad permanente, quiero vivir en Madrid, y tener un trabajo digno y que se consideren cotizados los años que estuve de infiltrado y en la cárcel, que se me condecore de forma privada y que se limpie mi nombre. Que se haga Justicia. Yo podía haber rehecho mi vida al salir de prisión, pero me aseguraron que lo tenían todo previsto. Y eso no fue así. Me he quedado sin vida y el Estado no me puede abandonar», dice.
El héroe pide tener una vida. Hay cosas que no se pueden borrar y cosas que no se pueden arreglar. Pero otras sí. Estamos a tiempo.