El gesto viral que destapó al maltratador en serie de Tetuán: «Me va a matar, me va a matar»
Una pareja de policías que acudían de paisano a su comisaría se percataron de que una mujer doblaba el dedo pulgar derecho sobre la palma de la mano extendida y luego la cerraba, un grito mudo de auxilio lanzado en la pandemia
Aitor Santos Moya
08/03/2026 Actualizado a las 07:10h.
Es lunes, 19 de enero, y el reloj marca las 9.15 de la noche, una hora en la que la ciudad comienza poco a poco a recogerse. Una pareja está sentada en un banco de la plaza de la Remonta (en el distrito de Tetuán), cuando dos miradas femeninas se cruzan: una de ellas acaba de hacer un gesto que llama la atención de quien será a la postre su ángel de la guarda. Se trata del 'signal for help' (señal para pedir ayuda), tres palabras, viralizadas en el fragor de la pandemia, para que las víctimas de violencia machista den la voz de alerta sin llamar la atención de sus maltratadores. Un grito mudo que no caerá esta vez en saco roto.
La pareja en cuestión permanece en el banco sin que nada haga presagiar el yugo al que ella, colombiana de 40 años, está siendo sometida. «Me da igual que salgas corriendo, porque soy capaz de matarte delante de la Policía», le suelta por lo bajo él, español de 33 y con múltiples antecedentes por malos tratos a distintas compañeras sentimentales. La situación es desesperada y cualquier movimiento en falso puede desatar la ira de su agresor.
Sin posibilidad de escapar, la afectada observa a dos personas, un hombre y una mujer que caminan juntos, y recurre a lo único que puede hacer: doblar el dedo pulgar derecho sobre la palma de la mano extendida para acto seguido cerrarla. Un gesto que no pasa desapercibido a ojos de ella, quien rápidamente se lo comunica a su par. Los destinatarios del encriptado mensaje resultan ser policías nacionales a punto de incorporarse al turno en la comisaría de Tetuán. Vestidos de calle, su jornada acaba de empezar.
«Hola, ¿qué tal?», preguntan los agentes, nada más acercarse al banco y mostrar su identificación. Para separarla de él, lo primero que hace la mujer policía es decirle a la víctima que la acompañe a comisaría a mirar unas cosas, mientras su compañero varón se queda con el sospechoso, a la espera de que se acerque un segundo indicativo. El corto trayecto ya sirve para entender la magnitud del trance: «Me va a matar, me va a matar», es lo único que acierta a decir la mujer, sin dejar en ningún momento de temblar y llorar.
En paralelo, su novio trata de rebajar la realidad. «Mi pareja es extranjera y lo único que le pasa es que está triste porque tiene a sus hijos en Colombia», sostiene, aparentemente tranquilo. Sus interlocutores no tardan en dudar de su relato y le piden también que se desplace a comisaría. Está rodeado, pero no detenido, por lo que este individuo, nacido en las Islas Canarias, coge la bolsa de deporte que lleva y comienza a andar junto a ellos, sin imaginar ninguno de los agentes lo que al llegar a la puerta está a punto de ocurrir.
La señal, en tres pasos
«Si ves este gesto, ¿sabes lo que significa? Se trata de la señal de socorro con la mano que se utiliza en todo el mundo como una herramienta silenciosa para pedir ayuda en situaciones de violencia contra la mujer», recalca una portavoz de la Policía Nacional, en un vídeo difundido el pasado verano a través de las redes sociales del Cuerpo. La agente realiza el movimiento y pide a los espectadores que lo memoricen. «Consiste en mostrar la palma de la mano, doblar el dedo pulgar y el resto de los dedos sobre este, simulando una especie de puño», expone, antes de lanzar un último mensaje a los dos tipos de destinatarios posibles. «Si eres víctima y te encuentras en una situación de peligro, utilízalo. Y si lo ves y la situación te resulta sospechosa, llámanos inmediatamente al 091».
De forma sorpresiva, les arroja con fuerza la bolsa y echa a correr escaleras abajo, hacia la calle de Müller. En su intento de huida, llega a arrollar a otros dos policías antes de ser interceptado por los propios funcionarios a los que había atacado, integrados todos en los Grupos Operativos de Respuesta (GOR). El canario es engrilletado y trasladado, ahora sí, en calidad de arrestado.
A salvo de su maltratador, la mujer revela a los agentes un relato aterrador. En 2024 inician una relación que apenas dura un mes, tiempo suficiente para que ella le denuncie por malos tratos. Sin embargo, presionada por el supuesto arrepentimiento de la persona a la que quiere, decide retirarla y con ello la investigación queda en agua de borrajas. Con la ruptura llega el lógico distanciamiento, hasta que a finales de noviembre del año pasado retoman el contacto y se van a vivir juntos. Las excusas para convencerla son las de siempre: que si ha cambiado, que si ya la perdió una vez y ahora todo será diferente... Pero la cruda realidad asoma a las primeras de cambio.
El control del sospechoso es constante, le quita las llaves de casa para que no pueda salir por su cuenta, le impide hablar con sus compañeros de trabajo y le amenaza con ir a Colombia a hacer daño a sus hijos. Entre otros episodios, rememora uno especialmente duro, cuando ambos salen a una discoteca para celebrar la Nochebuena. Ya en el local, la agresividad de él hacia ella es manifiesta, negro anticipo de lo que está por venir.
Le quemó el pelo
Al llegar a la vivienda, los reproches dejan paso a los golpes: la víctima recibe un fuerte puñetazo en el estómago mientras es agarrada por el cuello, aunque lo peor llega después de que su verdugo encienda un mechero y directamente le queme el pelo. No contento con ello, le impide acudir al hospital, consciente de que cualquier médico tendría claro lo que allí acababa de pasar.
A estas alturas, el miedo es algo intrínsecamente ligado a su vida, por lo que a pesar de todo repite una y otra vez que no quiere denunciar. No es para menos, ya que el tipo al que teme es un maltratador en serie, con antecedentes de este tipo contra distintas parejas, y una orden de alejamiento en vigor. A partir de ahora sumará una nueva reseña tras ser acusado de malos tratos en el ámbito familiar, quebrantamiento de condena y desobediencia y resistencia a la autoridad; un historial de delitos que no han servido para que el juez lo envíe a prisión. «Es totalmente incomprensible», resumen las fuentes policiales consultadas.
Fueron las mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas en España en 2025. Unas cifras que van camino de aumentar en 2026, con una decena de crímenes en apenas dos meses. Es el porcentaje de los casos fatales de violencia machista de 2025 en los que no existían denuncias previas, según la estadística del Ministerio de Igualdad, que dirige Ana Redondo. Es el número que hay que marcar ante cualquier sospecha de violencia hacia a la mujer. Atiende en 53 idiomas y no deja rastro en la factura telefónica, aunque sí en el registro de llamadas.
El 14 de abril de 2020, la Fundación de Mujeres Canadienses lanzó en TikTok la campaña #SignalForHelp, ideada para permitir a las mujeres que estuvieran confinadas con su maltratador poder alertar de manera silenciosa durante las videollamadas. Un gesto que no tardó en ser replicado por la Red Global de Mujeres, con el apoyo de organizaciones nacionales e internacionales, hasta convertirse en una señal de auxilio reconocida en alrededor de medio centenar de países de todo el mundo.
En España, el último caso conocido tuvo lugar el pasado verano en una zona de ocio nocturno de Burgos, donde un grupo de cinco individuos se acercó a una mujer y «de forma persistente y en actitud que logró intimidarla», le conminaron para «acompañarla hasta su propio domicilio», explicarían después las autoridades. Tras ello, cuatro de los varones se marcharon, mientras el quinto, aprovechándose de su estado de ansiedad y miedo, comenzó en la calle a realizarle «tocamientos en sus partes íntimas, obviando su negativa».
Al verse indefensa y alejada de terceras personas, la víctima trató de salvarse por medio de un plan desesperado: en un momento dado, le dijo a su agresor que tenía la necesidad de ir al baño, a lo que este accedió pero solo si entraban juntos a la cercana zona de urgencias del Hospital Universitario de Burgos. Fue entonces cuando pudo realizar el gesto de socorro para sorpresa de otra paciente, quien no dudó en alertar de inmediato al servicio de seguridad del centro. Una señal, por desgracia, más necesaria que nunca.