Un libro sobre el Madrid canalla de finales de los 90: "A los porteros búlgaros les llamaban los 'rompecostillas'. Tenían otro concepto de violencia. Pegaban a una tía igual que a un tío"
Iñaki DomínguezMadrid
Madrid
Actualizado Domingo, 26 octubre 2025 - 02:47
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Isabel de Navascúes y de Urquijo ha escrito y publicado un libro llamado La insolente juventud. Reflexión y crónica urbana en el Madrid de fin de siglo: AMOR, sexo, drogas y música electrónica (2025) que retrata el Madrid canalla que va de 1999 a 2001. Cuando empleamos la palabra 'canalla' en este contexto lo hacemos en referencia al ámbito 'pijo-canalla', algo a tomar por descontado si atendemos a los apellidos de su autora.
Su libro, una novela autobiográfica, retrata "un Madrid en el que salías entre semana igual que salías los fines de semana", comenta ella.
"Entre semana molaba más porque era más variopinto y no estaba todo tan masificado. Uno tenía la oportunidad de ir a bares cualquier día de la semana. A nosotros nos gustaba uno en el que ponían lo que nosotros llamábamos 'música antigua', que era techno-pop, EBM, synth pop... ese popurrí de músicas que se ponía en la Ruta del Bakalao. El garito al que íbamos entre semana era el Cava, un bar pequeño en la calle Castillo, cerca de Olavide. Ahí pinchaba Álvaro Scratch, un tipo que tenía discos muy especiales, exclusivos".
Otra de las zonas de ocio en esas noches de entre semana era Chueca, donde había numerosos bares. "En esa época todavía había mucho yonqui", recuerda la escritora. "Después del Cava a menudo íbamos al Mitos, en Chueca, o al piano bar, en calle Almirante [Toni 2]. Otras zonas en las que alternar entre semana eran Moncloa y los bajos de Orense, donde estaba el Specka [que sigue abierto a día de hoy]. Después del Specka, tenías el Fun Factory y luego el Racha y el Roxy, que ambos eran afters". Se daban entonces unas condiciones institucionales que permitían salir de otra manera. Según Isabel: "Había un vacío legal entre el horario de cierre y el de apertura. Existía una licencia de cafetería para abrir a las seis de la mañana, lo que permitía al local operar como after".
A la hora de vestir, en esos años no había tanta variedad como hoy. "Para vestir más puntera", recuerda Isa, "había que ir al Rastro o a tiendas vintage. Una tienda de referencia que sigue abierta era El templo de Susu, en Malasaña. Era una tienda de ropa vintage, que entonces se llamaba 'de segunda mano'. Con la llegada del Mercado de Fuencarral hubo un cambio en las formas de ocio y, gracias a ello, la música electrónica se hizo más mainstream. Hasta entonces, la Ruta del Bakalao había dado muy mala prensa a la música electrónica. Aunque esta estaba ligada al consumo de ciertas sustancias, hoy vemos que casi todo el ocio nocturno está ligado a cierto tipo de consumos".
La tienda de Malasaña el Templo de Susu.
La tienda de Malasaña el Templo de Susu.QUIQUE FIDALGO
Una figura omnipresente en la novela de Isabel es el pijo chungo. Ella estima que este arquetipo es producto del cine quinqui de los años 70 y 80: "Yo creo que este tipo de cine romantizó la pequeña delincuencia, y ese fenómeno se fue destilando para acabar convirtiéndose en una moda. Debías tener cuidado y no dejarte las llaves puestas en la moto porque te dabas la vuelta y la moto no estaba. Y te hablo del mundo pijo. Estaba lleno de listillos buscando su oportunidad para delinquir. Yo recuerdo ir caminando por la calle Padre Damián, bajarse un tío de la moto y robarme las Ray-Ban Balorama. Me las quitó y se las llevó".
Marihuana y hachís
Continúa: "Por entonces también era muy común tener varios amigos que grameaban [vender gramos de cocaína] o que vendían porros. En los 90 se fumaba ficha [hachís más duro y de peor calidad] hasta que muchos jóvenes comenzaron a bajarse al moro a comer huevos de hachís. En cuanto a la marihuana, hasta el 2000 no era muy común verla, excepto entre gente que la cultivaba en su casa".
La Joy Eslava en la Nochevieja de 1997.
La Joy Eslava en la Nochevieja de 1997.PEDRO CARRERO
Isa recuerda que "en el parque del bar Skinny Jim [parque de Sangenjo] se podía pillar de todo". El consumo de éxtasis era común en esos años con pastillas como los tapones estrellados, los pajaritos, los rombos, las pastillas ovaladas, las esmaltadas, etc. Otro local de la época al que iban Isa y sus amigos era el Fresh, en Alberto Aguilera. "Ahí pinchaba una gente, que luego pincharía en el Quick", recuerda Isabel, "que es el garito del que más hablo en mi novela.
El Quick lo llevaba Israel Bayón, que ahora lleva el Fortuny. Otro local mítico era Oh Madrid, en la carretera de la Coruña, que se suponía era territorio de los Miami. Alguna de mis amigas estuvo con uno de ellos. De hecho, un símbolo de estatus para muchas chicas de la época era tener un novio malote. El Quick era un garito de pijos malotes donde se pinchaba dance electrónico, cantaditas... La gente iba bastante puesta. Bajabas unas escaleras, había una barra a la izquierda, una pista grande en medio con sofás alrededor...".
En torno a esa época llegaron los Búlgaros, también conocidos como los rompecostillas. "Llevaban las puertas de varios garitos y eso era verdaderamente acojonante", sentencia ella. "Era gente que venía de Europa del este y tenían otro concepto de lo que era la violencia. Le daban un manotazo a una tía igual que a un tío y cosas por el estilo... En esos años se fumaba en las discotecas y había quien aprovechaba para hacerse un porro. Pero, como te pillase un búlgaro, te daba un manotazo y te echaba del lugar"
La insolente juventud (2025) es un texto indispensable para cualquier persona interesada en el Madrid canalla de finales de siglo, un texto realista y crudo sobre la capital en esos años que no dejará indiferente a nadie.