Los 'whatsapp' de Sánchez a Ábalos que reflejan su guerra contra los barones: "Hay que marcarles, son unos hipócritas"
EL MUNDO desvela mensajes del líder del PSOE a su mano derecha en los que le encargó terminar con las críticas internas
Juanma Lamet
Esteban Urreiztieta
Juanma Lamet
Esteban UrreiztietaMadrid
Madrid
Actualizado Sábado, 10 mayo 2025 - 22:51
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El verdadero manual de resistencia de Pedro Sánchez era su chat de WhatsApp con José Luis Ábalos. Ahí se cocinaba toda la estrategia del PSOE en los primeros años del Gobierno, con el objetivo fundamental y urgente de apagar las voces disidentes. Que nadie se saliera del discurso oficial. Que nadie le llevara la contraria al líder en los temas clave. Que nadie hiciera descarrilar su plan de supervivencia política. Que los barones dejaran de «tocar los cojones» al jefe. Literalmente.
EL MUNDO desvela en exclusiva mensajes que se intercambiaron en 2020 y 2021 el presidente del Gobierno y el que entonces era su mano derecha como ministro de Transportes y todopoderoso secretario de Organización del PSOE. Dentro de las pesquisas del caso Koldo, han aparecido dos memorias en casa de Koldo García en las que se encuentra esta información.
El análisis de los whatsapps en poder de este diario configura una suerte de viaje a la mente del presidente. Todo está perfectamente definido y crudamente verbalizado en estas conversaciones. Sus pensamientos, su manera de entender y ejercer el poder, sus recelos sobre Podemos, sus opiniones de colaboradores que aún hoy siguen a su lado y su impotencia frente al ala crítica del PSOE. También sus enfados (secos, amenazantes, de cara), que hacían temblar el misterio.
Antes que ninguna otra cosa, de toda esta información se extrae la conclusión de que Sánchez no soportaba que las discrepancias de los barones socialistas salieran a flote. Es de lo que habla en muchos mensajes con su lugarteniente. Es lo que traslada con más asertividad. Es algo que de verdad se ve que lo impacienta. Y es el hilo conductor de los whatsapps con Ábalos en poder de este diario, en los que sale a la luz una relación estrechísima, de una cercanía total entre el líder socialista y el hoy investigado en el Tribunal Supremo.
En la trastienda de las conversaciones secretas no hay filtros ni eufemismos. Las críticas de Sánchez a dirigentes de su partido son de una aspereza que retrata sus verdaderas opiniones, sin luz ni taquígrafos. Por ejemplo: «Son unos hipócritas». «Llamad al petardo de Lambán». «Lamentable Vara». «Felipe es pura amargura». «Que Page deje de tocar los cojones». «Deben ser conscientes de que son una minoría».
Preguntadas por este diario previamente a la publicación de los mensajes, fuentes de La Moncloa aseguran: «No vamos a comentar conversaciones privadas».
Pedro Sánchez emprende en 2020 y 2021 una cruzada tácita desde Ferraz y La Moncloa contra estos dirigentes autonómicos del PSOE. Quiere aplacar a todos los que mostraban perfil propio y le afeaban su política de pactos, los indultos a los líderes del procés o la normalización de Bildu como socio. Para el presidente del Gobierno, todas esas declaraciones de sus barones y de la vieja guardia suponen un «acoso» hacia él que resulta «imposible» de mantener. Igual que cualquier «filtración» que sale de Ferraz la siente como un «ataque» directo. Y así lo transmite.
Por eso le encarga a José Luis Ábalos segar la crítica interna en las principales federaciones del PSOE, apuntalar la unidad de mensaje en el Comité Ejecutivo Federal y monitorizar el proceso de relevo orgánico tanto en Andalucía como en Madrid. Para «ir todos en línea». Fundamentalmente, le pide centrarse en cuatro presidentes autonómicos de entonces: Javier Lambán (Aragón), Emiliano García-Page (Castilla-La Mancha, el único que sigue en la primera línea y gobernando), Guillermo Fernández Vara (Extremadura) y Ximo Puig (Comunidad Valenciana). Pero también en cortar de raíz cualquier posibilidad de influencia de Susana Díaz en Andalucía. Todo ello mientras soslaya a Felipe González, al que consideraba un resentido.
«Hay que seguir marcándoles», mandata Sánchez a Ábalos en un mensaje del 15 de noviembre de 2020. «Deben ser conscientes de que son una minoría y de que son unos hipócritas: hacen lo que quieren y exigen lo que les viene en gana, aunque sea una enmienda a la totalidad de su día a día político», continúa su mensaje. «Ellos sí que no toleran la divergencia interna, llevando el acoso hasta extremos imposibles para nosotros», dice.
Los dos más duros de pelar son Page y Lambán. Así queda de manifiesto en la conversación del 27 agosto de ese mismo año. Sánchez había apostado por el estado de alarma y el confinamiento a la carta de las autonomías. Pero el barón castellano-manchego se queja de que «de poco serviría» confinar a los ciudadanos de una comunidad si otra vecina «tiene las puertas abiertas de par en par». Lambán se revuelve también: cree que «el estado de alarma y el confinamiento es una solución fácil» que «asfixia la economía». «Yo no quiero eso».
La reacción de Sánchez es de pura incomodidad: «No te olvides hablar con nuestros presidentes para ir todos en línea», le dice al secretario de Organización. «Sí. Aún me falta alguno. Las declaraciones de Ximo hoy, bien», tercia Ábalos. «Sí. Pero las de Page y Lambán no», gruñe el presidente.
Esta operación de marcaje continuo y aquietamiento se intensifica de manera clarísima durante los ocho meses que van de agosto de 2020 a marzo de 2021. Entonces, Pedro Sánchez insiste sin descanso en afear cualquier declaración crítica dentro de su partido. En mandarla al ostracismo. Su máxima prioridad orgánica es controlar lo que se dice en el PSOE. Pero si hay una semana clave de su crisis con los barones, ésa es la del 9 al 15 de noviembre.
En esa semana, el Gobierno cierra un pacto con Bildu para apoyar los Presupuestos Generales del Estado de 2021, poco después de haber iniciado los trámites de los indultos a los líderes independentistas catalanes. Son dos temas por los que los barones no pasan y a Sánchez eso le pone de los nervios.
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El 11 de noviembre, día en que se consuma en el Congreso el pacto con la izquierda abertzale, Sánchez le envía a las 16.47 horas un whatsapp a Ábalos con el enlace de un tuit que acaba de poner Fernández Vara, en el que el entonces presidente extremeño dice: «Ver a Otegi siendo clave para decidir los Presupuestos del Estado que combatió desde un grupo terrorista me produce una sensación muy dolorosa. Por un lado, de fracaso como país, por no ser capaces de que sean irrelevantes. En lo personal iré a la farmacia a buscar un antiemético». Un antiemético es un medicamento para contener el vómito.
– Llámalo y dile que es impresentable– ordena Sánchez.
– Desde luego– contesta Ábalos.
Dos horas y media después, el presidente se impacienta. «¿Hablaste con el petardo de Vara?». «Sí, excusas peregrinas», contesta Ábalos. Eso entristece al presidente: «Lamentable. Falta de solidaridad. Luego bien que pedirá recursos de esos Presupuestos».
Tres días después de ese choque, Vara, curtido en no pocas batallas políticas, es perfectamente consciente del alcance del enfado del presidente. Es sábado, un día sin apenas agenda de Gobierno, y le escribe a Ábalos para poner su cabeza a disposición de la cúpula del partido: «Querido José Luis. Si consideráis que mi posición del otro día debe tener consecuencias, me lo decís y está hecho. Yo me quedé después de perder las primarias para ayudarnos a ganar las elecciones. Todos mis cargos orgánicos están a vuestra disposición. Y con más ganas de seguir peleando por nuestro proyecto que nunca. Discreción total, pero creía que os lo debía. Un abrazo».
A Sánchez ese gesto no le conmueve. No se lo cree. «Ombligo. Ya le respondí», contesta displicente, adjuntando el emoticono del hombre que se echa una mano a la cara, como en una palmada facial de frustración y vergüenza. Ábalos le transmite lo que le ha contestado él al barón extremeño: «Tú sabes que las responsabilidades que tienes se las debes a los que te eligieron para ello. Sólo se pide comprensión y solidaridad. Las consecuencias, como sabes, las asumimos todos en conjunto. Gracias por la atención. Abrazo». Es entonces cuando Sánchez califica de hito el acuerdo con Bildu para desbloquear los Presupuestos: «Bien. Yo le dejé una reflexión: no entiendo por qué vivimos como derrotas lo que son auténticas victorias». «Complejos de pobres», zanja Ábalos.
Lo cierto es que Vara se alinea desde entonces con Sánchez, para disgusto de Lambán y Page. No es el único. Sánchez se ufana también de haber metido en la vereda «sanchista» a Ximo Puig. En otra conversación, Lambán le dice a Ábalos: «Oye, Ximo es ya más sanchista que tú», con varios emoticonos de risa. Éste se lo reenvía al presidente, al que le encanta el comentario: «Jajaja». Lo habían conseguido: en el partido ya consideran al barón valenciano uno de los suyos.
Hay días en que las declaraciones de Lambán y Page o el futuro del PSOE andaluz es casi de lo único que se habla en este chat. El 8 de noviembre, Sánchez le escribe a Ábalos: «Acabo de terminar de leer la entrevista vomitiva que La Razón le hace a Page... Creo que convendría que tanto tú como Santos le pegarais un toque y que dejara de tocar los cojones». «Ok», responde el ahora diputado del Grupo Mixto. En esa entrevista, Page califica de «humillación» el indulto a los presos independentistas, cuyos trámites acaba de iniciar el Gobierno.
Page va a lo suyo, con su discurso propio, sin dejarse «alinear» por Sánchez. Igual que ahora. E igual que Lambán en 2020. El entonces presidente aragonés es muy directo en sus mensajes de incomodidad. El 15 de noviembre, después de las llamadas del secretario de Organización a todos los barones críticos, le escribe este mensaje que Ábalos reenvía a Sánchez: «Trato de expresar mis opiniones de una manera respetuosa, sin faltar jamás a la lealtad del presidente del Gobierno y sin dejar de apoyarlo en ningún momento. En el PSOE de Felipe, Zapatero o Rubalcaba un ejercicio de opinión libre pero responsable como el mío, aun con algunas discrepancias, era admitido sin ningún problema. Ahora no. Ahora desde Ferraz o desde las brigadas de Twitter lo machacáis a uno y lo ponéis en evidencia como traidor, facha, desleal y desagradecido (todo eso he visto en las redes y en los medios). El PSOE no era así, José Luis, ni puede serlo nunca una organización medianamente democrática».
¿Cuál fue la respuesta de Sánchez? Más madera. Ahí es cuando espeta que «hay que seguir marcándoles» y que son «unos hipócritas». Ábalos le cuenta cómo lo ha toreado, diciendo que no lo ve igual y que él las «divergencias» las encaja sin enfadarse. Sánchez aplaude: «Muy bien». «Ellos sí que no toleran la divergencia interna». Para el presidente del Gobierno, es «imposible» soportar esos niveles de presión de Lambán a través de los medios. Le está diciendo a Ábalos que no pare de azuzarlos a él y a Page.
El marcaje es total. Por ejemplo, el 25 de septiembre de 2020, Lambán se pronuncia sobre el veto del Gobierno a que Felipe VI acudiera a la entrega de despachos a los nuevos jueces en Barcelona. Resalta su «apoyo total a la Constitución del 78 y, en consecuencia, a su expresión máxima, el Rey Don Felipe VI» y pide no «desestabilizar irresponsablemente la Constitución». Consecuencia inmediata, Sánchez le escribe a Ábalos: «Llamad al petardo este».
Más de cuatro años después de este ir y venir entre Sánchez y Ábalos, el PSOE es un partido diferente, más parecido a lo que quería el presidente del Gobierno. Vara está en el Senado. En Aragón y en la Comunidad Valenciana los líderes socialistas son ahora ministros del Gobierno enviados desde Madrid. Lo mismo ocurre en Andalucía, la gran federación socialista. Page es el único barón que resiste y gobierna su comunidad. Con mayoría absoluta y manteniendo su independencia, pese a unas presiones que los mensajes revelados hoy por este diario confirman que no han sido precisamente menores. Ni escasas.