«Iba en el tren de Adamuz. Salvé a decenas de heridos, pero no soy un héroe: soy policía»
Alejandro, 23 años y menos de tres como policía en la comisaría de Centro de Madrid, iba en el Iryo en el que murieron 9 viajeros. Él quedó herido, pero nada le paró hasta rescatar a otros viajeros de su tren y del Alvia

ni perdones, necesito que me faciliten la vida»
Carlos Hidalgo
Carlos Hidalgo
07/04/2026 Actualizado a las 07:09h.
En estas semanas, la Jefatura Superior de Policía de Madrid comenzará a analizar las propuestas para las condecoraciones en el próximo día de su patrón, los Ángeles Custodios, que se celebra el 2 de octubre. El nombre de Alejandro tiene que aparecer, porque no se entendería de otro modo, en el listado de Medallas al Mérito Policial con Distintivo Rojo, que se otorga por actos de valentía con riesgo personal. Natural de Alhaurín de la Torre (Málaga), trabaja como patrullero en el Grupo Operativo de Respuesta Focus de la comisaría de Centro de Madrid, la de mayor carga de trabajo de Europa. Se bate el cobre con lo peorcito de Lavapiés, Gran Vía y todos esos rincones oscuros.
Pero lo que no olvidará jamás, por su coste físico pero sobre todo por todas las vidas que salvó, «decenas», es el 18 de enero de 2026 tras sufrir el accidente ferroviario de Adamuz. Alejandro, apenas 23 años, estuvo a punto de no estar allí. Se encontraba de visita a su familia en Málaga y regresaba a Madrid en un tren de la mañana. «A última hora, cuando me desperté ese domingo, cambié el billete para volver por la tarde y así poder almorzar con ellos», rememora.
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Así, se sentó en el vagón 6, «casi al final del todo». Una de las cosas más estremecedoras de su relato no son los momentos de muerte, sino los previos, cuando la vida era la vida que todos conocían. Esa bisagra maldita en la que pasas del esplendor de la juventud a la más oscura de las fatalidades. «El viaje transcurría normal, llegamos a Córdoba, se bajaron distintas personas y me acomodé junto a la ventanilla. Minutos después de retomar la marcha, el tren pegó un bote que me alzó hacia arriba, pocos segundos después escuché como un porazo y me desplazó contra la ventanilla, reboté y caí hacia el pasillo». Las maletas saltaron por los aires y la animada conversación que llevaban unas chica muy jóvenes detrás de él sobre la aplicación de libros GoodReads se atajó con la guadaña de la parca: «La chica que iba en el asiento de detrás del mío estaba muerta».
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Los vagones 6 (el suyo), 7 y 8, fueron los tres que descarrilaron. Aún Alejandro no sabía que los había sacado de la vía otro tren, un Alvia que iba en el otro sentido. «Viajaba bastante gente. Me empezaron a caer cristales y maletas que estaban en la parte superior de los asientos. Cuando reboté hacia el pasillo, comencé a escuchar a gente pidiendo un médico, eran las chicas de detrás de mí, y fue cuando vi que una había fallecido, no tenía pulso y presentaba una herida bastante grande».
Entonces, el agente se acercó a la puerta que daba al vagón 7: «Ese coche estaba medio volcado y el 8 se encontraba tumbado completamente. Me identifiqué como policía y pedí a quienes podían que me diesen todos los martillos, para romper las ventanas de todos los vagones, y me bajé del tren». Abrió la primera cristalera: «Empecé a sacar a gente desde fuera. Intentaba arrancar los cristales con las manos. Me fui al vagón 8, donde un trabajador de Iryo intentaba romper el vidrio de la cola». Había un poste de luz tumbado e intentó «subir por él, gateando», pero no lo logró. «Entonces el empleado de Iryo me dio un palé y lo usé como escalera para subir al coche 8, le di patadas, hasta que cayó el cristal». Había cables de catenaria por medio, no sabía si aún tendrían tensión, pero no se amilanó y se metió en la boca del lobo.
Alejandro, de pie sobre el vagón 8 del Iryo, con pantalón beis, en pleno rescate de heridos.
Alejandro, de pie sobre el vagón 8 del Iryo, con pantalón beis, en pleno rescate de heridos. (ABC)
¿A cuánta gente rescató del infierno este agente de apenas 23 años? «Pues todo el vagón entero. Lo primero que le dije es que íbamos a sacar a a las personas que se podían mover por sí solas y que, luego, bajaría con otro viajero que era médico para ayudar a las que no se podían mover y ver qué heridas presentaban». Les pintó un orden de prioridad con un bolígrafo. Así, pidió que utilizaran los asientos volcados como escalera, que trepasen por los reposabrazos, hasta poder agarrarlos y sacarlos a pulso. A los únicos que no pudo extraer a los fallecidos.
Minutos después, se entera de que hay otro tren accidentado, el Alvia con el quehabían colisionado, y allí que se fue caminando 600 metros para seguir rescatando a viajeros. «Me acerqué a una chica que estaba con la cara ensangrentada, se agarró a mí, nos fuimos arrastrando por el vagón hasta salir por la ventana. Quedaban los dos que más me impactaron: un chico cubierto de restos metálicos por todos lados, se le veía solo un poco la cabeza y una pierna, y gritaba: '¡Sacadme, sacadme!'. Le quitamos toda esa chatarra hasta lograr sacarlo. La otra persona era un señor que tenía una brecha en la cabeza y tranquilamente nos dijo: 'Ahora me toca a mí'». En su conversación con ABC, evitamos abundar en los fallecidos, «que merecen un respeto».
La formación que reciben los agentes en la academia de Ávila es básica en situaciones de emergencias. Nadie está preparado para una catástrofe así. El instinto policial, con el que se nace o no se nace, es fundamental: «Además, yo me he ido formando lo máximo posible en temas de auxilio de personas».
Reconoce que a las dos horas sintió al bajón, al disiparse la adrenalina, y ahora, dos meses y medio después, puede decir que se siente «orgulloso por haber reaccionado de esa manera». Ha pasado semanas de baja, por las heridas físicas, asegura que en cuanto pueda cogerá otro AVE para ir a Málaga, pero, quizá él aún no lo sabe, las heridas del alma son a veces muy traicioneras y será en ese momento, en ese vagón, en el mismo trayecto, cuando sepa de verdad cuánta parte de Alejandro, el policía y el ciudadano, se quedó en ese terruño de Adamuz.