Fue en esos encuentros en casa de Flecha donde, prosigue, comenzó a ver “que le pedía a mujeres que le dieran masajes”. “Cuando ibas a su casa no sabías si era a ver la tele, a escribir un artículo… Yo lo veía como cuidar a un señor mayor, que estaba muy cansado, él iba de víctima”, apunta. Fue así como, en 2016, Flecha comenzó a pedirle masajes, una conducta que duró entre 2016 y 2019: “Como lo había visto antes, cuando me lo pidió a mí me pareció natural. A veces había otra gente en el piso, y en ese momento yo los veía como mi familia, pasábamos todo el día juntos. Otras veces estaba sola con él. Algunos me los pidió en el salón, otras en su habitación, con otra chica o solo yo con él…. Hubo varios en la espalda, llegó un momento en que se quitaba los pantalones para que se los diéramos en las piernas. Al menos en un par de ocasiones se quedó desnudo”. Alejandra recuerda que las peticiones de masajes empezaron justo después de que ella le confesara un episodio de abusos que había sufrido: “Decía que era para que superara las imágenes que yo tenía en mi cabeza, mi trauma”.
Alejandra describe la dinámica de premios y castigos que Ramón Flecha desplegaba con las mujeres: “No había un contexto para decir que no, no podíamos negarnos a lo que pedía, se enfadaba y te castigaba. Veías que lo había hecho con otra gente, apartarla de repente, o si se molestaba, estaba días sin invitarte a ir a nada, te rechazaba cosas, decidía no enviarte a una charla que pedía una universidad”. Ella nunca compartió con nadie lo que sucedía con los masajes y ni siquiera, afirma, se atrevían a hablarlo entre las mujeres que participaban.
No podíamos negarnos a lo que pedía, se enfadaba y te castigaba. Veías que lo había hecho con otra gente, apartarla de repente, o si se molestaba, estaba días sin invitarte a ir a nada
Alejandra
A preguntas de elDiario.es, la actual directora de CREA (en el cargo desde 2006), Marta Soler, ha insistido en los mismos argumentos que Ramón Flecha y asegura que los testimonios responden a una campaña de difamación por su apoyo a las víctimas de violencia de género. Al mismo tiempo, y preguntada por si CREA ha tenido en algún momento conocimiento sobre los hechos relatados por estas mujeres, Soler responde: “Esta pregunta transmite otra falsedad que reproduce el peor machismo coercitivo y retrógrado que desarrolla actitudes paternalistas hacia mujeres mayores de edad que ejercen su libertad. Se trata de un discurso muy propio de contextos antidemocráticos con los que se infantiliza a las mujeres como si no tuviéramos capacidad de escoger con criterio nuestras relaciones personales o de amistad o incluso de gestionar nuestras vidas”.
En ningún caso Soler habla de abrir algún tipo de investigación interna para indagar sobre los comportamientos señalados por estas seis mujeres ni por las que suscriben la misiva a la UB. elDiario.es ha decidio publicar de manera íntegra la respuesta de Soler al final de este artículo.
Ocultar los encuentros
“2017 y 2018 fueron los peores años, llegué a tener pensamientos suicidas”, admite Sofía, que conoció a Ramón Flecha una década antes, cuando tenía un trabajo de unas pocas horas en un proyecto de CREA. Fue en 2011 cuando comienzan lo que ella describe como “acercamientos personales”. La primera quedada fue en la cafetería de un hotel, algo que la extrañó. En esas citas. la mujer relata conversaciones íntimas sobre sus vidas en las que él pedía detalles. Fue cuando ella le compartió un problema de salud que sufría, cuando Ramón le aseguró que se debía a su historia sentimental. “A partir de ahí empezó toda su teoría de que todos mis problemas derivaban de mis rollos sexuales. Según él, yo me iba a curar a través del diálogo con él, porque él despreciaba el tratamiento médico”, cuenta.
El primer masaje ocurrió en 2014: “Después de una cena con él y otra compañera, ella nos dejó con el coche en casa de Ramón, allí de repente se quitó la camiseta y me pidió un masaje. Entré en shock. Ese capítulo lo había querido dejar en el rincón de mi memoria. El miedo que tuve ese día, y la sensación de ”esto no está bien“, ”esto no lo quiero“... ”. La tensión era tan alta, recuerda, que el propio catedrático le dijo que parara.
Tiempo después hubo otro punto de inflexión, cuando Ramón Flecha la invitó a un viaje a Bilbao del que pidió que no contara nada a nadie: “Él me dice explícitamente que nadie se puede enterar de ese viaje, porque puede generar envidias. Era un viaje importante para él y una semana antes me dijo que yo no parecía lo suficientemente motivada. Yo estaba asustada, no quería nada con él”. En ese viaje, Sofía asegura que Ramón intentó besarla, pero ella lo esquivó. “Tenía ganas de vomitar. Sentí, ¿cómo me escapo de esto? Esto es claramente una emboscada. Era muy difícil”. La mujer recuerda que el catedrático aprovechó para criticar a su novio, con el que había roto, y para atacarla a ella por defenderlo y por haber estado con él.
“Volví a Barcelona con mucha angustia y mucha culpa y se lo digo a Ramón”, prosigue. A partir de ahí, empieza un año “en el que no para de reventarme”: “No paró de picar piedra, de decirme que yo tenía un problema de deseo ancla, que yo había hecho de puta gratis… Yo era la peor persona que pisaba el mundo. Durante esos meses, yo me convencí a mí misma de que me tenía que morder la lengua, y hablar menos. Él le contó a la gente que yo estaba en un proceso de resocialización”. Finalmente, una vez pasó ese año, Ramón Flecha la besó y ella cedió, “puse el piloto automático, pensé que era un acto que me iba a liberar de todo esto”. Al mismo tiempo, señala, el catedrático insistía mucho en la importancia de tener oportunidades en la academia.
Desde ese momento, Sofía habla de lo que ve ahora como un patrón: “Quedábamos para lo que fuera y luego él decidía qué pasaba. Él podía decirme lo que quisiera, yo tenía que callarme porque estaba en un ‘proceso de reforma’. No te puedes atrever a hacer ninguna sugerencia ni nada, porque él nos dice que es el mejor tío del mundo y nos criticaba nuestra doble moral. Pensé que tenía que elegir: entre seguir en la academia y aguantar o irme, y la única forma de sobrevivir en la academia era enrollarme con él, así que lo hice y me disocié. Yo estaba hecha mierda por todo lo que había pasado. Sentía claramente que yo no quería, que no estaba bien, pero una parte de mí quería creerse que no pasaba nada, que nadie se enteraría nunca. Él estaba en una posición en la que podía tomar decisiones sobre mi carrera, yo me quería morir”. Él, asegura, insistía en que nadie debía saber lo que sucedía entre ellos.
Pensé que tenía que elegir: entre seguir en la academia y aguantar o irme, y la única forma de sobrevivir en la academia era enrollarme con él, así que lo hice y me disocié
Sofía
Como con otras mujeres, después de esos encuentros él le hacía escribirle correos y mensajes “para decirle que todo estaba bien, para que le contara lo bonito que había sido el sexo, que le reportaras tu nivel de transformación y satisfacción… todo eran conversaciones sobre la bondad y la belleza de esos encuentros”. De la misma manera, cuando le hacía saber que se había equivocado en algo, ella tenía que escribirle una disculpa. “Tú ya sabías lo que tenías que escribir. Le obsesionaba mucho que le pudieran pilar”, piensa ahora esta mujer sobre aquellas instrucciones.
Su último encuentro fue en 2019: “Estuvo horas reventándome con cosas que yo había hecho mal y de repente todo está maravilloso y hay que ir a dormir juntos. Él elige siempre, no tienes margen, yo en esos encuentros no era un sujeto, era un objeto”. Sofía empezó a inventarse que tenía la regla o migrañas para evitar esos momentos a solas.
Tutorías en su casa
Raquel, que fue alumna de doctorado con Ramón Flecha a principios de los 2000, relata una dinámica similar. Encuentros con más gente en los que él reproduce la idea de que a las mujeres les gustan “los cabrones” porque tienen un problema de socialización, en los que se anima a las personas a compartir detalles íntimos sobre sus vidas y a analizar sus relaciones.
Tres semanas después de dejar la relación con su pareja, Ramón Flecha le propone hacer un viaje a Bilbao. “Estamos con otra compañera, que se va a dormir, nos quedamos en el sofá, empieza a acercarse, a acariciarme, yo estoy muy incómoda y me dice que miremos por la ventana a ver no sé qué. Cuando volvemos al sofá ya me da un beso, no pasó nada más”, recuerda. En el viaje de vuelta a Barcelona, en coche, Raquel, a petición de Flecha, tuvo que “repasar todas y cada una de las relaciones que yo había tenido y él me reinterpreta mis historias, me decía quién me había tratado bien y quién mal”. Desde entonces, esa información sirvió, “de manera insistente” para relacionar cada error de ella con esas historias. “También me contó detalles de mujeres de CREA que eran profesoras con las que tenía relaciones y me preguntaba que dónde me situaba yo. Y me decía que la transformación social y personal van de la mano”.
En 2002, a la salida de un seminario, una profesora de CREA se dirigió a ella: “Me dijo que me veía muy bien y que yo ya estaba preparada. Entendía que se refería a tener sexo con él. Estaba nerviosísima, lo consulto con una de esas personas cercanas a él y me dice que tengo que entregarme. En ese momento yo colaboraba con CREA y, no recuerdo ni cómo, empezaron las relaciones en casa de él”. Raquel le contó uno de sus encuentros a una amiga y eso llegó a oídos de Flecha: “Me echó una bronca tremenda, que no podía decírselo a nadie, solo a una persona que era de su confianza”.
Desde entonces, la mayoría de veces que ella pedía tutoría para su tesis, las reuniones tuvieron lugar en casa de Ramón Flecha, “y a veces acababa en sexo”. Él fue el presidente de su tribunal de tesis. En ese mismo periodo y durante algunos meses, Raquel tuvo una beca en el grupo en el que Flecha era el investigador principal. Esas relaciones duraron tiempo, hasta que ella logró tomar distancia del grupo, aunque seguía ocupándose de otras tareas personales. Raquel también participó de los masajes durante años, casi siempre con otras chicas y con Flecha, apunta, desnudo de cintura para arriba, “puntualmente sin pantalón”
“A mí Ramón me ha machacado personalmente, también delante de otras personas. Me ha dicho que destrozo los momentos bonitos, que siempre voy a fastidiar. Si te rebelas, te amenaza con que te vas porque no apoyas a las víctimas de violencia de género”, asevera.
Control
Los testimonios de Sonia y María tienen también muchos puntos en común. En el caso de Sonia, Ramón Flecha fue su codirector de tesis a comienzos de los 2000.. Ella había entrado a trabajar en CREA en el 2000. “Hablamos mucho sobre relaciones, empiezo a pensar que yo elijo mal y que por eso me va mal, él lo contrapone a su modelo de relaciones abiertas, podías contarle todo, no se escandalizaba de nada. Él iba de que era el hombre más feminista del mundo”, relata. Pronto comenzaron las conductas de control, por ejemplo era él quien tenía que darle permiso a ella si quería entablar alguna relación con un chico.
“Ni me planteaba no seguir esas normas, tenía miedo al machaque, a que me hundieran. Me echaban broncas porque decían que era muy competitiva por los hombres y que quería quitarle el chico a las demás. Tenías que pedir perdón, reconocer que te habías equivocado, obedecer. Siempre que hacías algo mal en el trabajo, eso era culpa de tus relaciones pasadas”, cuenta.
Sonía empezó a tener sexo con Ramón Flecha. “Cuando empezamos a tener relaciones, él dirigía los proyectos en los que yo participaba y mi tesis”, asegura. La mujer recuerda que en ese momento se sentía fascinada por la atención que le daba el profesor. También que existía una dinámica de “premios y castigos”: “Si después de una bronca de trabajo, quedabas con él y te enrollabas con él, eso significaba que lo que había pasado estaba perdonado. Si le decías que no a algunas cosas, entonces podía haber una connotación patologizante o te decía algo como que yo era una conservadora y que por eso no se podían hacer cosas conmigo”. Negarse a hacer un trío le costó a Sonia sufrir ese tipo de “consecuencias”. En ese momento, Flecha era su director de tesis.
En el caso de María, conoció a Flecha cuando él fue su profesor de Sociología de la Educación en segundo de carrera en la UB. “Hablábamos en los pasillos o al final de clase. Un día llegué muy preocupada por un tema personal, me hizo acercarme y me preguntó qué me pasaba y se lo conté. Me dijo: ‘eso es porque tiene problemas sexuales’. Me quedé muy descolocada, él era un señor importante”, rememora. Al final de una de esas clases le ofreció un contrato en CREA, y así fue, como becaria.
Si después de una bronca de trabajo, quedabas con él y te enrollabas con él, eso significaba que lo que había pasado estaba perdonado
Sonia
Durante las vacaciones de esa beca, Flecha la llamó para invitarla a tomar algo con unos amigos. “Hablamos de cosas personales, me recomendó un libro y me dijo que si subía a su casa me lo dejaba. Una vez allí me dijo que tenía una sala con discos, fuimos, se sentó en su sofá y me sentó encima, yo estaba muy incómoda, solo pensaba ‘¿este hombre qué está haciendo?’ Ante un comentario físico que me hizo, me levanté, entonces él se me tiró encima y solo recuerdo que acabamos en su habitación. Tuve que dormir allí, no dormí nada. En ningun caso mi voluntad era tener sexo con él”, relata. Días después, Flecha le pidió que le enviara un correo contándole qué había sentido en el encuentro “y que tuviera presente que él era la primera persona que me había dicho que me quería mientras me hacía el amor”. Su beca se reanudó poco después.
Durante años, María asumió responsabilidades y proyectos en CREA y fue testigo de las dinámicas del catedrático. “Escoge chicas para ser sus preferidas y para ser su mano derecha. Ha explicado relaciones con compañeras de CREA delante de gente ajena o de mucha gente que no tenía nada que ver. Da detalles de sus relaciones con nombre y apellidos de las chicas y dice cosas como ‘esa chica es de las que no follan’ o ‘¿no la ves más guapa? Es porque ha estado conmigo’. Esas chicas de las que hablaba eran becarias o doctorandas y él igual era su director de tesis o iba a estar en su tribunal de tesis”, explica. María también cuenta “el machaque” al que la sometía con comentarios sobre su físico o su manera de vestir, o las referencias constantes a sus relaciones cuando consideraba que ella había cometido algún error: “Esto es porque te gustan los guarros” o “porque quieres machacar a los chicos majos”.
María cuenta que las peticiones de Ramón eran prácticamente imposiciones, también en lo académico, cuando les exigía, por ejemplo, que hablaran bien de él a los rectores, que solicitaran que le hicieran doctor honoris causa y que si nadie lo hacía era “porque él estaba del lado de las víctimas de violencia de género”. “Entiendes que o pasas por esto o abandonas tu carrera, dejas la universidad por las represalias y consecuencias que íbamos a sufrir”, resume.